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Deseo Prohibido

Deseo Prohibido

Status: En proceso
Genre:Romance / Yaoi / CEO / Viaje a un juego / Romance oscuro / Completas
Popularitas:814
Nilai: 5
nombre de autor: Morgh5

Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.

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Capítulo 4

La comida ya se acercaba al final. Solo quedaban algunos trozos de cordero en el plato, el vino ahora ocupando más espacio en la copa de lo que la conversación ocupaba entre ellos. El ruido del salón parecía distante, amortiguado por la tensión que se acumulaba en la mesa.

Gonzalo apoyó los cubiertos con cuidado y se limpió la boca con la servilleta antes de hablar, como si eligiera el momento exacto.

— Recibí una llamada esta mañana —comenzó—. Un posible cliente demostró un interés real en nuestro vino. Más que eso… quiere conocer la finca personalmente.

Diego levantó la mirada, desconfiado.

— ¿Visita técnica? —preguntó, cortante.

— No solo eso —respondió Gonzalo—. Quiere ver las uvas en la cepa, el suelo, el proceso. Quiere sentir de dónde viene el vino antes de firmar nada.

Diego soltó un leve suspiro, cruzando los brazos.

— Eso no suele ser necesario.

— Para este tipo de contrato, sí —replicó Gonzalo, sin alterar el tono—. Estamos hablando de alguien que compra en volumen, que elige con cuidado. Personas así no cierran negocios solo con números y presentaciones.

Hubo una breve pausa antes de que Gonzalo concluyera:

— Y es exactamente por eso que esta visita importa. No es curiosidad. Es decisión.

Diego interrumpió el movimiento del cuchillo. Levantó los ojos, la expresión cerrada.

— No puedo —respondió de inmediato—. Tengo mucho trabajo acumulado. Reuniones, contratos… no puedo simplemente desaparecer por un día entero.

Gonzalo mantuvo la mirada firme, impasible. La voz llegó baja, pero tajante.

— No has entendido bien —dijo—. No estoy sugiriendo.

Hizo una breve pausa, suficiente para marcar el peso de la frase siguiente.

— Estoy ordenando.

El silencio que siguió fue absoluto. Diego apretó los cubiertos con fuerza contenida, mientras Gonzalo se reclinaba en la silla, seguro de que aquella decisión no estaba abierta a negociación.

Para no transformar el momento en una escena mayor, Diego hizo lo que siempre hacía cuando no quería discutir. Sacó la cartera, retiró algunos billetes y los dejó sobre la mesa con un gesto seco, casi brusco. La silla raspó levemente en el suelo cuando él se levantó.

— Después hablamos —dijo, sin mirar al padre.

Gonzalo no respondió. Solo observó, el rostro impasible, mientras el hijo se alejaba entre las mesas del restaurante.

Del lado de afuera, el aire parecía más frío. Diego atravesó la acera con pasos rápidos, entró en el coche y arrancó sin mirar atrás. En el trayecto, mantuvo la radio apagada. El silencio era la única cosa que conseguía tolerar en aquel momento.

En vez de volver a la empresa o a su apartamento, cambió el camino casi por instinto. Siguió directo al apartamento de Gina —alguien que no hacía preguntas, no cobraba explicaciones, no exigía nada además de presencia—. Un refugio conveniente, construido justamente para días como aquel.

Al estacionar frente al edificio, Diego apagó el motor y respiró hondo. Allí, al menos por algunas horas, él sabía que no necesitaría ser hijo, heredero o ejecutivo. Apenas alguien intentando escapar del peso que cargaba.

Diego entró en el apartamento sin decir una palabra, solo comenzó a desvestirse hasta que no quedó ninguna prenda de tela en su cuerpo, sus ojos brillando con un deseo salvaje. Cuando Gina osó abrir la boca fue silenciada con un beso duro y exigente, sus manos agarraron su delicado rostro con fuerza. Él la empujó contra la pared, su boca devorando la de ella mientras sus manos exploraban su cuerpo con urgencia. Gina pudo sentir la dureza de su pene contra ella, y un escalofrío de excitación recorrió su espina dorsal. Diego la agarró por las caderas volteándola bruscamente y empujándola en dirección al cuarto, él la tiró en la cama, y ella cayó dejando escapar un gemido entre sus labios.

–– Ah... el condón está en el cajón — él solo estira el brazo y alcanza la caja de preservativos, rasgando el empaque en los dientes, deslizándola sobre su pene que llega a palpitar de tanto que está duro

Diego se posicionó entre sus piernas, sus manos prendieron las muñecas de ella arriba de su cabeza mientras la besaba nuevamente, sus dientes mordiendo sus labios inferiores hasta que ella sintió el sabor metálico de la sangre. Con movimientos rápidos y bruscos, Diego quitó la camisola de Gina, volteándola boca abajo y solo con un tirón rasgó la braga de tela fina dejando su camino totalmente libre, como una buena perra, ella inclina su cuerpo de modo que su trasero quede totalmente expuesto a él. Diego aún ni siquiera había comenzado y la lubricación ya se escurría de tanto era el tamaño de ser follada por él

