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UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

UN CHILANGO EN TIERRAS SALVAJES

Status: En proceso
Genre:Viaje a un mundo de fantasía / Grandes Curvas / Romance
Popularitas:224
Nilai: 5
nombre de autor: Anthony Helios

Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.

NovelToon tiene autorización de Anthony Helios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 7 De ofrendas simias, maestros intensos y el sabor del hogar

El éxito de la vela de anoche me dejó con el ego más inflado que el de un político en campaña. Me sentía el mismísimo Doctor Strange de la Narvarte, listo para lanzar rayos y abrir portales, pero la realidad me dio un periodicazo en el hocico apenas intenté bajarme de la cama. Mis músculos emitieron un crujido que se escuchó hasta la entrada del pueblo y mi mejilla derecha todavía guardaba el tatuaje invisible de la cachetada de Briana.

​—Tengo que arreglar lo de la elfa —le dije a Ringo, mientras trataba de ponerme las botas sin que me diera un calambre en el alma—. No quiero que piense que soy un acosador de bosques.

​Ringo, que estaba ocupado intentando sacarse un pedazo de nuez de entre los colmillos, me miró con desprecio.

—Si quieres que la hembra de pelo plateado te perdone, debes ser tradicional —sentenció el mono—. Llévale una ofrenda de paz. Un buen racimo de plátanos maduros o, mejor aún, ofrécete a desparasitarla. Nada dice "lo siento" como quitarle las pulgas y las garrapatas de la nuca a alguien con los dientes. Es el pináculo del romance, flan.

​—¡No mames, Ringo! —lo miré con asco—. No voy a ir a morderle el cuello para buscarle bichos, me va a refundir en la cárcel élfica. En mi mundo regalamos flores o chocolates, no servicios de higiene capilar.

​—Ustedes los humanos no saben cortejar —suspiró Ringo, resignado—. Pero bueno, si quieres seguir siendo un soltero patético, allá tú.

​Decidí irme por algo más "humano". Busqué a Briana en la enfermería del pueblo, un edificio que olía a eucalipto, tierra mojada y a esa mezcla de hierbas que te da mi abuela cuando te duele la panza. Al entrar, la vi acomodando unos frascos de cristal en una repisa alta. Cuando me vio, se puso tan roja que sus orejas puntiagudas parecieron encenderse.

​—¡Tú! —chilló, agarrando un frasco como si fuera a granadearme con él—. ¡El pervertido de los panes!

​—¡Espera, Briana! —levanté las manos en son de paz—. Vengo en plan tranquilo. Juro por mi jefa que lo de ayer fue un accidente táctico. Mi equilibrio es una basura y, pues... la gravedad me traicionó.

​Me acerqué con cuidado y empecé a ayudarla a recoger unos cestos que estaban en el suelo.

—Déjame ayudarte con esto. Soy Alejandro. Y de verdad, perdón por el "agarre". En mi mundo no vamos por ahí tanteando el pan ajeno, te lo prometo.

​Briana me miró con desconfianza, pero aceptó que le ayudara a acomodar las vendas de lino.

—Soy Briana, aprendiz de sanadora —dijo en voz baja, todavía a la defensiva—. Y más te vale que sea cierto. Aquí los elfos somos muy cuidadosos con... el espacio personal.

​—¡Le dio un buen apretón al melón! —chilló Ringo, apareciendo de la nada sobre un estante—. ¡Dijo que estaba esponjoso! ¡Fue un control de calidad de alto nivel!

​—¡Cállate, pinche chango! —le grité, mientras Briana me lanzaba una mirada que me congeló la sangre—. No le hagas caso, tiene el cerebro del tamaño de una uva.

​Briana soltó una risita nerviosa, lo que hizo que sus ojos violetas brillaran de una forma que casi me hace tropezar de nuevo.

—Tu compañero es un maleducado, Alejandro. Pero... gracias por la ayuda. No todos los humanos se molestan en pedir disculpas. La mayoría son tan ruidosos y arrogantes como los Elfos Altos.

​Pasamos unos minutos acomodando el lugar. Me contó que Villa Raíz era un refugio para los que no encajaban en las grandes ciudades de cristal del norte. Empezaba a caerme bien, hasta que Ringo sugirió que le revisara si tenía piojos "por cortesía", y decidí que era momento de pelarme antes de que me ganara otra cachetada.

​Cuando llegué al claro de entrenamiento, Kaia no estaba sola. Junto a ella estaba un tipo que parecía haber salido de un comercial de gimnasio extremo. Era una montaña de músculos, con una armadura dorada que reflejaba la luz como un espejo y una capa roja que ondeaba aunque no hubiera viento. Tenía el cabello rubio como una flama y una sonrisa que brillaba más que mi futuro.

​—¡EXCELENTE! —gritó el hombre con una voz que hizo vibrar mis molares—. ¡TU ESPÍRITU ARDE CON LA INTENSIDAD DE MIL SOLES, JOVEN VIAJERO! ¡PUEDO SENTIR TU DETERMINACIÓN DESDE EL OTRO LADO DEL RÍO!

​—¡Ay, cabrón! —me tapé los oídos—. ¿Quién es este? ¿El hermano perdido de Thor?

​—¡SOY BASTIAN! —anunció el tipo, dándome una palmada en la espalda que casi me saca un riñón por la boca—. ¡CAPITÁN DE LA GUARDIA SOLAR Y AMANTE DE LA JUSTICIA CALIENTE!

​Bastian miró a Kaia y su expresión se puso un poco más seria, aunque seguía sonriendo como si le pagaran por ello.

