"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 19
La espera es una forma silenciosa de tortura. Durante los tres días que Julián pasó en la costa con Valeria, el tiempo en la casa se detuvo en un presente denso y pegajoso. Sofía no me dirigió la palabra ni una sola vez. Se movía por los pasillos como un espectro de resentimiento, evitando mi mirada en las comidas y cerrando la puerta de su habitación con una fuerza que hacía vibrar los cuadros de mis padres fallecidos en el pasillo. Ana y el señor Martínez, ajenos al abismo que se había abierto entre nosotras, atribuían nuestro silencio a "cosas de chicas" o al cansancio del semestre.
Yo, mientras tanto, vivía refugiada en la penumbra de mi cuarto, apretando la llave dorada hasta que el metal perdía su brillo. El Apartamento 4B me llamaba como un canto de sirena, pero sabía que si ponía un pie allí, terminaría de hundirme. Había pasado las noches en vela, ensayando mi confesión, imaginando la cara de Julián cuando viera que su "estructura perfecta" se estaba desmoronando por culpa de un simple dibujo.
El domingo por la tarde, el sonido del motor del sedán blanco anunció el fin de la tregua.
Me asomé a la ventana. Julián bajó del coche con esa arrogancia natural que el sol de la costa solo había acentuado. Valeria venía a su lado, luciendo un vestido de lino blanco y unas gafas de sol de diseñador, la viva imagen de la mujer que lo tiene todo bajo control. Se reían. Él le pasó el brazo por los hombros y le dio un beso rápido en la sien antes de sacar las maletas del maletero.
Sentí una náusea violenta. Ese hombre, que hace tres días me juraba en un apartamento secreto que yo era su "única realidad", ahora representaba la comedia del novio perfecto con una convicción que rayaba en lo patológico.
Bajé al salón justo cuando entraban. El recibimiento fue ruidoso. Ana los abrazó, el señor Martínez destapó una botella de vino para celebrar el éxito del proyecto y Sofía... Sofía se quedó de pie junto a la escalera, con los brazos cruzados y una expresión que me heló la sangre.
—¡Elena, cariño, ven aquí! —exclamó Valeria al verme, con esa falsa calidez que ahora me resultaba insoportable—. Te hemos traído un detalle de la costa. Julián insistió en que te gustaría.
Me entregó una caja pequeña, elegantemente envuelta. La abrí con manos temblorosas. Era un colgante de plata con una caracola tallada. Un regalo de "hermano mayor" para su "hermanita" desvalida. Miré a Julián. Él me sostuvo la mirada con una frialdad absoluta, un desafío silencioso que decía: Sigue el juego. No rompas la escena.
—Es precioso. Gracias —susurré, sintiendo que el colgante pesaba como un yunque.
—Bueno, contadnos, ¿cómo ha ido todo? —preguntó el señor Martínez, sirviendo las copas.
Julián empezó a hablar de los cimientos, de los permisos municipales y de la estética del acantilado. Hablaba con una pasión técnica que siempre encandilaba a su padre. Valeria añadía detalles sobre la decoración interior. Eran el equipo perfecto. La pareja dorada.
—¿Y tú, Sofía? Estás muy callada —dijo Julián, girándose hacia su hermana con una sonrisa inquisidora—. ¿Qué tal estos tres días de paz sin nosotros?
Sofía dio un paso adelante. El silencio que se produjo fue repentino, como si alguien hubiera cortado el cable de la música.
—He estado aprendiendo sobre dibujo, Julián —respondió ella, su voz cortante como una cuchilla—. Elena y yo hemos estado analizando algunos de tus trabajos. Los más "personales".
Julián no parpadeó. Solo sus ojos, que se estrecharon un milímetro, delataron que había comprendido la amenaza. Valeria, sin embargo, arqueó una ceja, interesada.
—¿Dibujos personales? Julián siempre dice que no guarda nada que no sea estrictamente profesional —comentó ella, mirando de reojo a su prometido.
—Oh, este era muy especial —continuó Sofía, ignorando mi mirada de súplica—. Era un estudio anatómico. Labios, para ser exactos. ¿Verdad, Elena?
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Ana y el señor Martínez miraban la escena con confusión. Julián dejó su copa de vino sobre la mesa auxiliar con una lentitud deliberada.
—Sofía, creo que has bebido demasiado sol este fin de semana —dijo Julián, su voz bajando a ese tono de advertencia que solía usar conmigo en el Apartamento 4B—. Los bocetos que Elena encontró eran viejos. Descartes de la facultad. No hay necesidad de aburrir a Valeria con eso.
—No me aburro —intervino Valeria, su sonrisa volviéndose gélida—. De hecho, me encantaría verlo. Siempre he pensado que te falta un toque más humano en tus diseños, Julián. Si has estado practicando retrato, deberías mostrármelo.
—Se perdió, ¿verdad Elena? —dijo Julián, clavando sus ojos en los míos. Era una orden. Un mandato para que dijera que el dibujo ya no existía.
—No se perdió —dijo Sofía, sacando el papel arrugado del bolsillo de su pantalón—. Lo tengo aquí. Y tiene una fecha muy interesante, Valeria. Es de la semana pasada. La noche que Julián dijo que estaba en el despacho trabajando en los planos del ático.