Sin aviso, con un movimiento rápido y agresivo Diego la penetra, llenándola completamente. Gina se arqueó contra él, gimiendo alto. Él comenzó a moverse con embestidas rápidas y profundas, sus dedos clavándose en sus caderas mientras la mantenía en el lugar. El sonido de sus cuerpos chocando hacía eco en el cuarto, junto con los gemidos y gruñidos de placer. Diego aceleró el ritmo, sus movimientos se volvieron más salvajes y menos controlados. Él enrolló el cabello de ella alrededor de su mano, inclinando su cabeza hacia atrás mientras se inclinaba sobre ella, mordiendo su hombro. Gina sintió cada arremetida, su cuerpo siendo dominado por él. El placer era intenso y casi doloroso, y ella se dejaba llevar, sus gemidos se volvían más altos y urgentes. Diego, sintiéndola acercarse al clímax aumentó la velocidad, sus movimientos se volvieron casi frenéticos. Con una última embestida profunda, él alcanzó su propio clímax, su cuerpo se tensionó mientras se venía. Gina también se vino luego enseguida, su cuerpo convulsionando con ondas de placer. Ellos se encontraron así por un momento, jadeantes y con más hambre uno del otro. Diego, toma otro condón y extiende para que esta vez Gina lo coloque. Acostada en la cama ella viene por encima y va descendiendo despacio, pero Diego parece estar con prisa él sujeta su cadera con firmeza, guiándola en un ritmo bruto de subidas y descensos. Sus movimientos eran rápidos y precisos, y Gina se movía de acuerdo.

Diego se inclinó hacia adelante, sus dientes encontrando la piel suave de su cuello. Él mordió con fuerza, causando un gemido de dolor que escapó de los labios de Gina, sus manos y boca explorando cada centímetro de su cuerpo, sus manos pasean por el seno ajeno parando en uno de los pezones endurecidos que luego estaban recibiendo mordiscos y chupadas, sus manos moviéndose para sujetar su cintura con más fuerza. Gina sintió el placer aumentar, su cuerpo respondiendo a las demandas de él. Diego gruñó de satisfacción, sus dientes mordiendo y jalando la piel de sus senos, dejando marcas rojas. Con un movimiento súbito, Diego la tira en el colchón poniéndola de lado, moviéndose con más fuerza y velocidad que dejaba sin aliento, cada arremetida más profunda que la anterior. Gina se agarró a las sábanas, sus gemidos se mezclaron con los gruñidos de placer de Diego. Sus dedos encuentran su clítoris, acariciando y presionando en el ritmo de sus embestidas. Gina siente el nuevo clímax acercándose, su cuerpo tiembla con la intensidad del placer. Diego, percibiendo aumenta la velocidad, con una última embestida él alcanzó el clímax, su cuerpo se tensionó mientras se venía dentro de ella.

Después de algunos minutos...

El cuarto estaba en silencio, quebrado apenas por la respiración aún descompasada de los dos. Diego permanecía acostado de espaldas, el pecho subiendo y descendiendo lentamente, los ojos fijos en el techo como si organizara los propios pensamientos. Al lado de él, Gina mantenía los ojos semicerrados, el cuerpo entregado al colchón, sintiendo el cansancio bueno que dejaba los músculos pesados.

Por algunos minutos, ninguno de los dos dijo nada. El tiempo parecía suspendido en aquel intervalo en que el mundo allá afuera no importaba. Diego fue el primero en moverse. Pasó la mano por el rostro, se sentó en el borde de la cama y respiró hondo, como quien retorna a la realidad.

Se levantó sin prisa y siguió para la sala, recogiendo las ropas esparcidas por el camino. El sonido distante de la ducha siendo encendida luego llenó el apartamento. El agua era una tentativa de aclarar la mente, de enfriar los pensamientos que insistían en quedarse.

Gina continuó donde estaba. No por elección, pero porque el cuerpo simplemente no respondía. Estiró un poco las piernas, volteó el rostro para la almohada y dejó escapar una sonrisa cansada. Se quedó allí, inmóvil, oyendo el ruido del agua al fondo, sintiendo el peso agradable del cansancio y aprovechando aquellos minutos en que levantarse parecía imposible.

Después del baño, Diego siguió directo para la sala. El vapor aún parecía pegado a la piel mientras él abotonaba el último botón de la camisa social, y se sentaba para calzar los zapatos. Sus movimientos eran prácticos, casi automáticos, como si ya estuviera con la mente distante de allí.

Gina apareció en el corredor, envuelta apenas en la sábana que arrastraba levemente por el suelo. El cabello aún desordenado y el cansancio en el cuerpo le daban a ella un aire frágil.

— ¿No puedes quedarte un ratito más? —preguntó, la voz baja, más un pedido que una pregunta.

Diego se levantó despacio, evitando prolongar el momento. Toma el saco encima del brazo del sofá y va hasta ella depositando un beso en su cabeza antes de hablar.

— No puedo —respondió con firmeza contenida—. Necesito volver al trabajo.

Ella asintió en silencio, apoyándose al marco de la puerta. Él caminó hasta la salida, abrió la puerta y, antes de irse, lanzó una última mirada rápida para atrás.

La puerta se cerró luego enseguida, dejando el apartamento en silencio. Gina permaneció allí por algunos segundos, después volvió para el cuarto, sintiendo el peso del cuerpo y del vacío que quedaba cuando él partía.

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