Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.
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Capítulo 1: El que quedó atrás
La noche había caído pesada sobre el campamento. El fuego crepitaba bajo, cansado, igual que ellos. Ren se dejó caer sobre una roca, la espalda ardiéndole, los brazos temblándole todavía por el esfuerzo. Tenía la túnica manchada de barro y sangre ajena. Había gastado hasta la última gota de maná para mantenerlos en pie en esa mazmorra.
Nadie le dijo nada.
El guerrero afilaba su espada. La maga revisaba su grimorio, murmurando quejas en voz baja. El asesino limpiaba sus dagas con un trapo, sin mirarlo. La santa aprendiz se apartó unos pasos, como si el cansancio de Ren fuera algo que pudiera contagiarse.
Ren carraspeó. —Deberíamos descansar. Dos de ustedes sangraban hace un rato.
—Ya pasó —dijo la maga, sin levantar la vista—. No exageres.
Ren apretó los dedos contra la tela de su túnica. Todavía sentía el eco de las heridas que había cerrado a la fuerza.
El guerrero se puso de pie. Era alto, ancho de hombros. Cuando miraba a Ren, no lo hacía como a un compañero, sino como a un problema que llevaba tiempo sin resolverse.
—Tenemos que hablar —dijo.
Ren alzó la vista. —¿Sobre qué?
—Sobre ti.
La forma en que lo dijo ya era una respuesta.
—No avanzamos —continuó el guerrero—. Nuestro daño es suficiente, pero las peleas se alargan porque tú no aportas nada ofensivo. Nos frenas.
Ren soltó una risa corta, incrédula. —Te sostuve cuando te atravesaron el muslo. Te mantuve consciente cuando te partieron el casco. Si eso es “no aportar”…
—Eso es tu trabajo —lo cortó la maga, alzando por fin la mirada—. Para eso te traímos.
—Y lo hago —respondió Ren—. Cada vez. Aunque me quede vacío.
El asesino chasqueó la lengua. —Vacío o no, sigues siendo lento. Tus curas son pequeñas. La santa cura en área. Tú solo estorbas.
La santa no dijo nada. Bajó la mirada. Ese silencio dolió más que el insulto.
Ren sintió el cansancio subirle al pecho como una marea espesa. —Si no fuera por mí, habrían muerto hoy —repitió, más bajo.
El guerrero se acercó un paso. La sombra de su cuerpo cayó sobre Ren. —Quizá. Pero hay sanadores mejores. No eres especial. No vales el espacio que ocupas en el equipo.
Las palabras no fueron gritadas. Fueron dichas con una calma que las hacía más crueles.
Ren se puso de pie con esfuerzo. La herida del costado le ardió. Apretó los dientes para no hacer un gesto de dolor frente a ellos.
—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Después de usarnos mutuamente hasta quedar rotos, me dices que soy reemplazable?
—No te hagas la víctima —bufó la maga—. Nadie te obligó a venir.
Ren la miró. —Tampoco me obligaron a curarte cada vez que gritabas.
El silencio se volvió incómodo. El guerrero suspiró, como si ya estuviera cansado de esa conversación.
—Te dejamos en la frontera —dijo—. Es un punto neutral. Si tienes suerte, otro grupo te recogerá. Si no… no es nuestro problema.
El asesino le arrojó su bolsa a los pies. Cayó abierta. Un par de vendas viejas, algunas monedas. Nada más.
—Las pociones del grupo se quedan —añadió la maga—. No vamos a desperdiciarlas en alguien que no rinde.
Ren bajó la vista a la bolsa. Luego la recogió con manos lentas. El pulso le martillaba en las sienes.
—¿Eso soy para ustedes? —preguntó—. ¿Un gasto?
Nadie respondió.
—Lo siento… —murmuró la santa, sin mirarlo.
Ren se dio media vuelta. Caminó unos pasos y se detuvo.
—Cuando mueran allá afuera —dijo, sin volverse—, recuerden que alguien los mantuvo vivos el tiempo suficiente como para llegar tan lejos.
No hubo respuesta.
Lo dejaron en la frontera cuando el cielo empezaba a clarear. El viento cortaba la piel. El suelo estaba húmedo de rocío y de sangre vieja. Le devolvieron su bolsa. Nada más.
—Buena suerte —dijo la maga, sin emoción.
Ren los vio alejarse hasta que la niebla se los tragó. No gritó. No los llamó. Cuando se quedó solo, el cuerpo le falló de golpe. Se sentó en una roca, la respiración hecha pedazos, la mano apretando la herida abierta del costado.
La sangre manaba despacio. El frío se le metía en los huesos.
Así que así termina mi isekai, pensó. Ni héroe. Ni elegido. Solo… descartable.
Cerró los ojos un momento. No para rendirse. Para no gritar.
El amanecer lo encontró medio consciente, con la cabeza cayéndole hacia el pecho. Oyó pasos, voces nerviosas.
—¡Aquí! ¡Hay alguien herido!
Intentó abrir los ojos, pero la vista se le nubló.
Unas manos ásperas lo sacudieron con cuidado torpe. —Respira, muchacho, respira… No te me vayas ahora.
Una anciana se arrodilló a su lado. Tenía las manos curtidas por el trabajo, uñas cortas, la piel marcada por años de sol. Le tomó el rostro con una firmeza inesperada, obligándolo a mirarla.
—Ay, criatura… estás hecho pedazos —murmuró, con una mezcla de pena y regaño—. ¿Quién te dejó tirado así?
Ren intentó hablar. No le salió la voz. Solo un jadeo torpe.
—Tranquilo, tranquilo… —la anciana le pasó un paño húmedo por la frente, sin saber de dónde había salido—. Aquí no te vamos a dejar morir como un perro.
Él quiso decir que no importaba. Que ya estaba acostumbrado a que lo dejaran atrás. No pudo.
Lo cargaron entre dos hombres delgados. Cada sacudida le arrancaba un quejido que no podía controlar. Le ardían las costillas. Le ardía el orgullo.
—No pesa nada… —murmuró uno de los campesinos, sorprendido—. Es puro hueso.
—Calla —le espetó la anciana—. Y camina más suave, ¿quieres?
El mundo se volvió borroso mientras lo llevaban a la aldea. Entre el vaivén, Ren sintió algo que no había sentido desde que llegó a ese mundo:
Que alguien lo sostenía sin pedirle nada a cambio.
Antes de perder el conocimiento, oyó la voz de la anciana cerca del oído: —Tranquilo, hijo. Aquí estás a salvo.