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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo IV

Madison Beckham no encajaba del todo en los salones cerrados ni en las conversaciones susurradas entre el tintineo de copas costosas. O, al menos, no solo en esos escenarios prefabricados. Aquella mañana, el café de la avenida Madison vibraba con una normalidad cuidadosamente cultivada: mármol impoluto, tazas de porcelana fina que parecían gemir bajo el peso del té, el murmullo elegante de aquellos que creían controlar su destino con agendas meticulosamente planificadas. Madison ocupaba su mesa habitual junto al ventanal, las piernas cruzadas con una naturalidad estudiada, el abrigo de cachemira color crema cayendo sobre el respaldo de la silla como si el lugar le debiera reverencia.

Ese era su territorio secular, su refugio cotidiano. Allí, no era simplemente la hija de Jeremy Beckham; era Madison, a secas. Conocida, saludada, observada con una mezcla de envidia y admiración.

—Llegas tarde, Madison —reprochó Camille, removiendo el azúcar en su taza con un gesto distraído que denotaba impaciencia—. Es un milagro que el mundo no se haya detenido en tu ausencia.

Madison esbozó una sonrisa ladeada, esa mueca franca que no imploraba perdón, sino que afirmaba su independencia.

—El mundo siempre puede esperar. Yo, en cambio, no estoy dispuesta a hacerlo.

Pidió su desayuno habitual sin siquiera echar un vistazo al menú. En su mundo, el prestigio no era sinónimo de ostentación vulgar, sino de costumbre arraigada. El refinamiento no se manifestaba en un silencio sumiso, sino en la libertad de elegir. Madison se movía entre ambos polos con una facilidad innata, un don que había heredado a regañadientes y perfeccionado a fuerza de desobediencia. Su belleza era audaz, desafiante: el cabello rubio platino cayendo en cascadas de ondas pulidas, la piel impecable que parecía irradiar luz propia, los ojos color aguamarina, siempre atentos, vivos, peligrosamente expresivos. No había ni una pizca de sumisión en su porte; lo que irradiaba era una presencia magnética que atraía todas las miradas.

—Entonces… —Camille bajó la voz, teatral, como si estuvieran a punto de revelar un secreto de estado—. ¿Es cierto lo que dicen?

Madison apoyó los codos sobre la mesa, adoptando una postura desafiante.

—Depende de a qué te refieras. Si preguntas si mi padre ha decidido venderme en matrimonio sin siquiera dignarse a consultarme, la respuesta es sí. Si preguntas si estoy encantada con la idea, entonces te diré que el infierno se congelará antes de que eso suceda.

El gesto de Camille osciló entre el asombro morboso y la curiosidad insaciable.

—Kennedy Douglas —susurró, saboreando el nombre como si fuera un manjar prohibido—. Dicen que nunca sonríe. Que es un hombre de hielo.

—Yo tampoco estoy muy sonriente cuando me utilizan como moneda de cambio —replicó Madison, sin rodeos, con una franqueza que desarmaba.

La cucharilla tintineó contra el borde de la taza, rompiendo el silencio tenso. Madison respiró hondo, tratando de controlar la furia que amenazaba con consumirla. No estaba simplemente enfadada; se sentía profundamente hastiada. Su padre había decidido que su futuro se negociaba mejor a sus espaldas, como si fuera una propiedad más en su vasto imperio. Estrategia, lo había llamado con su voz fría y calculadora. Alianza. Seguridad. Palabras grandilocuentes que servían para encubrir un acto simple y brutal: control absoluto.

—¿Y qué piensas hacer al respecto? —preguntó Camille, con los ojos muy abiertos, esperando la respuesta como quien espera un espectáculo.

Madison dirigió su mirada hacia la calle, observando el mundo que fluía a su alrededor. Un coche negro pasó lentamente, los cristales oscurecidos, emanando una presencia silenciosa pero amenazante. Incluso allí, en su refugio personal, Nueva York se filtraba a través de las rendijas, recordándole constantemente que el mundo seguía girando, implacable, sin pedir permiso.

—No lo sé —admitió, con una sinceridad desconcertante—. Pero te aseguro que no voy a fingir gratitud. No voy a ponerme un vestido blanco y sonreír como una idiota en una boda que nunca pedí.

Se levantó de la mesa con un movimiento elegante, dejando sobre ella el dinero exacto de la cuenta y colocándose el abrigo con un gesto seguro, como si se preparara para entrar en batalla. Afuera, el aire era frío pero refrescante, honesto en su crudeza. Caminó con paso firme, saludando a conocidos con una sonrisa fugaz, cruzando miradas que la reconocían por algo más que su apellido y su fortuna. Galerías de arte vanguardista, boutiques discretas que exhibían diseños exclusivos, espacios donde el lujo no gritaba, sino que susurraba al oído de los entendidos. Madison pertenecía a ese ritmo sofisticado, moderno, afilado.

El nombre de su futuro marido volvió a irrumpir en su mente sin ser invitado: Kennedy Douglas. Un hombre construido de silencios y secretos, decían. Frío como el hielo. Implacable como la muerte. Exactamente el tipo de hombre que su padre elegiría para encadenar su futuro con elegancia y crueldad.

—No me conoces en absoluto —murmuró para sí misma, con una voz apenas audible, como si pudiera proyectar sus pensamientos hacia algún punto elevado de la ciudad donde él se encontrara, observándola desde la distancia.

Y tal vez no la conocía en absoluto. Tal vez creía que ella sería dócil y sumisa, que bajaría la mirada y aprendería a callar. Madison sonrió, pero esta vez había algo más oscuro y peligroso brillando en sus ojos aguamarina. No era una simple bravuconada, sino una convicción profunda, arraigada en lo más profundo de su ser.

No era una niña obediente, dispuesta a acatar las órdenes de su padre.

No era una estrategia bien calculada que podía ser controlada con un simple movimiento de ajedrez.

Y si ese matrimonio era inevitable, si su destino estaba sellado, entonces se aseguraría de que no fuera un camino silencioso y sumiso hacia la perdición.

Madison Beckham siguió caminando por la avenida, con la ciudad reflejándose en los escaparates como un espejo distorsionado y una certeza creciendo en su interior: nadie la había consultado sobre su futuro, era cierto. Pero eso no significaba que la hubieran vencido.

Aún no.

1
Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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