No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capítulo 8
—¿Oh? ¡Aquí estás! ¿Dónde te habías metido? —preguntó Eliot al ver entrar a Edward en la habitación.
No hubo respuesta.
Edward pasó a su lado sin mirarlo siquiera. Su expresión era sombría, más tensa de lo habitual. Se dirigió directamente al baño y cerró la puerta con un golpe seco que dejó a Eliot desconcertado al otro lado.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó, apoyando la mano en la puerta.
Dentro, Edward se dejó caer contra el suelo frío. Su respiración era irregular. Sudaba, pero su piel estaba helada y pálida.
—Maldición… —murmuró entre dientes.
La herida del brazo ardía, sí, pero no era aquello lo que lo estaba debilitando. El entrenamiento con espada real había sido un error desde el principio. No por la rudeza del combate, sino porque su cuerpo no estaba en condiciones.
El veneno.
En su familia era tradición. Una práctica oscura y estrictamente prohibida: dosis controladas desde la adolescencia para desarrollar resistencia, fortaleza, tolerancia al dolor. Aquella mañana, sin embargo, había recibido más de lo debido.
El efecto aún recorría su sangre.
Le temblaban los dedos.
Alzó el brazo y observó la sutura. Limpia. Precisa. Mejor de lo que había esperado.
—Haa… —exhaló, con una expresión difícil de descifrar.
Había sido descuidado, y alguien lo había visto en un estado vulnerable.
— Arya Rosenfeld. ¿Por qué justamente debió ser ella?— pensó Edward.
A la mañana siguiente, el aire estaba más frío de lo habitual en el patio lateral de la academia.
Arya se había apartado unos minutos durante el recreo. Necesitaba ordenar sus pensamientos. El día anterior había sido demasiado.
Se encontraba sola bajo la galería cubierta cuando una sombra se proyectó suavemente sobre el suelo frente a ella.
—Pensé que te encontraría aquí.
Arya alzó la vista.
August.
No había nadie alrededor. El corredor estaba vacío; el murmullo de los demás estudiantes se escuchaba a la distancia. Él había elegido bien el momento.
—Buenos días —dijo ella, manteniendo la compostura.
August sostuvo algo entre las manos. Un libro encuadernado en cuero oscuro, de bordes dorados y lomo grueso.
—Quería darte esto.
Arya frunció ligeramente el ceño al reconocer el título grabado en letras finas.
Un compendio médico avanzado. Uno de los más completos y costosos. Difícil de conseguir incluso fuera de la academia, e imposible de adquirir para ella.
Lo miró con sorpresa.
—No puedo aceptar esto —respondió casi de inmediato.
—Es un regalo —replicó él con calma.
—Es demasiado.
August negó suavemente con la cabeza.
—No lo es. Estoy agradecido por la atención que me brindaste.
Arya sintió un leve rubor ascender por su cuello.
—Eso fue mi deber.
—No —corrigió él con una leve sonrisa—. Fue tu vocación.
El silencio se instaló entre ambos, pero no era incómodo. August no intentaba acercarse más de lo necesario. No invadía su espacio. Solo sostenía el libro, esperándola.
—Si lo rechazas, sería descortés —añadió él con suavidad—. Y no me gustaría pensar que desprecias mi gratitud.
Arya lo miró con una mezcla de duda y conflicto.
Sabía lo que implicaba aceptar algo así de alguien como él. Sabía lo que podrían decir si se enteraban de que él se lo dio.
Pero también sabía cuánto le serviría.
—Está bien… —cedió finalmente—. Lo aceptaré. Pero aún así, creo que es demasiado...
La sonrisa de August fue breve, contenida.
En ese momento, mientras tomaba el libro entre sus manos, Arya alzó la vista por puro reflejo.
Y lo vio.
A lo lejos, cruzando el corredor que conducía al ala menos transitada de la academia.
Edward.
Caminaba con paso firme, pero algo en su postura era extraño. Más rígida.
Por la dirección que estaba tomando, era evidente que se dirigía hacia el balcón olvidado.
Arya recordó de inmediato la herida. La falta de anestesia. Y la expresión que había visto el día anterior.
—Yo… olvidé que tenía que hacer algo importante —dijo de pronto, retrocediendo un paso.
August parpadeó, desconcertado.
—¿Ahora?
—Sí. Lo siento.
Sujetó el libro con más fuerza contra su pecho.
—Gracias… por el detalle.
Y sin esperar respuesta, se alejó con pasos apresurados.
August permaneció allí, observándola marcharse. No entendía la prisa. No había notado a Edward. Para él, aquello había sido simplemente otra retirada inesperada.
El balcón olvidado estaba envuelto en un silencio más denso de lo habitual.
Arya llegó con pasos contenidos, aún con el libro que August le había entregado apretado contra el pecho. Se detuvo apenas cruzó el umbral.
Allí estaba.
Como siempre.
Sentado en el suelo, apoyado contra la pared de piedra, una pierna extendida y la otra flexionada. La cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, los ojos cerrados.
Pero algo no estaba bien.
La rigidez de su postura no era la habitual. Su respiración era más pesada. Demasiado pesada.
Arya dejó el libro a un lado.
Edward abrió los ojos apenas un segundo después de percibir su presencia, pero no dijo nada. Solo la ignoró, como hacía siempre.
