Alejandro pensó que tocar fondo era encontrar a su novia "reforzando la amistad" con un pendejo del tamaño de un refrigerador. Ternurita.
En un intento patético por encontrar consuelo, este Godínez promedio -de esos que piden perdón cuando los pisan- compra un libro viejo que promete curar su corazón. ¿El resultado? No recibe terapia, sino un boleto de ida (y sin retorno) a un mundo salvaje donde su tarjeta de puntos y su buena educación no valen nada.
Ahora, Alejandro está atrapado en una tierra hostil armado con lo único que tiene: unos tenis de tela que ya pasaron de moda, cero condición física y una ansiedad galopante.
Aquí no hay señal, no hay Oxxos en cada esquina y, lamentablemente, las bestias que lo acechan no entienden de "buenos modales". Si quiere volver a la comodidad del asfalto (y a sus tacos al pastor), tendrá que aprender a sobrevivir en un lugar donde todo lo ve con cara de snack.
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CAPÍTULO 21 Ecos de neón en el agua sagrada, y el General del Vacío
El frío en los Picos Negros no era solo una cuestión de temperatura; era una presencia física, una garra de hielo que intentaba arrancarte la voluntad. Las tres guerreras —Briana, Kaia e Iris— junto a la Princesa Alizee, avanzaban por un desfiladero tan estrecho que sus monturas apenas podían pasar. El aire olía a ozono y sangre vieja, una señal de que la batalla de Bastian estaba llegando a su punto de quiebre.
—¡Allí! —gritó Kaia, señalando hacia una plataforma natural rodeada de abismos—. ¡Bastian está aguantando el último repetidor!.
Vieron al mentor de luz en el centro de un domo de energía dorada que parpadeaba peligrosamente. Bastian estaba de rodillas, con su armadura abollada y su capa hecha jirones, rodeado por una marea de sombras que golpeaban su escudo como olas contra un acantilado.
—¡No dejaré que el archivo se corrompa! —rugió Bastian, levantando su espada por última vez, aunque su brazo temblaba.
—¡No lo harás solo, viejo gruñón! —gritó Kaia, saltando de su montura con la espada negra en alto, su melena oscura ondeando como una bandera de guerra.
Iris se transformó en un borrón blanco, sus garras desprendiendo ráfagas de escarcha que congelaban el suelo bajo los pies de los monstruos, mientras Briana canalizaba una luz violeta tan pura que empezó a desintegrar a las sombras más cercanas. La Princesa Alizee lideraba el flanco derecho, sus guardias de élite moviéndose con una coordinación que solo la realeza podía comandar. La batalla en los Picos Negros acababa de subir de nivel, justo cuando, a cientos de leguas de distancia, el paisaje cambiaba drásticamente para el resto de los "Flanecitos".
El rugido que habíamos escuchado durante días se convirtió finalmente en una visión que me hizo olvidar que alguna vez fui un oficinista amargado. Las Cascadas de Cristal no eran solo agua cayendo; eran una anomalía de la física mágica. Ríos de agua luminiscente caían desde alturas imposibles, pero no lo hacían en línea recta. El agua giraba en espirales, desafiando la gravedad, rodeando pilares de cuarzo transparente que flotaban en el aire.
Arcoíris permanentes se cruzaban entre las caídas de agua, creando puentes de luz sólida por los que caminaban criaturas que parecían sacadas de un sueño de ácido: ciervos con astas de cristal que cambiaban de color según su ánimo y garzas de cuatro alas que dejaban estelas de purpurina plateada al volar.
—¡Cámara! —exclamé, deteniéndome en la orilla de la laguna principal—. Si esto no tiene un filtro de Instagram integrado, no sé qué lo tiene.
Memo, el pequeño hipogrifo plateado, graznó emocionado en mi hombro, frotando su pico contra mi cuello, mientras Ringo y Caeris se bajaban de sus posiciones, todavía discutiendo por alguna nimiedad de la ruta.
—¡Por fin! —gritó Ringo, sacudiéndose el lodo—. Siento que mis patas ya tienen vida propia y están pidiendo el divorcio. Alejandro, si este lugar es tan mágico como dicen, espero que el buffet sea de primera clase.
