Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 11 — Donde sostengo sin desaparecer
El primer indicio llegó en forma de silencio.
La imprenta, que solía despertar con el golpeteo puntual de la prensa y el murmullo de los aprendices, abrió esa mañana con un aire más contenido. El impresor ajustó la palanca con un movimiento seco. Nadie hizo comentarios. Los ojos evitaban los de Lysien, no por rechazo, sino por esa cautela que aparece cuando el entorno teme consecuencias.
Lysien se ató el delantal con cuidado. El gesto fue el mismo de siempre, pero lo sostuvo un segundo más, consciente de su propio pulso. No iba a fingir que el día era normal. Iba a hacerlo normal con su presencia.
—Si vienen —dijo al impresor en voz baja—, no discutamos en la puerta. Pídeles que entren. Las conversaciones cambian cuando hay testigos.
El hombre gruñó, pero asintió.
La mañana avanzó con una lentitud espesa. Cada crujido de madera parecía anunciar pasos que no llegaban. Lysien copió documentos, ordenó folletos, corrigió erratas. Se obligó a respirar en los descansos, a beber agua, a sentarse cuando el mareo lo pedía. Cuidarse también era liderazgo. No había heroicidad en el desgaste inútil.
Cuando por fin llegaron, no fue el consejo completo. Fueron dos funcionarios con capas discretas y un escribano. El escribano sostenía el pergamino como si pesara más de lo debido.
—Venimos a observar el cumplimiento de las recomendaciones —dijo uno, sin preámbulos.
Lysien dio un paso al frente. No invadió su espacio. Les abrió el paso con un gesto de la mano.
—Pasen —dijo—. Observar es más honesto cuando se hace de cerca.
Los funcionarios recorrieron la imprenta con miradas técnicas. El escribano anotó. El impresor explicó turnos, pausas, cómo Lysien se sentaba cada cierto tiempo. Lysien no justificó su presencia; mostró su método. El mareo llegó como un susurro; se sentó sin vergüenza. No necesitaba demostrar resistencia para validar su derecho a estar allí.
—Anotaremos que hay pausas —dijo el funcionario.
—Anoten también que nadie fue obligado a quedarse de pie para cumplir una idea ajena de productividad —respondió Lysien, con calma.
El funcionario lo miró un segundo más de lo necesario. Luego asintió, sin replicar.
Cuando se fueron, el aire pareció soltarse.
—No te tembló la voz —murmuró un aprendiz.
—Me temblaron las manos —respondió Lysien—. La voz aprende cuando el cuerpo deja de fingir que no siente.
A media tarde, un mensajero llegó a la posada. Esta vez no traía sellos del consejo. Traía una camilla improvisada y dos soldados que miraban el suelo. Lysien entendió antes de que pronunciaran el nombre.
Kaelen.
El pasillo se llenó de olor a metal y a sangre vieja. Kaelen estaba consciente, pero pálido. Una venda oscura le cruzaba el costado. Sus dedos se aferraban a la camilla con una fuerza que no pedía ayuda, pero la aceptaba.
Lysien se acercó despacio. No tocó la herida. Posó la mano en el antebrazo sano.
—Respira conmigo —dijo, marcando el ritmo con su propia respiración.
Kaelen obedeció. El gesto fue mínimo. El alivio, real.
—No quería volver así —murmuró Kaelen.
—No viniste así —respondió Lysien—. Viniste vivo.
En la habitación, la partera del barrio llegó con rapidez. Dio instrucciones claras. Lysien sostuvo la toalla, acercó el agua, retiró la chaqueta ensangrentada con cuidado de no rozar la herida. Sus movimientos eran firmes, medidos. No había pánico en ellos. Había presencia.
Cuando la partera terminó, Kaelen quedó exhausto. Lysien se sentó a su lado, sin invadir el espacio.
—No te quedes por mí —susurró Kaelen, con la voz quebrada por el dolor—. No cambies tu camino por mi herida.
Lysien negó despacio.
—No cambio mi camino —respondió—. Lo comparto. Hay una diferencia.
Kaelen cerró los ojos un instante. Sus dedos buscaron el borde de la manta. Lysien los cubrió con la mano, apenas. No fue una promesa. Fue un gesto de compañía.
Esa noche, el barrio supo. No por rumores, sino por pasos. La posadera subió sopa caliente. El impresor dejó pan. La mujer de las manzanas dejó una cesta en silencio. Nadie preguntó por rangos. Nadie pidió explicaciones. La comunidad se presentó.
Lysien organizó turnos sin levantar la voz. Repartió tareas con frases breves, claras. No se colocó al centro; se movió entre los otros, conectando manos con acciones. Liderar era coordinar sin apropiarse del mérito.
—Yo me quedo esta hora —dijo—. Luego descansen. No es caridad. Es ritmo.
Cuando quedó solo con Kaelen, la ciudad murmuraba al otro lado de la ventana. Lysien apoyó la frente un segundo contra la madera fría del marco. El cansancio lo alcanzó. No se permitió caer.
—No soy de este mundo —susurró—. Pero aprendí a sostenerlo con gestos pequeños. Eso también es pertenecer.
Kaelen abrió los ojos, lo miró con una gratitud que no pedía nada a cambio.
—Aprendo de ti —dijo.
Lysien no respondió con palabras. Ajustó la manta. Encendió la vela. Se quedó.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora