Pensé que lo más difícil ya había pasado. Luego encontré la firma de Kael en el documento que cambió todo. Ahora tengo que decidir si el amor que construimos puede sobrevivir conocer exactamente qué clase de hombre era antes de que yo llegara.
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Lo que dicen los cuerpos PARTE 1
El Doctor Elias llegó el martes con cuarenta y cinco minutos de retraso, el abrigo de trabajo con una mancha nueva en la manga que no estaba la semana anterior, y la expresión de alguien que ha tenido una mañana que no considera necesario describir.
Sophia lo recibió en la entrada con el té ya preparado.
El Doctor Elias miró el té.
Miró a Sophia.
—¿Cómo sabías que lo necesitaría?
—Llegó cuarenta y cinco minutos tarde —dijo Sophia—. Y tiene manchada la manga. —Una pausa—. El té parecía lo correcto.
El Doctor Elias la miró durante un momento.
—¿Siempre es así? —dijo.
—Solo cuando es necesario —dijo Sophia, con la misma seriedad que usaba para todo.
El Doctor Elias bebió el té de pie en el vestíbulo con la eficiencia de alguien que no tiene tiempo para las formalidades de sentarse, depositó la taza vacía de vuelta en la bandeja con un movimiento que sugería que había practicado esa maniobra, y siguió a Sophia hacia la oficina.
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Kael estaba en el sillón cuando llegaron.
No en la silla del trabajo — en el sillón, el que el Doctor Elias había señalado durante la primera visita como el correcto para la espalda. Lo había encontrado solo, sin que nadie le dijera, con la exactitud de alguien que recordó una instrucción de hace semanas y la ejecutó sin que pareciera que estaba ejecutando una instrucción.
El Doctor Elias se detuvo.
Miró el sillón.
Miró a Kael.
—Duque Prevail —dijo.
—Doctor —dijo Kael.
—¿Va a quedarse?
—Si no es inconveniente —dijo Kael, con la neutralidad de siempre.
El Doctor Elias lo evaluó durante un segundo. Luego asintió con la brevedad de quien ha decidido que la situación es aceptable aunque no estuviera en el plan original, sacó el cuaderno, y procedió como si Kael no estuviera o como si hubiera estado siempre — era difícil determinarlo.
Ren estaba en el sillón correcto también, lo cual el Doctor Elias notó con algo que en otra persona habría sido aprobación pero que en él fue simplemente la ausencia de desaprobación.
—Veintidós semanas —dijo el Doctor Elias, abriendo el cuaderno en la página correspondiente—. El bebé está en posición correcta para esta etapa. El peso de la Duquesa ha aumentado dentro del rango esperado. —Hizo una pausa, mirando sus notas con atención—. ¿Durmió las seis horas?
—Siete —dijo Ren.
El Doctor Elias levantó los ojos.
—¿Siete?
—Siete —confirmó Ren.
El Doctor Elias miró a Kael brevemente. Luego volvió a sus notas y anotó algo que Ren sospechaba que no era un dato médico sino una observación personal.
—¿Cambios físicos esta semana? —dijo.
—La espalda baja —dijo Ren—. Por las tardes principalmente.
—Normal para esta etapa —dijo el Doctor Elias—. El centro de gravedad se está desplazando. —Anotó algo—. ¿Movimientos del bebé?
—Frecuentes —dijo Ren—. Esta mañana durante el desayuno con suficiente fuerza para—
—Para que se le cayera la cuchara —dijo Kael, desde el sillón, con el tono de quien entrega información relevante a una conversación médica.
El Doctor Elias los miró a los dos.
—¿Lo vio usted? —le dijo a Kael.
—Estaba presente —dijo Kael.
—¿Y? —dijo el Doctor Elias.
Kael la miró a ella brevemente.
—Y me pareció —dijo Kael, con una precisión que claramente le costaba algo— más fuerte de lo que esperaba.
El Doctor Elias asintió.
—A partir de ahora los movimientos van a incrementar en frecuencia e intensidad —dijo, dirigiéndose a los dos con la equidad de quien no distingue audiencias cuando la información es relevante para ambas—. El bebé tiene cada vez más espacio para moverse y al mismo tiempo ese espacio va reduciéndose en las semanas que siguen. —Hizo una pausa—. Lo que el Duque percibió desde afuera es aproximadamente un tercio de lo que la Duquesa siente desde adentro.
Kael procesó eso.
—¿Un tercio? —dijo.
—Un tercio —confirmó el Doctor Elias—. La pared abdominal amortigua considerablemente.
Kael miró a Ren.
Ren lo miró a él.
Y en ese intercambio de miradas — sin palabras, con el médico escribiendo en su cuaderno como si no estuviera mirándolos con la atención periférica de alguien que observa más de lo que anota — había algo que el lector que había llegado hasta aquí reconocería sin necesidad de que se dijera.
Un tercio de lo que ella siente.
Y aun así le pareció más fuerte de lo que esperaba.
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—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Kael al Doctor Elias, cuando este cerraba el cuaderno para preparar la evaluación física.
—Puede —dijo el Doctor Elias, sin mirar.
—La espalda baja —dijo Kael—. ¿Hay algo que pueda hacerse para reducir la incomodidad?
El Doctor Elias levantó los ojos.
Miró a Kael durante un momento con la evaluación específica que usaba cuando alguien le hacía una pregunta que no esperaba de esa persona.
—Calor moderado —dijo finalmente—. No excesivo, no más de veinte minutos. Y presión manual en la zona lumbar puede aliviar la tensión muscular. —Una pausa—. ¿Tiene usted experiencia con eso?
—No —dijo Kael.
—Se aprende —dijo el Doctor Elias, con la misma neutralidad con que decía todo—. Es simple en principio. Requiere atención en la práctica.
Kael asintió.
El Doctor Elias volvió al cuaderno y anotó algo adicional.
Sophia, en el lateral de la habitación, miraba la pared con una concentración que era completamente artificial y que nadie en esa habitación iba a señalar.