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Dócil

Dócil

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️

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Sumisión y deseo

Las pesadas puertas dobles del salón VIP amortiguaban por completo el pulso sordo de la música que sonaba en los niveles inferiores del club Carmesí. El silencio que quedó entre los dos hombres era denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el aire se sintiera pesado, casi irrespirable.

Arlo Baxter dio un paso al frente, acortando la distancia. Su silueta varonil y masiva recortaba la luz que entraba por el gran ventanal de los muelles. Gus, a pesar de sus intentos por mantenerse firme, sintió que sus instintos de supervivencia le ordenaban retroceder. Su espalda chocó contra la superficie fría de una columna. Estaba acorralado.

—No has respondido a mi pregunta, Baxter —dijo Gus. Su voz, habitualmente melódica y clara, salió con un rastro de ronquera debido a la tensión—. Tus hombres tienen armas de grado militar afuera. Esto no es un negocio legal. Dime la verdad. ¿Eres un mafioso?

Arlo soltó una risa baja, un sonido áspero que retumbó en su ancho pecho y viajó por el espacio hasta envolver al cantante. Se detuvo a escasos centímetros de Gus. La diferencia de altura obligó al artista a inclinar la cabeza hacia arriba para no perder el contacto visual con esos ojos negros que parecían leer cada uno de sus secretos.

—Eres muy persistente, Fletcher. Tu mente obsesiva no puede dejar ir un cabo suelto, ¿verdad? —Arlo levantó la mano izquierda, la misma que sostenía el cigarrillo. El humo gris flotó entre sus rostros—. Digamos que manejo recursos que la ley no siempre comprende. Protejo lo que es mío con la fuerza que sea necesaria. Y ahora mismo, tú estás bajo esa protección.

—Yo no soy tuyo —replicó Gus, apretando los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas de las manos—. Soy un ciudadano común, un artista. No tengo nada que ver con tus negocios turbios ni con tu mundo de violencia. Mañana mismo hablaré con los directores de la agencia. Voy a romper cualquier acuerdo que hayan hecho contigo.

—Inténtalo —desafió Arlo. Su voz bajó, volviéndose un susurro grueso que vibró directamente en el bajo vientre de Gus—. Ve mañana. Cruza la puerta del edificio. Pero recuerda lo que sentiste hace unas horas en el departamento. Recuerda cómo tus pulmones se quedaron sin aire y cómo tu corazón sintió que se partía en dos cuando me alejé de ti.

Gus tragó saliva con dificultad. El sonido de su propia respiración acelerada delataba el pánico que sentía. El recuerdo del dolor punzante en el pecho seguía fresco, pero lo que más le aterraba era el calor abrasador que comenzaba a extenderse por sus venas en ese preciso instante. Estar tan cerca de Arlo, oler el aroma a tabaco, el perfume amaderado y el calor natural que desprendía el cuerpo trabajado del empresario, le provocaba un cortocircuito mental. Su fachada de hombre heterosexual, seguro de sí mismo y de sus gustos, se estaba haciendo pedazos ante la imponente masculinidad del hombre que lo acorralaba.

—Eso es un truco —dijo Gus, aunque la debilidad en sus palabras era evidente—. Es algún tipo de magnetismo... una enfermedad que me contagiaste cuando me desmayé.

—¿Una enfermedad? —Arlo sonrió de medio lado, una expresión lobuna y peligrosa. Dejó el cigarrillo en un cenicero de bronce sin apartar la mirada de Gus—. Déjame mostrarte lo que es de verdad.

Arlo levantó la mano derecha y movió los dedos índice y medio con lentitud, como si estuviera tirando de un hilo invisible en el aire.

Al instante, la línea de energía carmesí que unía la muñeca de Gus con la mano de Arlo brilló con una intensidad cegadora. Gus soltó un jadeo ahogado cuando sintió que su propio brazo derecho se levantaba solo, completamente ajeno a su voluntad. Sus músculos se tensaron, obedeciendo el movimiento de los dedos de Arlo. La muñeca de Gus quedó suspendida en el aire, a la altura del pecho del mafioso.

—¿Qué... qué haces? —Gus intentó bajar el brazo usando toda su fuerza física, pero sus tendones no respondían. Sus propios músculos varoniles estaban bajo el control absoluto de un titiritero invisible—. ¡Suéltame! ¡Detén esto ahora mismo!

—Tu mente dice que te suelte, Fletcher, pero tu cuerpo pide a gritos que apriete el nudo —dijo Arlo con una calma exasperante.

Arlo dio el último paso, eliminando cualquier espacio entre los dos. El pecho robusto del empresario impactó suavemente contra el pecho de Gus. La diferencia de volumen corporal era abrumadora; Gus se sintió completamente devorado por la presencia física de Arlo. El mafioso bajó la mano y, con un movimiento lento, enroscó sus dedos largos y callosos alrededor de la muñeca atrapada de Gus.

