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El Rey Sin Trono

El Rey Sin Trono

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:140
Nilai: 5
nombre de autor: Braian Cazzuchelli

Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?

NovelToon tiene autorización de Braian Cazzuchelli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La primera sangre

El sol ya había desaparecido.

La ciudad comenzaba a cubrirse de sombras.

Genaro seguía acomodando algunos libros cuando vio a Arlen levantarse.

—¿A dónde vas?

—A caminar.

—¿Otra vez?

—Me gusta observar.

Genaro sonrió.

—Eso ya lo había notado.

Arlen se acercó a una ventana rota.

Su mirada se dirigió hacia la calle.

—Hay algo extraño.

—¿Qué cosa?

—Cinco muchachos.

Genaro se acercó.

—¿Y?

—Están siguiendo a una anciana.

El anciano frunció el ceño.

—Eso nunca es buena señal.

Arlen se giró.

—Voy a echar un vistazo.

Antes de salir, Genaro habló.

—Ten cuidado.

Arlen sonrió.

—Siempre lo hago.

—No me refiero a esos muchachos.

El joven se detuvo.

—¿Entonces?

Genaro bajó la voz.

—Los seguidores de Azrakel tampoco son muy humanos.

Arlen soltó una pequeña risa.

—Yo tampoco.

Y desapareció en la oscuridad.

Los siguió desde los tejados.

Sin hacer ruido.

Sin dejar rastro.

Los cinco hombres continuaron caminando detrás de la anciana.

Finalmente ella giró hacia un callejón.

Y los problemas comenzaron.

Los muchachos la rodearon.

Cortándole el paso.

La anciana bajó la mirada.

Parecía asustada.

Uno de ellos habló.

—¿Por qué sacaste los cuadros de Azrakel?

La mujer no respondió.

—Solo estaba limpiando...

—¡Mentira!

Otro dio un paso adelante.

—Nuestro dios no merece estar tirado entre las cosas viejas.

—Debe ocupar el centro de cada hogar.

—Cada hogar.

La anciana agachó aún más la cabeza.

Entonces el más grande de todos avanzó.

Un hombre enorme.

Cubierto de músculos.

Levantó el puño.

Dispuesto a golpearla.

Y fue entonces cuando algo sujetó su brazo.

El gigante se congeló.

Todos se congelaron.

Porque nadie había visto llegar a Arlen.

Ni siquiera habían sentido su presencia.

Arlen sonrió.

Todavía sujetando el brazo.

—Eso no se hace con los mayores.

Luego lo soltó.

Como si nada.

Los cinco lo observaron.

Confundidos.

Irritados.

El musculoso lo miró con desprecio.

—No vas a tener tanta suerte ahora.

Arlen cerró los ojos.

Sonriendo.

—Puedo pelear usando una sola mano si quiero.

Abrió un ojo.

—Así que adelante.

Los cinco atacaron al mismo tiempo.

Mala decisión.

Uno cayó inconsciente tras un golpe preciso en la nuca.

Otro fue levantado del suelo y arrojado contra un compañero.

Dos terminaron en el piso antes de entender qué estaba ocurriendo.

El quinto decidió huir.

Probablemente la decisión más inteligente de toda la noche.

Solo quedó el gigante.

Y para su crédito...

No se rindió.

Lanzó golpes.

Patadas.

Combinaciones rápidas.

Arlen esquivó todo.

—Nada mal.

Otro golpe.

—Buena potencia.

Una patada giratoria.

—Interesante.

El hombre rugió de furia.

Y fue entonces cuando Arlen decidió terminar.

Desapareció de su campo visual.

Y apareció a un costado.

Un golpe seco.

Directo al tobillo.

La pierna cedió inmediatamente.

El gigante cayó de rodillas.

Incapaz de sostenerse.

—¿Quién eres?

preguntó con dificultad.

Arlen sonrió.

—Un simple humano.

Y le dio un golpe en la nuca.

Silencio.

La anciana lo observó.

Sorprendida.

—Gracias.

—No fue nada.

—Sí lo fue.

La mujer sonrió.

Luego se alejó lentamente.

Y desapareció entre las calles.

Arlen estaba por marcharse.

Pero algo lo hizo detenerse.

Una sensación.

Una presencia.

Extraña.

Peligrosa.

Silenciosa.

Tanto que incluso él la había pasado por alto.

