"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 8
La culpa tiene un sabor metálico, como si estuvieras masticando una moneda vieja. Se te instala en la base de la lengua y te impide saborear cualquier otra cosa. Esa mañana, mientras el sol de la tarde empezaba a teñir de naranja las paredes de mi cuarto, la culpa era mi única compañía. Me sentía como una intrusa en mi propia piel, una versión de Elena que mis padres no reconocerían y que Sofía, si supiera la verdad, despreciaría.
—¡Elena! ¿Estás ahí dentro? ¡Abre, que traigo chismes!
La voz de Sofía, siempre brillante y llena de una energía que yo había perdido en el accidente, retumbó contra la madera de mi puerta. Me incorporé en la cama de un salto, alisándome el jersey y tratando de borrar de mi cara la expresión de haber estado recordando, paso a paso, el tacto de Julián bajo la mesa del desayuno.
—Pasa, Sofi. Está abierto —dije, forzando una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara.
Sofía entró como un torbellino, dejándose caer en los pies de mi cama. Traía dos tazas de chocolate caliente y esa mirada de complicidad que siempre compartíamos desde los diez años. Pero hoy, esa mirada me quemaba.
—Mamá dice que sigues un poco pálida, pero yo creo que es solo que este aire de "chica de ciudad en desgracia" te queda demasiado bien —bromeó, dándome una taza—. Oye, hablando en serio... tenemos que hablar de hombres.
Casi me atraganto con el primer sorbo de chocolate. El corazón me dio un vuelco tan violento que temí que ella pudiera oírlo.
—¿Hombres? ¿A qué te referís? —pregunté, intentando sonar casual.
—A que he notado que hay una vibración rara en esta casa. Y no me mires así, Elen, que nos conocemos desde que usábamos pañales. Te he visto distraída, mirando a la nada, y a veces te pones roja sin motivo. ¿Hay alguien? ¿Algún chico de la facultad que te esté escribiendo? ¿O es alguien de antes de... ya sabes, el accidente?
Me quedé helada. La ironía era tan cruel que casi me daban ganas de reír a carcajadas. El "chico" estaba a menos de tres metros, probablemente escuchando a través de la pared, riéndose de mi agonía.
—No hay nadie, Sofi. En serio. Con todo lo que ha pasado, el amor es lo último en mi lista de prioridades —mentí. Y cada palabra se sentía como una puñalada a nuestra amistad.
Sofía suspiró, revolviendo su chocolate con una cuchara.
—Bueno, es una pena. Porque yo sí tengo algo que contarte. Es sobre Julián.
El nombre de su hermano cayó entre nosotras como una granada. Mis dedos se apretaron alrededor de la taza caliente hasta que me dolieron los nudillos.
—¿Qué pasa con él? —pregunté, tratando de mantener mi voz en un tono neutro.
—Está rarísimo, Elena. Desde que volvió, siempre ha sido un poco... ya sabes, misterioso y arrogante. Es el arquitecto estrella, el hijo pródigo. Pero últimamente está insoportable. Ayer le pregunté si le pasaba algo y casi me muerde la cabeza. Y hoy en el desayuno... ¿viste cómo te miraba? Me dio miedo que te fuera a saltar encima por una mala contestación.
—Es solo que... se preocupa por mí, supongo —balbuceé, sintiendo que el sudor frío empezaba a perlar mi nuca.
—No lo sé. Julián no es de los que se "preocupan" así por la gente. Él es más de marcar territorio. Papá dice que está bajo mucho estrés por el proyecto nuevo, pero yo creo que hay una mujer. Lo conozco. Tiene esa mirada de estar cazando algo. Pobre de la chica que caiga en sus redes, Julián no es un hombre fácil. Es posesivo, controlador... y un seductor profesional.
Escuchar la descripción de Julián desde la boca de su propia hermana fue como ver una radiografía de mi propio desastre. Sofía lo veía como un peligro; yo lo veía como mi único oxígeno.
—Sofi... ¿tú te enfadarías si yo... si yo empezara a salir con alguien que no te gusta? —pregunté, dejando la taza en la mesilla. Necesitaba tantear el terreno, aunque el terreno fuera un campo de minas.
Sofía se quedó pensativa un momento.