El contacto de piel con piel provocó un crujido invisible en el aire. Gus cerró los ojos y arqueó la espalda contra la columna de mármol, soltando un gemido ronco que se le escapó de la garganta sin poder evitarlo. El roce de la mano de Arlo no era tosco, pero transmitía una firmeza y un peso que derribaron las defensas del cantante. Un hormigueo salvaje, una mezcla de excitación pura y sumisión involuntaria, le recorrió la espina dorsal, instalándose firmemente en su entrepierna.

—Mírame, Fletcher —ordenó Arlo. Su voz gruesa fue un mandato directo que hizo que Gus abriera los ojos verde café de inmediato—. Siente tu propio pulso. Está desbocado. Estás temblando bajo mi mano.

—Es... es por la rabia —alcanzó a decir Gus de forma entrecortada, con la respiración pesada que chocaba directamente contra el cuello de Arlo—. Te odio. Odio que me obligues a hacer esto.

—No te estoy obligando a sentir esto, Gus —dijo Arlo, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido del nombre en los labios del mafioso provocó un escalofrío en el artista—. Tu cuerpo está abriendo las puertas a un infierno del que no vas a querer salir. Crees que eres un hombre libre, pero llevas años buscando a alguien que tenga la fuerza suficiente para domar tu obsesión. Quieres que te quiten el control de los hombros. Yo lo sé. Tu expediente médico lo dice, tu hilo lo confirma.

Gus sintió un vuelco en el estómago. ¿Su expediente médico? ¿Cómo demonios había conseguido eso? El pánico de saberse completamente expuesto e investigado se mezcló con el deseo espeso que le entorpecía los sentidos.

Arlo no le dio tiempo a pensar. Deslizó su mano libre, la izquierda, hacia la mandíbula de Gus. Sus dedos ásperos por las horas de gimnasio y el manejo de armas acunaron el rostro del cantante con una firmeza implacable. El pulgar de Arlo presionó el labio inferior de Gus, obligándolo a abrir la boca sutilmente.

El sonido del aire entrando y saliendo de sus pulmones llenó el espacio entre ellos. Gus podía escuchar el latido rítmico y pesado del corazón de Arlo contra sus propias costillas. La proximidad era tan extrema que el cantante podía ver las pequeñas vetas grises en los ojos negros del mafioso.

—Eres perfecto para este lazo —susurró Arlo, acercando su rostro hasta que sus labios casi rozaron la oreja de Gus—. Tienes el cuerpo de un hombre que se exige hasta el límite, pero por dentro estás roto. Estás cansado de decidir, cansado de buscar la nota perfecta, cansado de estar solo. Déjame el control a mí. Déjame ser el que decida cuándo paras.

Gus soltó un sollozo ahogado, una mezcla de frustración y un alivio vergonzoso que lo invadió por completo. La tentación de ceder ante un hombre tan imponente, de dejarse proteger y gobernar por esa fuerza bruta y segura, era un abismo oscuro que lo atraía con la fuerza de un agujero negro. El lazo carmesí entre sus muñecas comenzó a latir con un tono rosa suave, estabilizándose, transmitiendo una paz que Gus no había sentido en toda su vida.

—No... —intentó protestar Gus por última vez, pero su cuerpo lo traicionó. Sus piernas flaquearon por completo, perdiendo toda la rigidez.

Antes de que cayera al suelo del salón, el brazo izquierdo de Arlo se enroscó firmemente alrededor de la cintura de Gus, pegándolo por completo contra su anatomía maciza. La mano de Arlo que sostenía su mandíbula lo obligó a mantener el rostro levantado. Gus quedó suspendido, sostenido únicamente por la fuerza descomunal del criminal.

—Ya es muy tarde para decir que no, Fletcher —dijo Arlo, observando los ojos del joven, que ahora estaban empañados por la sumisión y el deseo —. Tu cuerpo ya tomó la decisión por ti. Viniste a mi club, entraste a mi terreno y aceptaste mi toque. El trato está cerrado.

Gus no pudo responder. Sus sentidos estaban saturados por los sonidos de sus propias respiraciones acopladas, el calor asfixiante que emanaba de sus pieles conectadas y la certeza absoluta de que su vida, su carrera y su supuesta heterosexualidad habían quedado sepultadas bajo el poder invisible del hilo rojo y la imponente figura del mafioso que lo reclamaba como suyo.

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Dalia Lara
me encantan este tipo de historias, espero leer más cosas suyas🥰🥰
Skay P.: "Espinas y Sumisión" ya está en línea, con el primer capítulo 😈✨️
total 1 replies
Dalia Lara
me encanta 🥰🥰🥰
Skay P.: ¡Gracias mi Chikis! En unas horas, estará en línea una nueva obra, mucho más intenso que esto. ¡Prepárate!
En mi perfil, encontrarás otras historias interesantes ✨️🫰🫣🦋
total 1 replies
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