Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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DESPUES DE ESA NOCHE
CAPITULO 10
La mañana siguiente fue silenciosa.
No incómoda.
No tensa.
Silenciosa como el instante posterior a una decisión que cambia el rumbo de todo.
Adrian despertó primero.
La luz del amanecer apenas rozaba las cortinas, tiñendo la habitación de tonos dorados suaves. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo, permitiéndose recordar.
No había sido un sueño.
El calor persistente a su lado lo confirmaba.
Cassian dormía profundamente, algo poco común en él. Su expresión estaba relajada, las líneas de severidad atenuadas por completo.
Adrian giró ligeramente el rostro para estudiarlo.
En la historia original, el matrimonio nunca había alcanzado ese punto de intimidad genuina. Había deber. Formalidad. Distancia estratégica.
Pero lo que ocurrió la noche anterior no fue estrategia.
Fue elección.
Y eso lo volvía irreversible.
Cassian abrió los ojos poco después, como si percibiera la mirada.
No habló de inmediato.
Solo lo sostuvo con esa intensidad que ya no parecía fría.
—Buenos días —murmuró Adrian.
—Buenos días.
La voz del alfa era más baja, todavía cargada de sueño.
Hubo un segundo en el que ninguno se movió.
Luego Cassian extendió la mano y acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja de Adrian.
El gesto fue sencillo.
Pero consciente.
—¿Te arrepientes? —preguntó el duque.
Adrian negó con suavidad.
—No.
Y era verdad.
No había dudas.
Lo que sí había era una nueva realidad.
Cassian asintió apenas, como si necesitara escuchar esa respuesta para estabilizar algo interno.
El celo había terminado.
La intensidad química se había disipado.
Lo que quedaba era voluntad.
Adrian se incorporó lentamente.
—El consejo no tardará en notar el cambio.
—Que lo noten.
—Eso generará nuevas presiones.
Cassian también se sentó, manteniendo una distancia corta pero no invasiva.
—Las manejaré.
Adrian lo miró de reojo.
—No puede manejarlo todo solo.
—No estoy solo.
La frase quedó suspendida entre ellos.
No fue romántica.
Fue afirmación.
Y eso pesó más.
Las consecuencias no tardaron en manifestarse.
Al mediodía, el conde Harrington solicitó audiencia urgente.
Un hombre astuto.
Ambicioso.
Y extremadamente atento a los equilibrios de poder.
Cuando entró en el salón privado, su mirada recorrió el espacio con rapidez estratégica.
Observó a Cassian.
Luego a Adrian.
Algo en su expresión cambió.
Los alfas experimentados podían percibirlo.
El aroma compartido.
La sincronización sutil.
La unión confirmada.
—Su Excelencia —saludó inclinándose—. Consorte.
Cassian no ofreció explicaciones.
No eran necesarias.
El conde carraspeó levemente.
—He oído que el consejo reconsidera algunas posturas respecto a alianzas externas.
Adrian tomó asiento con calma.
—¿Reconsidera o se resigna?
Harrington sonrió con diplomacia forzada.
—Digamos que las circunstancias han evolucionado.
Claro.
La consolidación del matrimonio cerraba puertas estratégicas para quienes esperaban fracturas.
Cassian habló con tono firme.
—Mi posición no cambiará.
—Entendido.
El conde inclinó la cabeza, pero su mirada calculadora indicaba que el tablero político se estaba reajustando.
Cuando se retiró, Adrian exhaló.
—Eso fue rápido.
—El consejo reacciona a señales claras.
—Anoche enviamos una bastante definitiva.
Cassian no desvió la mirada.
—No fue solo una señal política.
Adrian sostuvo sus ojos por un momento más largo de lo habitual.
—Lo sé.
La tarde transcurrió con normalidad aparente.
Pero en cada interacción había una diferencia.
Los sirvientes mostraban más respeto.
Los guardias, más atención.
La noticia se movía con rapidez silenciosa.
Adrian caminaba por los pasillos sin sentirse observado como pieza frágil.
Se sentía… posicionado.
Al caer la noche, regresó al balcón donde tantas conversaciones importantes habían ocurrido.
El aire era fresco.
La ciudad brillaba a lo lejos.
Cassian se unió a él poco después.
No habló de inmediato.
Se colocó a su lado, hombro casi rozando hombro.
—¿Temes algo? —preguntó el duque finalmente.
Adrian lo pensó.
—Temía quedarme atrapado en una historia que no elegí.
—¿Y ahora?
Adrian miró las luces lejanas.
—Ahora temo algo distinto.
Cassian esperó.
—Que esto sea real.
Silencio.
No porque la frase fuera dramática.
Sino porque era honesta.
Cassian giró apenas hacia él.
—Es real.
No lo dijo con intensidad excesiva.
Lo dijo con certeza tranquila.
—No quiero que mañana lo trate como un error impulsado por el celo —continuó Adrian.
—No lo haré.
—Ni que lo convierta en herramienta política.
—No lo haré.
Cada respuesta era firme.
Directa.
Adrian se permitió respirar con más calma.
El duque no era hombre de palabras vacías.
Si afirmaba algo, lo sostenía.
—Entonces estamos construyendo algo nuevo —murmuró Adrian.
—Sí.
No había guion previo.
No había capítulos escritos.
Solo decisiones.
El viento movió suavemente la tela de sus mangas.
Cassian apoyó una mano sobre la baranda, cerca de la de Adrian.
No la tomó.
Pero la cercanía era clara.
—El consejo intentará otras estrategias —dijo el duque.
—Lo sé.
—Atacarán por flancos distintos.
—También lo sé.
Cassian finalmente giró la mano y entrelazó los dedos con los suyos.
Un gesto pequeño.
Pero visible si alguien los observara desde lejos.
—Entonces los enfrentaremos juntos.
Adrian apretó ligeramente los dedos en respuesta.
No como omega dependiente.
No como figura decorativa.
Sino como socio.
—Eso suena casi romántico, Su Excelencia.
—No exageres.
Pero esta vez sí hubo una leve sonrisa.
Pequeña.
Real.
Adrian miró el horizonte una vez más.
El divorcio que una vez había considerado inevitable ahora parecía absurdo.
La protagonista original no era una amenaza.
El consejo no era invencible.
El destino no era inmutable.
Lo único verdaderamente incierto era lo que estaban comenzando a sentir.
Y esa incertidumbre ya no lo aterraba.
Lo desafiaba.
Cassian soltó su mano solo cuando el aire se volvió más frío.
—Descansa —dijo.
—Sí, duque.
Caminaron de regreso al interior juntos.
No había necesidad de palabras adicionales.
La tormenta del celo había pasado.
Lo que quedaba no era fuego descontrolado.
Era brasa constante.
Y eso, Adrian lo sabía, podía durar mucho más que cualquier arrebato.
El capítulo anterior había marcado un punto sin retorno.
Este marcaba algo más importante.
Estabilidad elegida.
Y por primera vez, Adrian no sentía que estuviera sobreviviendo a la historia.
Sentía que la estaba escribiendo.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