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23: fin del detective y la iniciativa
Minji se reunió con Hiroshi Tanaka en el mismo café discreto de Shibuya donde lo había contratado. Llevaba gafas oscuras aunque el día estaba nublado y un abrigo largo que le llegaba hasta las rodillas. Tanaka llegó puntual, carpeta bajo el brazo, expresión neutra como siempre.
Se sentó frente a ella sin saludar.
Minji sacó un sobre del bolso y lo empujó hacia él.
—Aquí está el resto del pago. Y la terminación del contrato.
Tanaka alzó una ceja.
—¿Ya tiene lo que necesitaba?
Minji soltó una risa corta y amarga.
—No. No tengo nada. Solo fotos de una mujer que entra y sale de un apartamento. No hay Sauching con ella en la misma habitación. No hay besos. No hay nada comprometedor. Solo suposiciones suyas. Es usted un incompetente.
Tanaka no se inmutó.
—Le advertí que su esposo es cuidadoso. Los hoteles tienen seguridad que no puedo romper sin alertar. Y la mujer, Aya Nakamura, no muestra comportamientos sospechosos más allá de visitas frecuentes. Si quiere resultados reales, necesitaría acceso interno, hackeo, o más tiempo.
Minji se inclinó hacia adelante.
—No quiero más tiempo. Quiero resultados. Y usted no me los dio. Así que terminamos aquí. Tome el dinero y desaparezca.
Tanaka tomó el sobre sin abrirlo.
—Como desee, señora Takahashi. Si cambia de opinión…
—No cambiaré.
Tanaka se levantó y se fue sin decir más. Minji se quedó sentada un rato, mirando la taza de café que no había tocado. El odio ya no era solo hacia Sauching. Ahora se extendía a Aya Nakamura. La mujer que, según Minji, tenía lo que ella nunca tendría.
En su mente empezaron a girar ideas oscuras.
No era solo divorcio. No era solo escándalo público. Quería hacerle daño. Real. Permanente. Deshacerse de ella de una forma que Sauching no pudiera ignorar. Rumores. Fotos falsas. Un accidente. Algo que la sacara del camino para siempre.
Se levantó. Pagó la cuenta en efectivo. Salió del café con la cabeza alta, pero los ojos llenos de una determinación fría que no había mostrado antes.
Esa misma noche, Sauching llegó al apartamento 3801 sin aviso.
La llave giró pasadas las diez. Yougmin estaba en la cocina, calentando sobras de ramen que había preparado para sí mismo. Cuando vio a Sauching en la puerta —traje desabrochado, corbata en el bolsillo, expresión de quien ha cargado demasiado durante demasiado tiempo—, dejó el cucharón y se acercó sin decir nada.
Sauching lo tomó por la cintura y lo besó con urgencia contenida. Yougmin respondió al instante, pero esta vez no esperó a que Sauching marcara el ritmo.
Lo empujó suavemente hacia el sofá. Sauching se dejó caer sentado. Yougmin se arrodilló entre sus piernas, desabrochó el cinturón con dedos hábiles, bajó la cremallera sin prisa pero sin pausa. Sauching soltó un suspiro bajo cuando Yougmin lo liberó y lo tomó en la boca con una lentitud deliberada que contrastaba con la urgencia del día.
Sauching cerró los ojos, cabeza hacia atrás, una mano enredada en el cabello de Yougmin. No ordenó. No guió. Solo dejó que él tomara el control.
Yougmin subió despacio, besando el abdomen, el pecho, el cuello. Se sentó a horcajadas sobre él, se quitó la camiseta con un movimiento fluido. Bajó los pantalones de Sauching y los de el, lo justo. Se preparó con lubricante que ya tenía cerca —había aprendido a anticiparse— y descendió sobre él con un gemido bajo y satisfecho.
Movió las caderas en círculos lentos, profundos, apretando cada vez que subía, soltando cuando bajaba. Sauching gruñó, manos en sus caderas, pero sin forzar. Yougmin se inclinó y lo besó con pasión hambrienta, lengua explorando, dientes rozando el labio inferior.
—Déjame hacerte sentir bien… —susurró contra su boca—. Solo disfruta…
Sauching obedeció. Se dejó llevar. El estrés del día —las reuniones, la presencia de Minji— se disolvió con cada movimiento de Yougmin. Cada gemido que salía de su garganta era un olvidó.
Yougmin aceleró, montándolo con destreza, buscando el ángulo que hacía que Sauching perdiera el control. Cuando llegaron juntos, fue con un jadeo compartido, cuerpos temblando, sudor mezclándose.
Se quedaron así un rato. Yougmin apoyado en su pecho, respiraciones sincronizadas. Sauching le pasó una mano por la espalda, un gesto casi distraído.
—Gracias —murmuró Sauching, voz ronca.
Yougmin sonrió contra su piel.
—No tienes que agradecerme.
Se quedaron en silencio.