"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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Veneno en copas de cristal
Alessandra terminó de retocarse frente al espejo. No se puso el vestido de seda que él quería, pero se aseguró de que su propio vestido azul luciera impecable. Se recogió el cabello en un moño tirante, una armadura de elegancia contra la tormenta que la esperaba abajo.
Cuando entró en el comedor, la escena parecía sacada de una pesadilla de lujo. Una mesa de roble negro, velas blancas cuya llama bailaba con una brisa inexistente y Damian, sentado a la cabecera, observando una copa de vino tinto como si pudiera leer el futuro en el líquido oscuro.
Él no se levantó cuando ella entró. Solo señaló el asiento frente a él.
—Llegas un minuto tarde —dijo Damian sin mirarla.
—Considerando que soy tu prisionera, deberías estar agradecido de que vine por mi propia voluntad —replicó ella, sentándose con una gracia gélida.
La cena fue servida en un silencio tenso. Platos de alta cocina que Alessandra apenas probó. No iba a darle el placer de verla disfrutar de nada que viniera de su mano.
—Tu padre llamó —soltó Damian de repente, rompiendo la quietud—. Quería saber si estabas "cómoda". Le dije que te habías adaptado a tu nueva habitación... especialmente a las vistas desde la ventana del baño.
Alessandra apretó los cubiertos hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Eres un sádico. Él confió en ti.
—Él no confió en mí, Alessandra. Él me temía. Y el miedo es una moneda mucho más estable que la confianza. —Damian dejó la copa y se inclinó hacia adelante, fijando sus ojos grises en ella—. ¿Sabes qué es lo que más te duele? No es que yo tenga el control. Es que sabes que tu padre te entregó para salvarse a sí mismo. Te vendió el hombre que juró protegerte.
—Mientes —susurró ella, aunque la duda era un ácido en su estómago.
—¿Miento? —Damian sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y lo deslizó por la mesa—. Ahí tienes el contrato de transferencia. No solo firmó la empresa. Firmó una cláusula de "custodia indefinida". Él no quiere que vuelvas, Alessandra. Eres el recordatorio de su fracaso.
Alessandra miró el sobre, pero no lo tocó. Si lo hacía, la realidad la destruiría. En lugar de eso, clavó su mirada en la de Damian, usando su mejor arma: el desprecio.
—Si esperas que llore y busque consuelo en tus brazos porque mi padre me traicionó, vas a tener que esperar sentado, Damian. —Ella esbozó una sonrisa pequeña y cruel—. Ahora sé que no tengo nada que perder. Y una mujer que no tiene nada que perder es mucho más peligrosa que una que tiene un imperio que proteger.
Damian la observó en silencio durante un largo rato. No había furia en su rostro, sino una fascinación oscura. Se levantó lentamente y caminó alrededor de la mesa hasta quedar detrás de ella. Alessandra sintió sus manos apoyarse en el respaldo de su silla, atrapándola de nuevo sin tocarla.
—Me gusta ese fuego —susurró él cerca de su oído—. Pero el problema del fuego es que, si no se controla, termina consumiendo a quien lo inició. ¿Crees que eres peligrosa? Todavía no has visto de lo que soy capaz cuando decido dejar de ser... diplomático.
Él se inclinó más, su aliento rozando su mejilla.
—Propongo un juego, Alessandra. Si logras pasar una semana entera sin intentar escapar y cumpliendo cada una de mis reglas, te dejaré hacer una llamada. A quien quieras. Incluso a tu padre.
—¿Y si pierdo?
—Si pierdes... —Damian bajó la mano y rozó apenas el borde de su mandíbula—, dejarás de usar esos vestidos de cuello alto y empezarás a vestir lo que yo elija. Sin protestas. Sin insultos. Sumisión total.
Alessandra sintió un escalofrío. Era una apuesta arriesgada. Una semana de obediencia a cambio de la verdad, o la pérdida total de su autonomía.
—Trato hecho —dijo ella, girando la cabeza para mirarlo a los ojos.