En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 7: La sombra del guardián
El calendario en la pared del campamento en el centro del bosque, marcaba un año exacto desde que Antonio se convirtió en un fantasma para Isaí, no era justo tanto tiempo, después de lo vivido durante 8 largos meses entre Isaí y Antonio. Aunque era año de engaño autoimpuesto, trato de convencerse a sí mismo de que el vacío en los ojos de ella era un precio justo por su vida. Pero es inevitable el corazón tiene una memoria que la ni la disciplina militar puede fusilar.
Antonio entre su desespero bajó de la cordillera aprovechando el relevo de guardia. No llevaba su uniforme habitual, sino ropas civiles desgastadas y un sombrero de ala ancha que le ocultaba las facciones. Se movía entre las sombras de los callejones de San José, sintiéndose un intruso en el pueblo que alguna vez fue su único refugio seguro de paz.
Se recostó tras el viejo muro de piedra frente al consultorio. El olor a alcohol antiséptico y humedad seguía allí, flotando en el aire nocturno, golpeándolo con el recuerdo de la primera vez que ella le salvó la vida.
Entonces, la vio.
Isaí salió al pequeño porche a sacudir una manta. Se veía más delgada, con unas ojeras que hablaban de noches de estudio o, quizás, de esperas inútiles. Ya no era la joven de 23 años que desbordaba luz; ahora había una gravedad en sus movimientos, una tristeza silenciosa que se le pegaba a la bata blanca como el polvo del camino.
Ella se detuvo un momento y miró hacia el callejón de los cafetales, exactamente hacia donde él estaba escondido. Antonio contuvo el aliento, pegando la espalda a la piedra fría. El impulso de salir, de pedir perdón y de explicarle que su huida fue un acto de amor desesperado, casi lo vence. Pero recordó la amenaza de Eliécer: "Si vuelves a verla, la borrare del mapa".
Isaí suspiró, un sonido que el viento llevó hasta los oídos de Antonio como una acusación. Ella entró de nuevo, dejando la puerta entornada, como siempre hacía desde que él se fue. Una invitación silenciosa para alguien que ya no tenía permiso de volver.
—Sigues esperándome, doctora... —susurró Antonio para sí mismo, apretando los puños hasta que los nudillos le blanquearon—. Y ese es mi mayor miedo descubrir que encuentres a alguien que llene mi vacío.
Dentro del consultorio, Isaí se sentó frente a su escritorio. Sobre él, un estetoscopio y una pequeña bala deformada que nunca fue capaz de tirar. Ella no buscaba olvido; buscaba una explicación. No entendía cómo el hombre que le juró un futuro de paz pudo desaparecer dejando solo un rastro de rumores que se susurraban tras las entradas que hacian ese grupo de hombres al pueblo, pero de Antonio en específico nada.
Para Isaí, el silencio de Antonio era una herida abierta que no sabía cómo coser. Para Antonio, su propia ausencia era la única medicina que podía mantenerla respirando.
Esa noche, mientras él regresaba a la oscuridad de la montaña y ella cerraba la puerta con doble llave, ambos comprendieron que hay distancias que no se miden en kilómetros, sino en secretos que pesan más que la propia guerra.