De entre la bruma de una de las caídas de agua, surgió una figura que nos dejó mudos. Al principio pensé que era la Reina Lirina, pero conforme se acercaba, la diferencia era abismal. Era una hada, pero su tamaño era el de una mujer humana de gran estatura, con una piel que parecía hecha de luz de luna y una melena de cabellos irisados que le llegaba hasta las rodillas. Sus alas no eran de vitral como las de su hermana, sino de una seda traslúcida que emitía un calor reconfortante.
Vestía una túnica de gasa que apenas ocultaba unas curvas que hacían que las de Iris parecieran un boceto. Tenía una mirada llena de una inocencia casi infantil, pero la potencia de su aura era tan fuerte que el tatuaje del león en mi brazo empezó a vibrar sin que yo hiciera nada.
—Soy Elara, guardiana de las aguas y hermana de Lirina —dijo con una voz que sonaba como el tintineo de copas de cristal—. El Sabio me dijo que el "Chilango" llegaría con hambre de poder y un corazón lleno de ruidos extraños.
—Mucho gusto, Elara. Soy Alejandro —dije, tratando de no babear—. Vengo por el entrenamiento final. El enano Gromm me dijo que aquí completaría mi transición.
—Gromm te dio el acero, yo te daré la esencia —respondió ella, acercándose tanto que pude oler el jazmín y la tormenta en su piel—. Pero primero, quítate esa ropa humana que te estorba. El Maná no fluye a través del algodón barato.
Me quité la playera, dejando al descubierto mi torso musculoso, con los abdominales definidos y los tatuajes resaltando bajo la luz mística de las cascadas. Elara pasó una mano suave por mi pecho, y sentí una descarga eléctrica que no venía de mi mangual. Había una sensualidad natural en ella, una falta de presunción que la hacía mil veces más atractiva que su hermana.
—Empecemos —dijo, sonriendo—. Necesito que te concentres. Pon ese ruido que te motiva.
Saqué mi celular. La señal aquí era una locura, casi como si las cascadas fueran antenas gigantes. Busqué en mi playlist y seleccioné "Flashback" de Calvin Harris. Los primeros beats electrónicos empezaron a retumbar, y gracias a la magia de amplificación rúnica que había aprendido en Vado Alto, el sonido se expandió por toda la cuenca de las cascadas, creando un escenario de festival de neón en medio de la naturaleza virgen.
—¡Eso es, flan! ¡Súbele al volumen! —gritó Ringo, empezando a boxear contra el aire al ritmo del beat—. ¡Esta rola me hace sentir que puedo noquear a un dragón de un puro susto!.
El entrenamiento con Elara fue una mezcla de meditación trascendental y combate de alta intensidad. Ella se movía con una fluidez que me obligaba a usar el mangual "Relámpago" no solo con fuerza, sino con ritmo. Me enseñó a no solo lanzar golpes, sino a sentir la electricidad como una extensión de mi sistema nervioso.
Bajo el sol de la tarde y al ritmo de la música electrónica, mi concentración alcanzó un nivel nuevo. Ya no pensaba en Diana, ni en el "refrigerador", ni en mi oficina. Solo existía la misión: salvar este mundo que se había convertido en mi hogar. Mi musculatura se tensaba con cada giro del mangual, y por primera vez, sentí que el Maná y yo éramos un solo proceso.
De repente, la música se distorsionó. Cuatro Acechadores de Podredumbre emergieron de las sombras de las rocas, siseando con una furia renovada.
—¡Cámara, dejen que yo me encargo! —dije, sintiendo una confianza que antes no tenía.
Hice girar el mangual. Con una facilidad que me asustó a mí mismo, conecté cuatro golpes precisos. La electricidad azul estalló cuatro veces, desintegrando a los monstruos antes de que pudieran dar un paso. Guardé el arma con un gesto sobrado, pensando que por fin estaba listo para el final del juego.
—Eso fue demasiado fácil —comentó Caeris, desenfundando sus dagas gemelas con una mirada sombría—. Y cuando las cosas son fáciles en este mundo, es porque algo horrible está por pasar.
Tenía razón. El suelo tembló y el agua de las cascadas se volvió negra como el petróleo. De un portal de sombra masivo, surgió una figura imponente. Era el General Krall, uno de los comandantes directos del Rey Sombra. Vestía una armadura de placas de vacío que parecía absorber la luz a su alrededor, y en su mano derecha sostenía una guadaña de energía oscura que emitía un zumbido de muerte.
—Así que tú eres el archivo que tanto protege la tortuga —dijo Krall con una voz que parecía venir del fondo de un pozo—. El Rey Sombra quiere tu código, Chilango. Y yo voy a extraértelo pieza por pieza.