Ella dudó.
No sabía cómo hablarle. No sabía cómo cruzar esa línea invisible que ambos habían establecido desde el primer día.
Pero tampoco podía fingir que no veía lo evidente.
Se acercó.
Se agachó a su lado y comenzó a abrir su bolso. De su interior extrajo gasas, un pequeño frasco de desinfectante, vendas, un paño limpio. Aquello parecía más un botiquín improvisado que el bolso de una estudiante.
Solo entonces, sin mirarla directamente, Edward habló.
—¿Qué estás haciendo?
Arya no respondió.
Terminó de organizar lo que necesitaba y, sin previo aviso, tomó su brazo con firmeza. Levantó la manga de su camisa.
—Evitando que pierdas el brazo… y yo mi futuro —dijo con una mirada seria, casi severa.
Edward exhaló un suspiro bajo.
—Haa…
No protestó.
Arya limpió la herida con rapidez, pero con precisión. La sutura estaba intacta. No había infección visible. Sin embargo…
Frunció el ceño.
La piel estaba demasiado caliente.
No era solo fiebre por la inflamación local.
Se quedó inmóvil unos segundos, analizando.
Entonces, casi sin darse cuenta de lo que hacía, dejó la gasa a un lado y llevó ambas manos al rostro de Edward.
Él se tensó.
Arya sostuvo su cara entre sus palmas y se inclinó hasta quedar peligrosamente cerca. Sus ojos oscuros examinaban con concentración absoluta.
No había timidez. No había vergüenza.
Solo evaluación clínica.
—Mírame —ordenó en voz baja.
Edward obedeció sin comprender por qué.
Fue entonces cuando ella lo vio.
Las pupilas. Extrañamente dilatadas. La respiración irregular y un leve temblor en los músculos del cuello.
Él, en cambio, estaba desconcertado. Aquella joven distante y orgullosa estaba ahora a escasos centímetros de su rostro, sosteniéndolo con una familiaridad que ninguno de los dos había permitido e imaginado jamás.
Cuando intentó hablar, Arya lo interrumpió.
—¿Sientes dolor abdominal? ¿Dolor de cabeza… detrás de los ojos? ¿La fiebre desde cuándo? —preguntó con rapidez—. ¿Has ingerido algo… extraño?
En ese instante, la idea se formó completa en su mente.
No era solo la herida. Era intoxicación.
Edward tomó una de sus manos y la apartó de su rostro.
Su voz fue seca.
—No sé de qué estás hablando. Y no me toques tan descuidadamente.
El tono la sorprendió.
Pero antes de que pudiera responder, él tosió, y no fue una tos común.
Un hilo de sangre manchó el suelo de piedra.
Arya se congeló, no por repulsión, sino por miedo.
Sus ojos, normalmente serenos, se dilataron.
Sacó un pañuelo con manos firmes y lo llevó a su boca.
—¿Estás bien? No… no estás bien.— Se respondió a si misma.
Él interpuso una mano para detenerla, pero ella la apartó sin contemplaciones.
—A la enfermería. Ahora.
—No.
—¿Cómo que no? —Su voz se quebró de exasperación—. ¿Estás loco? Si no vienes, traeré al médico yo misma.
—Olvida lo que viste y vete de aquí.
Arya lo miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—¿Olvidar? Acabas de toser sangre frente a mí.
El silencio que siguió fue tenso.
Edward no se movería. Ella lo supo.
Se pasó una mano por el rostro con frustración y luego lo miró fijamente.
—Veneno… ¿qué tipo de veneno estás ingiriendo?
Por primera vez, la sorpresa atravesó el semblante de Edward.
No esperaba que lo dedujera. Negarlo era inútil, confesarlo, peligroso.
—No es tu problema —respondió con frialdad.
Arya sostuvo su mirada.
—Tienes razón. No lo es. Pero como alguien que aspira a ser médico… no puedo ignorar esto. Si me dices qué tomaste, quizá pueda ayudarte.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
—Juro que no se lo diré a nadie —añadió en un susurro.
Él la observó unos segundos más.
Luego, finalmente, pronunció el nombre.
Un compuesto utilizado en antiguas prácticas de resistencia… altamente tóxico en dosis elevadas.
Arya palideció.
Era un milagro que estuviera consciente.
La campana sonó en la distancia. El recreo había terminado.
Arya retiró lentamente las manos.
—Deberías regresar a tu habitación —dijo con firmeza—. Y no vuelvas a ingerir eso. No en este estado. Tu cuerpo no lo soportará.
Se puso de pie, recogió sus cosas, por un instante dudó. Luego se marchó.
Edward permaneció sentado, observando el espacio vacío que ella había ocupado segundos antes.
Una risa baja, extraña, escapó de sus labios.
Cuando Arya entró al aula, su expresión no era la habitual.
Estaba pálida, más seria.
Annie se inclinó hacia ella.
—¿Te pasa algo? ¿Estás bien?
—Sí… sí, estoy bien —balbuceó.
No lo estaba.
Entonces la puerta se abrió.
Arya levantó la vista, esperando ver al profesor, pero su respiración se detuvo, quien cruzó el umbral no fue el profesor.
Fue Edward.
Y estaba caminando como si nada hubiera ocurrido.