Sofía extendió el papel hacia Valeria. El tiempo pareció detenerse. Vi cómo Julián tensaba los músculos de los hombros, listo para saltar, pero ya era tarde. Valeria tomó el dibujo.
Lo observó en silencio. Sus ojos recorrieron el trazo experto del carboncillo, la sensualidad de los labios dibujados, la entrega que emanaba del papel. Luego, miró la fecha. Y finalmente, me miró a mí.
Sus ojos, que siempre habían sido de una cortesía profesional, se llenaron de una comprensión instantánea y devastadora. Valeria no era tonta. Era una mujer de mundo, una arquitecta acostumbrada a leer entre líneas y a detectar fallos estructurales antes de que el edificio se cayera. Miró mis labios, miró el dibujo, y luego miró a Julián.
La bofetada no fue física, pero dolió como si lo fuera.
—Es un trabajo excelente, Julián —dijo Valeria, su voz temblando ligeramente a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura—. Realmente has captado la esencia de Elena. Especialmente esa mirada de... propiedad.
—Valeria, no es lo que piensas... —empezó Ana, tratando de intervenir sin entender nada.
—Es exactamente lo que pienso, Ana —le interrumpió Valeria, lanzando el dibujo sobre la mesa, justo encima de los planos del proyecto de la costa—. Es lo que llevo sospechando desde que entramos por esa puerta hace dos semanas. La forma en que se miran, la tensión en el aire... y ahora esto.
Julián se levantó, su presencia llenando el salón como una sombra amenazante.
—Basta, Valeria. Estás haciendo un espectáculo delante de mis padres. Si tienes algo que decirme, dímelo a solas.
—¡No hay nada que decir a solas! —gritó ella, perdiendo finalmente los estribos—. Me has estado usando como una pantalla de humo mientras te acostabas con la protegida de tu familia. ¡Con una niña de diecinueve años que acaba de perder a sus padres! Eres un monstruo, Julián.
El señor Martínez se puso de pie, su rostro pasando del desconcierto a una palidez mortal.
—¿De qué está hablando esta mujer, Julián? ¿Elena?
No pude hablar. El llanto me ahogaba. Sofía se acercó a su padre y le puso una mano en el hombro, pero sus ojos seguían fijos en mí, llenos de un desprecio que me quemaba.
—Habla del Apartamento 4B, papá —soltó Sofía, lanzando la última granada—. El que Julián compró a escondidas el año pasado. El lugar donde guarda sus "obras maestras".
Julián se giró hacia su hermana con una furia animal. Por un segundo, temí que fuera a golpearla. Pero en lugar de eso, soltó una carcajada amarga, una risa que sonaba a ruina y a final de trayecto.
—Felicidades, Sofía. Has destruido la familia perfecta —dijo él, volviéndose hacia sus padres—. ¿Queréis la verdad? Sí. Elena y yo estamos juntos. Y no, no me arrepiento. Ella es la única cosa real que ha pasado por esta casa en años. Vosotros con vuestras apariencias, Valeria con su ambición... todos sois cartón piedra. Ella es la estructura.
Ana se cubrió la boca con las manos, rompiendo a llorar. El señor Martínez caminó hacia su hijo y, sin decir una palabra, le señaló la puerta. Su mano temblaba, pero su mirada era la de un hombre que acababa de ver cómo su legado se convertía en cenizas.
—Fuera —dijo el señor Martínez, su voz era un trueno sordo—. Fuera de esta casa. Los dos.
—No hace falta que me lo digas dos veces —respondió Julián, tomándome del brazo con una fuerza que me hizo daño—. Vámonos, Elena. No tenemos nada más que hacer aquí.
Valeria se quitó el anillo de compromiso y lo lanzó contra el pecho de Julián antes de salir del salón a paso rápido, seguida por los sollozos de Ana. Sofía se quedó allí, en medio de la destrucción que ella misma había provocado, mirándome mientras Julián me arrastraba hacia la salida.
—Has ganado, Elena —susurró Sofía, con una voz que ya no tenía rastro de odio, solo de una tristeza infinita—. Tienes al arquitecto para ti sola. Espero que el Apartamento 4B sea lo suficientemente grande para contener toda la culpa que vas a sentir el resto de tu vida.
Julián me sacó de la casa bajo la lluvia que volvía a caer, lavando los restos de mi inocencia. Me metió en el coche y arrancó con un chirrido de neumáticos, dejando atrás la única familia que me quedaba, la única amiga que había tenido y el recuerdo de mis padres que ahora se sentía profanado.
Mientras nos alejábamos hacia la ciudad, hacia ese refugio de perfume y madera que ahora era nuestra única realidad, miré a Julián. Él conducía con la mandíbula apretada y la mirada fija en el horizonte, sin un solo rastro de arrepentimiento.
—Ya está —dijo él, su voz ronca de adrenalina—. Se acabó el juego del gato y el ratón, pequeña. Ahora solo somos nosotros.
Me hundí en el asiento, apretando la llave dorada contra mi pecho. Tenía al hombre. Tenía la fantasía. Pero al mirar por el retrovisor y ver cómo la casa de los Martínez desaparecía en la bruma, comprendí que la arquitectura que Julián había diseñado para nosotros no era un hogar. Era una fortaleza de soledad donde los dos estaríamos atrapados para siempre en el eco de nuestra propia traición.
El regreso del arquitecto no había sido un triunfo; había sido el inicio del exilio.