En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 1: Llegada a Mar Azul.
El aire salado golpeaba el rostro de Lyssa mientras el viejo autobús traqueteaba por el último tramo de camino de tierra. A través de la ventanilla sucia, el paisaje se transformaba: los verdes densos de la selva costera daban paso a acantilados altos y oscuros que caían bruscamente hacia un mar de aguas profundas y revueltas. Allí abajo, entre las rocas y la bruma grisácea, apareció por fin Mar Azul.
El nombre parecía una ironía cruel. El agua no era azul, sino de un tono gris oscuro, casi negro, que reflejaba un cielo cubierto de nubes pesadas y amenazantes. No había luz brillante, ni colores alegres; todo parecía teñido de una melancolía antigua, como si el propio pueblo estuviera envuelto en un velo de silencio y secreto.
Cuando el vehículo se detuvo en la pequeña plaza principal, Lyssa bajó su pesada maleta y respiró hondo. El silencio le llamó la atención de inmediato. No se escuchaban risas de niños, ni música, ni el bullicio habitual de una zona costera. Las pocas personas que caminaban por las calles de adoquines bajaban la cabeza al pasar, evitando mirar a los ojos, apresurando el paso como si tuvieran miedo de quedarse demasiado tiempo al aire libre.
—Este lugar no es como lo describían los viejos relatos de mi madre —susurró para sí misma, ajustándose la chaqueta contra la brisa fría que venía del océano.
Desde que puso un pie en la tierra de Mar Azul, una sensación pesada se instaló en su pecho. No era solo nervios por el viaje o la incertidumbre de lo que encontraría allí. Era algo más profundo, una presencia invisible que parecía observarla desde todos los rincones. Y luego empezaron los sonidos.
Al principio creyó que era el viento entre las palmeras o el romper de las olas contra las piedras. Pero pronto comprendió que no eran sonidos naturales. Eran voces. Susurros bajos, arrastrados, que se mezclaban entre sí, formando palabras que no lograba descifrar del todo, pero que le helaban la sangre en las venas. «Llegaste… Por fin… Te estábamos esperando… Ella sabe que estás aquí…».
Lyssa se detuvo en seco y miró a su alrededor. Una mujer mayor caminaba cerca, cargando una cesta de pescado. Lyssa se acercó con cautela.
—Disculpe, señora… ¿Escucha usted eso? —preguntó con voz suave, señalando hacia el mar.
La mujer se detuvo bruscamente, sus ojos se abrieron de par en par y retrocedió un paso, cruzándose rápidamente a sí misma con una mano temblorosa.
—No digas esas cosas, niña —susurró con miedo, sin mirarla directamente—. Aquí no hay nada que escuchar, salvo lo que el mar quiere que oigamos. Y lo que el mar dice… no es bueno. Vete mientras puedas. Mar Azul no recibe visitas por gusto, y mucho menos a quienes oyen lo que nadie más escucha.
Dicho esto, la anciana echó a correr, alejándose rápido y perdiéndose entre las callejuelas estrechas de casas de madera oscura.
Lyssa frunció el ceño, sintiendo cómo los susurros se hacían más intensos, casi emocionados, como si su presencia hubiera despertado algo que llevaba mucho tiempo dormido. Sabía que no estaba loca; esa era la razón por la que había venido. Desde pequeña, había tenido esa capacidad: escuchar lo que otros ignoraban, percibir lo que estaba oculto. Y su madre, antes de desaparecer sin dejar rastro, le había escrito cartas donde mencionaba este pueblo, donde hablaba de voces, de una leyenda antigua y de algo que «la llamaba» desde el agua.
Caminó hacia la costa, arrastrando su maleta. El pueblo terminaba bruscamente en una playa de arena oscura y piedras afiladas. El mar rugía con fuerza, golpeando los acantilados con furia. Allí, de pie en la orilla, Lyssa sintió que la presencia invisible se volvía más fuerte, envolviéndola por completo. Los susurros se transformaron en una sola voz, más clara, más dulce y aterradora a la vez, que parecía salir directamente de las profundidades.
«Eres igual a ella… Vendiste lo que amabas por conocer la verdad… Y ahora tú también eres mía».
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Al levantar la vista, entre la espuma de las olas y la bruma espesa, creyó ver una silueta. Una figura hermosa, de cabellos largos y oscuros que flotaban en el agua, con ojos que brillaban con una luz extraña y penetrante. Pero antes de que pudiera distinguir algo más, una sombra se interpuso entre ella y el mar.
—No deberías estar tan cerca del agua cuando el viento cambia —dijo una voz grave y profunda a su espalda.
Lyssa se giró de golpe. Un hombre estaba apoyado contra un tronco viejo, con las manos en los bolsillos y una expresión dura, de ojos oscuros y mirada cansada, como si cargara con el peso de todo el pueblo sobre sus hombros. Era alto, de cabello oscuro y rasgos marcados, pero lo que más le llamó la atención fue su mirada: llena de dolor, pero también de una advertencia clara.
—¿Y usted quién es? —preguntó ella, recuperando la compostura y sosteniéndole la mirada.
El hombre no sonrió. Solo señaló hacia las aguas oscuras con la cabeza.
—Soy Christhian. Y te digo lo mismo que te dirá cualquiera que no haya perdido la razón en este lugar: aléjate de la orilla, no hagas preguntas y, sobre todo… no escuches lo que el mar te susurra. Porque una vez que empiezas a oírlo… ya no hay forma de volver atrás.
Dicho esto, dio media vuelta y se alejó por el camino rocoso, perdiéndose entre las sombras de las casas, dejando a Lyssa sola frente a un mar que rugía con fuerza y unos susurros que ahora parecían reírse, bajitos y maliciosos, confirmando que su llegada a Mar Azul no era el comienzo de una simple búsqueda… sino el inicio de una condena.