El combate fue feroz. Krall era más rápido de lo que su tamaño sugería. Mi martillo "Rompe-Sistemas" chocaba contra su guadaña, soltando chispas de Maná que quemaban el suelo. Caeris se movía como un rayo, intentando encontrar un hueco en la armadura del General, pero las placas de vacío repelían sus dagas como si fueran juguetes. Memo se lanzó desde el cielo, intentando cegar al General con sus garras de plata, pero Krall lo apartó de un golpe de energía que mandó al pequeño hipogrifo a estrellarse contra una roca.
—¡MEMO! —grité, sintiendo una furia ciega.
Intenté usar el mangual para atrapar su guadaña, pero el General me conectó una patada en el pecho que me mandó a volar diez metros, dejándome sin aire. Vi cómo se acercaba a Ringo, que estaba intentando proteger al hipogrifo herido.
Ringo se puso en guardia, usando su boxeo primitivo, pero Krall era demasiado para él. El General levantó la guadaña para un tajo descendente que iba a partir al mono por la mitad.
En ese microsegundo, algo hizo clic en mi cabeza. Me di cuenta de por qué mis compañeros conocían mis referencias: yo era el servidor, y ellos eran mis terminales. Podía compartir no solo palabras, sino habilidades grabadas en mi subconsciente.
Me concentré con una intensidad que hizo que mis tatuajes emitieran un calor insoportable. Visualicé las peleas de Mike Tyson y del Canelo que tanto había visto en la tele, la técnica del movimiento de pies, el balanceo del torso, el "counter-punch" perfecto.
—¡RINGO, AHORA! —rugí.
No le hablé con palabras; le inyecté el conocimiento directamente al cerebro a través de nuestro vínculo. Ringo, de repente, dejó de moverse como un mono asustado. Su torso empezó a oscilar en un movimiento de "peek-a-boo" perfecto. Cuando la guadaña de Krall descendió, Ringo se deslizó hacia la izquierda con una agilidad técnica asombrosa, dejando que el arma pasara a milímetros de su oreja.
Antes de que Krall pudiera reaccionar, Ringo conectó un "uppercut" de derecha que traía toda la técnica de un boxeador profesional, imbuido con una chispa de Maná dorado que yo le había transferido. El golpe le levantó el casco al General, dejándolo aturdido.
Aproveché la apertura. Me levanté, expandiendo el martillo al máximo tamaño posible y cargándolo con toda la electricidad del mangual en un combo que ni Gromm habría imaginado.
—¡ESTO ES POR MI EQUIPO! —grité, descargando el golpe final contra el pecho del General.
La explosión de luz dorada y azul fue tan grande que las aguas de las cascadas se detuvieron por un segundo. Cuando el humo se disipó, el General Krall se había disuelto en un montón de ceniza negra, y su guadaña se había hecho añicos.
Me desplomé en el suelo, completamente agotado. Mis músculos temblaban y sentía que mi reserva de Maná estaba en números rojos. Elara se acercó corriendo, arrodillándose a mi lado y rodeándome con sus alas calientes para curar mis heridas más graves.
—Lo lograste, Alejandro —susurró, y esta vez su mirada no tenía inocencia, sino un respeto profundo—. Has compartido tu ser para salvar a los tuyos. Eso es la verdadera magia de este mundo.
Ringo se acercó, todavía moviendo los hombros como si estuviera en el ring.
—¡No mames, flan! ¡¿Viste eso?! ¡Sentí que mis manos pesaban diez kilos y se movían solas! ¡Esa técnica de "morder orejas" y esquivar estuvo de lujo! ¡Soy el campeón de las Tierras Salvajes!.
Caeris ayudó a Memo a levantarse, el hipogrifo estaba un poco aturdido pero a salvo.
—Apenas pudimos con un General, Alejandro. Y hay más de ellos. El Rey Sombra no va a mandar a cuatro acechadores la próxima vez.
Miré hacia el cielo, donde las lunas gemelas empezaban a aparecer. Sabía que Caeris tenía razón. La victoria había sido por un pelo, y mi cuerpo me recordaba que todavía tenía un largo camino por recorrer. Pero mientras escuchaba el eco de la música de mi mundo mezclándose con el rugido de las cascadas, supe que el Chilango ya no estaba solo peleando por su vida, sino por el futuro de una familia que valía más que cualquier pasado que hubiera dejado atrás.