Y eso era preocupante.

Giró lentamente.

Y la vio.

Una figura cubierta de negro.

Rostro oculto.

Movimientos elegantes.

Dos cuchillas brillaban en sus manos.

No dijo una sola palabra.

Ni una.

Simplemente atacó.

Arlen apenas logró reaccionar.

Las cuchillas pasaron a centímetros de su rostro.

—Oh.

Retrocedió.

Sorprendido.

Por primera vez desde que había llegado a la Tierra.

Alguien era realmente rápido.

La mujer volvió a atacar.

Y otra vez.

Y otra.

No desperdiciaba movimientos.

No se enfurecía.

No hablaba.

Pensaba.

Calculaba.

Adaptaba cada ataque.

Como una depredadora.

Arlen comenzó a sonreír.

Aquello era nuevo.

Aquello era emocionante.

Empezó a elevar su nivel.

Poco a poco.

Tomándola en serio.

Y aun así...

Ella logró alcanzarlo.

Una cuchilla rozó su cuello.

La sangre apareció inmediatamente.

Una pequeña línea roja.

Nada grave.

Pero suficiente.

Arlen tocó la herida.

Miró la sangre en sus dedos.

Y comenzó a reír.

Una carcajada sincera.

—¡Esto sí es en serio!

La mujer no respondió.

Simplemente volvió a atacar.

Más rápido.

Más agresiva.

Una de las cuchillas buscó su garganta.

Arlen la atrapó con la mano.

El metal atravesó su piel.

La sangre comenzó a correr por su brazo.

Pero no soltó la hoja.

Entonces vio el verdadero ataque.

La segunda cuchilla.

Dirigida directamente a su pecho.

—Ah.

Desvió el brazo en el último instante.

La hoja cambió de trayectoria.

Y terminó cortando ligeramente el antebrazo de la mujer.

Por primera vez ella retrocedió.

Fue entonces cuando aparecieron dos figuras más.

Sobre los tejados.

Vestían el mismo uniforme.

Misma presencia.

Mismo nivel.

Arlen sonrió.

—Ahora sí sería injusto.

La mujer volvió a prepararse.

Pero antes de que pudiera reaccionar...

Arlen la golpeó en el abdomen.

No con toda su fuerza.

Solo lo suficiente.

La lanzó varios metros hacia atrás.

Rodando por el suelo.

Y entonces desapareció.

Simplemente desapareció.

Cuando volvió al edificio abandonado.

Genaro ya lo esperaba.

Y apenas lo vio...

Su expresión cambió.

—¿Qué te pasó?

Arlen observó la sangre en su cuello.

Luego la de su mano.

Y comenzó a reír.

—Me lastimaron.

—¡Eso puedo verlo!

—Fue interesante.

—¡Arlen!

El joven seguía sonriendo.

Como un niño que acababa de descubrir algo nuevo.

—Tenía que sentirlo.

—¿Sentir qué?

—El dolor.

Genaro lo observó como si estuviera loco.

—La mayoría de la gente intenta evitarlo.

—Pues yo tenía curiosidad.

—¿Y qué conclusión sacaste?

Arlen pensó unos segundos.

—Es raro.

—¿Raro?

—Sí.

No me gusta.

Pero tampoco me molesta.

Solo es... extraño.

Genaro negó con la cabeza.

Resignado.

—Definitivamente no sos normal.

—Eso ya lo sabíamos.

—Sentate.

—¿Por qué?

—Porque voy a curarte.

—Pero no es grave.

—Sentate.

Arlen obedeció.

Como un niño regañado.

Genaro comenzó a limpiar las heridas.

Mientras el joven hacía gestos exagerados.

—Ay.

—No te duele.

—Lo sé.

—Entonces deja de actuar.

—Estoy practicando.

Genaro soltó una carcajada.

Por más que intentara mantenerse serio.

Era imposible.

Cuando terminó de colocar las vendas.

Arlen se estiró.

—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?

—¿Ya estoy listo para descansar?

Genaro lo miró.

Y finalmente sonrió.

—Sí, hijo.

Ahora podés descansar.

Y por primera vez en muchos meses...

Arlen se acostó pensando no en Azrakel.

No en su misión.

Ni en las guerras que vendrían.

Sino en aquella misteriosa mujer.

Porque en el fondo sabía una cosa.

Aquella pelea todavía no había terminado.

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