—Depende de quién sea, Elen. Tú eres mi hermana. Solo quiero que seas feliz, especialmente ahora. Pero si fuera un idiota que te va a hacer daño, claro que me enfadaría. ¿Por qué lo preguntas? ¿De verdad hay alguien?
—Es solo una suposición. A veces siento que mi vida es una fantasía real, como si estuviera viviendo una historia que no me pertenece. Me da miedo que si lo que deseo se vuelve real, todo lo demás se rompa.
Sofía se acercó y me abrazó. Fue un abrazo puro, lleno de un amor fraternal que me hizo sentir la peor persona del planeta.
—Nada se va a romper entre nosotras, Elena. Eres mi familia. Pase lo que pase, siempre voy a estar de tu parte.
"Incluso si el hombre que deseo es tu hermano", pensé, sintiendo que las lágrimas empezaban a picarme en los ojos.
Cuando Sofía finalmente se fue, dejándome a solas con mi chocolate frío y mi conciencia destrozada, me quedé mirando la puerta cerrada. La lealtad a mi mejor amiga era una cuerda que se estaba tensando demasiado. Sabía que cada beso con Julián, cada roce bajo la mesa, cada mirada compartida en el pasillo, era un paso más hacia la destrucción de la única familia que me quedaba.
Pero entonces, oí un ruido.
No fue en la pared. Fue en mi ventana.
Me levanté y descorrí la cortina. Julián estaba en su balcón, apoyado en la barandilla, fumando uno de sus cigarrillos. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas y los primeros botones abiertos. Al verme, soltó el humo con una lentitud exasperante y me dedicó una sonrisa que no tenía nada de fraternal.
Abrí la ventana, dejando que el aire frío de la tarde entrara en la habitación.
—Ha estado aquí mucho tiempo, ¿no? —preguntó él, su voz viajando fácilmente por el espacio que nos separaba.
—Es mi mejor amiga, Julián. Estábamos hablando de ti.
—Me lo imagino. Sofía siempre ha tenido una lengua muy larga. ¿Te ha advertido sobre mí? ¿Te ha dicho que soy un monstruo posesivo?
—Me ha dicho que eres peligroso. Y creo que tiene razón.
Julián tiró el cigarrillo al suelo y se acercó al borde de su balcón. La distancia era corta, pero el abismo moral era infinito.
—El peligro es relativo, Elena. Para ti, el peligro es sentir que estás viva de nuevo. El peligro es darte cuenta de que tu "mejor amiga" no sabe nada de la mujer que se esconde bajo ese jersey de lana.
—Ella me quiere, Julián. Y yo la quiero a ella. Esto que estamos haciendo... la va a destrozar.
Julián saltó a mi balcón con una agilidad que me hizo retroceder un paso. Entró en mi habitación sin ser invitado, cerrando la ventana tras de sí. La atmósfera en el cuarto cambió al instante; el aire se volvió pesado, saturado de su presencia.
—Sofía sobrevivirá —dijo él, acortando la distancia entre nosotros hasta que sentí el calor de su cuerpo—. Lo que ella no entiende es que tú no eres su muñeca, ni su proyecto de caridad. Eres mía. Y lo eres desde mucho antes de que te mudaras a esta casa.
Me tomó por la nuca, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran oscuros, implacables.
—Deja de buscar excusas en ella, Elena. El secreto de tu mejor amiga no es que yo sea peligroso. El secreto es que tú me amas exactamente por eso. Porque soy el único que se atreve a tocarte cuando el resto del mundo te trata como si fueras de cristal.
Me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento. Fue un beso de castigo y de reclamo. En ese momento, en la penumbra de mi cuarto, la voz de Sofía se convirtió en un eco lejano, casi inaudible. La fantasía real estaba ganando la partida, y yo, aterrada y excitada a partes iguales, estaba dejando que ocurriera.
Julián se separó apenas unos milímetros, sus labios rozando los míos mientras hablaba.
—Esta noche, cuando todos duerman... deja la puerta sin el pestillo. Voy a enseñarte por qué tu amiga tiene razón al tenerme miedo.
Salió por la ventana tan rápido como había entrado, dejándome temblando en medio de la habitación. El secreto ya no era solo mío; era una bomba de tiempo que latía en el centro de la casa de los Martínez.