En el corazón de un pueblo olvidado donde la guerra es el único idioma que se habla, Isaí, una joven doctora de 23 años, lucha cada día por arrebatarle vidas a la muerte. Su mundo de batas blancas y juramentos éticos se tambalea cuando conoce a Antonio, un guerrillero marcado por la pólvora cuya sola presencia es una sentencia de peligro.
Lo que comienza como una cura clandestina se transforma en un romance prohibido que desafía toda lógica. Sin embargo, en un lugar donde la lealtad se paga con sangre, el amor es un lujo mortal. Convencido de que su cercanía es la mayor amenaza para la mujer que ama, pero el reto y desafío más grande que enfrentar es un inesperado embarazo que sirve de ruleta a huir dejando a atrás los sueños por amor no es la Cura al olvido.
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Capítulo 9: El juego de las sombras
El crujido de una rama seca a menos de diez metros hizo que el corazón de Antonio golpeara contra sus costillas como un animal enjaulado. Se agazapó tras un tronco de ceiba, fundiéndose con la oscuridad del monte. A pocos pasos, la silueta de Eliécer se recortaba contra la luz de la luna, sosteniendo su fusil con la naturalidad de quien lleva una extensión de su propio brazo.
Eliécer no se movía. Olfateaba el aire, como un sabueso cazador, escudriñando el alrededor del consultorio de Isaí desde la linde del bosque. Su sospecha era un veneno lento; sabía que Antonio no estaba en su puesto, pero necesitaba la prueba física del pecado.
Antonio comprendió que si regresaba al campamento después que él, estaba muerto. Debía adelantarse. Con una audacia nacida de la desesperación, se quitó la bota derecha y la lanzó con fuerza hacia un matorral en dirección opuesta, hacia el río.
El ruido fue sordo, pero suficiente. Eliécer giró el cañón de su arma hacia el sonido, sus ojos brillando con malicia.
—¿Quién anda ahí? —gruñó Eliécer, avanzando con cautela hacia el follaje.
Fue el segundo exacto que Antonio necesitaba. Rodeó el perímetro con la velocidad de un rayo, cortando camino por un desfiladero peligroso que nadie usaba de noche. Llegó al límite del campamento jadeando, con la ropa desgarrada por las espinas, y se dejó caer en su hamaca justo cuando los primeros rayos de luz empezaban a clarear el cielo.
Minutos después, Eliécer entró al campamento, con el rostro contraído por la frustración. Se acercó directamente a la posición de Antonio, encontrándolo aparentemente sumido en un sueño profundo, con el fusil abrazado al pecho.
—Te perdí el rastro en la patrulla, Antonio —soltó Eliécer, pateando el poste de la hamaca para despertarlo—. ¿Dónde carajos te metiste?
Antonio abrió un ojo, fingiendo una modorra irritada que ocultaba el temblor de sus manos.
—Me quedé dormido junto a la quebrada, Eliécer. El turno doble de ayer me tiene frito. Si quieres reportarme por flojo, hazlo, pero deja de joder, de igual ah que le debes tú perdida de tiempo haciendo situaciones con mi vida.
No solo no te encontraba respondió Eliécer, mientras lo observó en silencio, buscando una mancha de barro fresca, una mirada esquiva, cualquier rastro del perfume de la doctora. Pero el engaño de Antonio fue impecable; su rostro era una máscara de piedra. Al no encontrar nada que confirmara sus dudas, el guerrillero escupió al suelo y se alejó mascullando insultos.
La sospecha quedó en el aire, suspendida como una neblina densa, pero por ahora, el peligro inmediato se había disipado. Antonio cerró los ojos de verdad, con un ligero suspiro de alivio, sintiendo el peso de la mentira. Había ganado una batalla de nervios, pero sabía que Eliécer volvería a vigilarlo.
Mientras tanto, en el pueblo, Isaí permanecía despierta frente a la ventana abierta, procesando la confesión de Antonio. La traición no había sido hacia ella, sino hacia la guerra para salvarla. Ahora, el silencio que antes le dolía, se convertía en un lazo invisible que los unía más que nunca, pero que los condenaba a vivir en una tregua que pendía de un hilo.