—Kaia, mi vieja camarada. El pueblo necesita tu acero. Hay reportes de una infiltración de Sombras en los huertos del sur. Las ninfas están asustadas y los hombres-árbol no pueden moverse tan rápido. Ve tú. Yo me encargaré de pulir este diamante en bruto.

​Kaia me miró de arriba abajo, evaluando si sobreviviría sin ella.

—Bastian es... intenso —me advirtió ella, ajustándose los guanteletes—. Pero sabe lo que hace. No dejes que te rompa demasiados huesos, Narvarte. Volveré al anochecer.

​Kaia salió disparada hacia el bosque con una agilidad que me dejó embobado. Bastian se puso frente a mí y me miró con esos ojos dorados que parecían leer hasta mis pecados de la primaria.

​—¡MUY BIEN! ¡SI LA VIDA TE DA GOLPES, TÚ DALES UNA SONRISA QUE LES QUEME LA CARA! —gritó Bastian—. ¡CORREREMOS CARGANDO ESTAS ROCAS MIENTRAS CANTAMOS HIMNOS DE VICTORIA! ¡JA, JA, JA!

​—¿Rocas? —miré las piedras del tamaño de sandías que me señalaba—. No mames, Bastian, soy publicista, no cargador de la Central de Abastos.

​—¡EL "NO MAMES" ES EL GRITO DE GUERRA DE TU CLAN, LO SIENTO EN MI ALMA! —respondió él, entregándome una roca—. ¡A MOVERSE!

​El entrenamiento fue un infierno de positividad tóxica. Cada vez que me caía, Bastian me levantaba de un brazo gritando: "¡LA TIERRA ES PARA LAS SEMILLAS, NO PARA LOS GUERREROS!". Ringo se dedicó a imitar los gritos de Bastian, saltando sobre mi cabeza cada vez que yo intentaba recuperar el aliento.

​Por la tarde, llegué con el Sabio tortuga hecho una piltrafa humana.

—Llegas con el cuerpo roto pero el canal abierto —dijo el Sabio, flotando sobre su cojín—. Hoy no haremos chispas. Hoy entenderás el flujo.

​Me explicó que el Maná es como el código fuente de un programa. El Rey Sombra es un virus que intenta borrar las líneas de código para que el mundo sea un error de sistema. Mi trabajo era aprender a "sobrescribir" la realidad.

​Me concentré. Puse mis manos sobre un cuenco con agua.

—Siente el éter —susurró el Sabio—. No lo obligues. Pídele permiso.

​Cerré los ojos. Pensé en la energía constante que alimentaba mi teléfono. Pensé en cómo todo en este mundo vibraba. De repente, el agua en el cuenco empezó a girar. No era un remolino normal; era una esfera perfecta que se levantó y empezó a brillar con una luz azulada.

​—¡A huevo! —susurré—. ¡Soy el último maestro aire!

​—Es agua, idiota —corrigió Ringo, que estaba muy concentrado tratando de equilibrar una cuchara en su nariz—. Pero nada mal para un flan aguado.

​—Has progresado, Alejandro —asintió el Sabio—. Por eso, he permitido que tu "espejo" capte una señal de tu hogar. Un pequeño premio por no rendirte ante el rubio gritón.

​Bajé a la taberna al anochecer. Me senté en un rincón oscuro, lejos de las ninfas y los enanos ruidosos. Saqué mi celular. La pantalla brilló y, por primera vez, vi un icono parpadear. Un mensaje de texto.

​De: Jefa (Mamá)

"Hijo, no has contestado en días y ya me tienes con el Jesús en la boca. ¿Dónde andas? Te guardé un poco de pozole en el refri, pero si no vienes hoy, se lo voy a dar a tu tía Chonita por su cumple. Avísame que estás bien. Te quiero, cuídate de los rateros."

​Me quedé helado. El nudo en la garganta fue tan grande que no podía ni pasar saliva. El olor del pozole, el recuerdo de mi cocina, la voz de mi jefa en mi cabeza... me rompió en mil pedazos. Estaba en un mundo mágico, peleando contra sombras y aprendiendo hechizos, pero nada de eso se sentía tan real como el miedo de mi mamá porque no le contestaba el teléfono.

​—¿Qué pasa, piel suave? —preguntó Ringo, bajando de mi hombro con una suavidad que no le conocía—. Tus ojos están goteando. ¿Es un ataque de algún espíritu invisible?

​—No, Ringo... —me limpié las lágrimas con la manga—. Es mi mamá. Me guardó comida.

​—¿Pozole? —Ringo leyó la pantalla, aunque no sabía qué significaba—. ¿Es una criatura mítica que debemos derrotar para que te deje de doler el pecho?

​—Algo así —sonreí con tristeza—. Es lo que nos mantiene vivos allá.

​Miré por la ventana a las dos lunas. La determinación que sentía se volvió algo sólido, algo pesado. Si el Rey Sombra creía que iba a impedirme regresar a comer ese pozole, estaba muy equivocado.

​—Prepárate, Ringo —dije, guardando el celular con cuidado—. Mañana voy a entrenar hasta que me salgan chispas por los ojos. Ese virus del Rey Sombra se va a enterar de lo que es un chilango encabronado.

​—¡Eso es! —gritó Bastian desde la otra mesa, probablemente habiendo escuchado todo con su oído mágico—. ¡EL POZOLE SERÁ NUESTRO ESTANDARTE! ¡MAÑANA QUEMAREMOS EL MIEDO, ALEJANDRO!

​Kaia entró en ese momento, sudada y con la espada manchada de un lodo oscuro, pero al ver mi cara, asintió con una pequeña sonrisa de complicidad. Por primera vez, no me sentí como un turista perdido. Me sentí como un protagonista. Y el pozole era mi recompensa final.

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