En un pequeño estudio, bajo el sudor y la luz tenue, comienza la historia de un grupo destinado a brillar con fuerza inigualable.
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Capítulo 20
Los años no pasan en vano para un artista. El tiempo se mide en el desgaste de las articulaciones, en las cicatrices invisibles de las cuerdas vocales y en la profundidad de las letras que escriben. Para ATEEZ, el tiempo se había convertido en un aliado y, a la vez, en un recordatorio constante de la fragilidad de la gloria. Pero había algo que el tiempo no había logrado tocar: su unión.
Habían pasado cinco años desde aquella primera gira mundial. Ahora, el grupo se encontraba en el salón de un hotel de lujo en Seúl, celebrando el fin de otra era. Ya no eran los "rookies" desesperados por atención; eran leyendas globales, artistas respetados que habían roto récords y llenado estadios que antes solo veían en sueños.
Hongjoong miraba por la ventana hacia las luces de la ciudad. Su cabello ahora era de un color sobrio, y su rostro reflejaba la madurez de un hombre que había cargado el peso de siete vidas sobre sus hombros durante media década.
—¿En qué piensas, hyung? —preguntó Jongho, acercándose con dos tazas de té. El "maknae" ya no era el niño de hombros anchos y mirada tímida; se había convertido en un vocalista cuya presencia imponía respeto en cualquier escenario del mundo.
—Pienso en que ya no nos duele el cuerpo de la misma forma que antes —dijo Hongjoong con una sonrisa melancólica—. Antes nos dolía porque no sabíamos cómo movernos. Ahora nos duele porque hemos dado todo lo que teníamos. Pero, ¿sabes qué es lo más extraño? Que no me arrepiento de ni un solo segundo de ese dolor.
Seonghwa se unió a ellos, seguido por el resto del grupo. Se sentaron en los sofás, formando ese círculo que se había vuelto sagrado para ellos. No había cámaras grabando, no había staff planeando el siguiente movimiento. Solo eran ellos ocho, con el silencio de la noche como testigo.
—¿Recuerdan el espejo roto del capítulo doce? —preguntó Yeosang de repente, haciendo que todos rieran—. El que rompimos ensayando y que prometimos arreglar.
—Nunca lo arreglamos —recordó Yunho—. Simplemente aprendimos a bailar viendo nuestro reflejo fragmentado.
—Tal vez eso fue lo que nos salvó —reflexionó San, estirando sus piernas, que aún conservaban las marcas de años de disciplina extrema—. Si el espejo hubiera sido perfecto, nos habríamos enamorado de nuestra propia imagen. Al estar roto, tuvimos que mirar más allá de la superficie. Tuvimos que mirarnos los unos a los otros para saber si estábamos en la posición correcta.
Mingi, que había pasado por momentos difíciles de salud mental a lo largo de los años, tomó la palabra con una voz pausada y profunda.
—Hubo momentos en los que pensé que no llegaría a este día. Momentos en los que el ruido de afuera era más fuerte que la música de adentro. Pero cada vez que cerraba los ojos, recordaba que ustedes me estaban esperando en el centro del escenario. Ser "eternos" no significa que el tiempo no pase, significa que, sin importar cuánto cambiemos, la esencia de lo que somos juntos no tiene fecha de caducidad.
Wooyoung, quien siempre había sido el pegamento emocional del grupo, se aclaró la garganta. Sus ojos brillaban con esa chispa traviesa que nunca se apagó.
—Mañana saldrán nuevos grupos. Habrá chicos más jóvenes, más rápidos, con coreografías más complejas. El mundo seguirá girando y quizás un día ya no llenemos estos estadios gigantes.
—Eso es ley de vida —intervino Seonghwa con suavidad.
—Lo sé —continuó Wooyoung—. Pero lo que me hace sentir eterno es saber que, si dentro de veinte años nos encontramos en una cafetería vieja, seguiremos siendo los mismos ocho idiotas que se reían por un bote de helado. Nuestra eternidad no está en los premios, está en la historia que escribimos en la piel de los demás.
El silencio que siguió fue cómodo, lleno de una paz que solo se gana tras haber sobrevivido a mil batallas juntos. Habían pasado por tours agotadores, por controversias, por lesiones, por pérdidas personales y triunfos inimaginables. Pero cada año, en lugar de desgastarse, su vínculo se había vuelto más denso, más resistente.
Se habían convertido en el refugio del otro. Cuando el mundo exigía perfección, ellos se permitían ser imperfectos entre sí. Cuando la fama intentaba aislarlos, ellos se apretaban más fuerte. Habían aprendido que el éxito es volátil, pero la hermandad es una inversión a perpetuidad.
—Hagamos un pacto —dijo Hongjoong, levantando su taza de té—. No un pacto de ídolos, sino un pacto de hermanos. Prometamos que, sin importar hacia dónde nos lleve la vida, nunca dejaremos de ser el "tesoro" del otro. Que siempre seremos los piratas que navegaron juntos por el mar más tormentoso de todos: la vida misma.
—Eternos juntos —dijeron los siete restantes, chocando sus tazas en un brindis silencioso.
Esa noche, mientras el resto del mundo dormía y las estrellas seguían su curso indiferente, ocho hombres entendieron que habían logrado algo mucho más difícil que la fama mundial. Habían logrado mantenerse humanos en una industria que intenta deshumanizarte. Habían logrado ser amigos en un entorno de competencia.
Año tras año, tour tras tour, ATEEZ no solo había crecido en números, había crecido en alma. Y mientras se retiraban a sus respectivas habitaciones, caminando por el pasillo del hotel con la misma sincronía natural de siempre, supieron que su historia no tenía final. Porque mientras uno de ellos recordara el nombre del otro, ATEEZ seguiría navegando, eterno, en el vasto océano del tiempo. Su unión no era una fase; era su destino.
Simplemente es perfecto la manera en que estos chicos se apoyan.
Solo puedo decir que el comienzo siempre resulta difícil y doloroso, aunque el mañana podría ser mejor...no conozco al grupo, pero creo que todo resulta bastante realista.
Seguir un sueño que no sabes si se hará real es bastante inquietante y a la vez perturbador.