El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 05
Sus ojos brillaban con un violeta tan intenso que parecía iluminar la penumbra del Abismo. La oscuridad se extendió desde sus pies como una mancha de aceite, cubriendo el suelo en un radio de diez metros. Los hombres retrocedieron, aterrorizados por la presencia primordial que emanaba de aquella mujer menuda.
Alessia miró a Silas a los ojos. El hombre estaba poniéndose azul, pero en su mirada no había súplica, solo una sorpresa salvaje. Ella relajó su control y las sombras desaparecieron, dejando que el General cayera al suelo de rodillas, tosiendo violentamente.
—Podría haberte matado antes de que supieras mi nombre —dijo Alessia, caminando hacia el trono de chatarra y sentándose en él con una elegancia que contrastaba con la brutalidad del entorno—. Pero necesito tu fuerza. Y tú necesitas una razón para levantarte por la mañana que no sea buscar raíces amargas para comer.
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La Promesa de la Villana
Silas se recuperó, frotándose el cuello. Miró a sus hombres, que esperaban una orden para atacar, y luego volvió a mirar a Alessia. Por primera vez en años, algo parecido a la curiosidad brilló en sus ojos.
—¿Quién eres? —preguntó él.
—Soy Alessia Ashworth. La que fue traicionada por Caleb de Vyrwel. La que fue condenada por una profecía de sangre.
Un murmullo recorrió el campamento. El nombre de los Ashworth aún tenía peso, incluso en los confines de la tierra.
—¿Y qué quiere la "Villana de la Profecía" de nosotros? —preguntó una voz entre la multitud. Era una joven, apenas una adolescente, con el cabello trasquilado y una mirada llena de un resentimiento antiguo.
Alessia se puso de pie, su figura recortada contra los huesos del Leviatán.
—¡Escúchenme bien! —gritó, y su voz, amplificada por la magia, llegó hasta los rincones más profundos de las cuevas—. El Rey Alaric los lanzó aquí para que murieran. Les quitó sus nombres, sus familias y su dignidad. Les enseñó a temer a la oscuridad, a temer al Abismo. ¡Pero miren a su alrededor!
Señaló la niebla gris y las rocas desoladas.
—Este lugar no es su tumba. Es su armadura. El mundo exterior les teme porque son el recordatorio de sus fracasos. Vyrwel se siente seguro tras sus murallas de piedra, creyendo que el Abismo se tragará sus pecados. ¡Pero yo he venido a decirles que el Abismo se ha cansado de esperar!
Se acercó al borde de la plataforma, mirando directamente a los hombres y mujeres que la rodeaban.
—No les ofrezco comida fácil. No les ofrezco seguridad. Les ofrezco algo mucho más valioso: Venganza. Les ofrezco la oportunidad de ver arder los palacios de los hombres que los olvidaron. Les ofrezco que sus nombres vuelvan a ser pronunciados, no con lástima, sino con el terror más puro.
Un silencio sepulcral siguió a sus palabras. Era el silencio de la esperanza naciendo en un lugar donde solo había habitado la desesperación.
—¿Y por qué deberíamos seguirte a ti? —preguntó Silas, poniéndose en pie—. Eres una noble. En cuanto recuperes tu lugar, nos olvidarás.
Alessia bajó de la plataforma y caminó hacia Silas. Se detuvo a milímetros de él y tomó su mano ruda entre las suyas.
—Mira mis manos, Silas —dijo ella en un susurro que todos escucharon—. No tienen anillos. Tienen sangre. Mi propio padre me dio la espalda. Mi amante me vendió por un trono. No tengo un lugar a donde regresar, porque el lugar al que pertenecía ya no existe. Yo no quiero recuperar mi vida anterior. Quiero construir una nueva sobre las cenizas de la vieja.
Ella soltó su mano y se giró hacia la multitud.
—No soy una reina que busca súbditos. Soy una paria que busca hermanos de armas. El destino dice que soy una villana. Pues bien... ¡seamos los villanos de su historia para ser los héroes de la nuestra!
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El Primer Latido de un Ejército
Fue Kael quien se arrodilló primero.
—Yo te sigo, mi Reina —dijo, con una convicción que no tenía días atrás.
Luego fue la joven del cabello trasquilado. Luego un viejo soldado con una sola pierna. Uno a uno, los renegados del Abismo, los olvidados de la historia, se arrodillaron ante la mujer de los ojos violetas.
Silas permaneció de pie un momento más, observando la escena. Vio el fuego en los ojos de su gente, un fuego que él no había podido encender en una década. Suspiró, una exhalación que parecía soltar años de peso muerto.
—Mis hombres saben morir, Alessia —dijo Silas, arrodillándose finalmente y clavando su hacha en la tierra—. Enséñales a matar, y seremos tuyos.
Alessia sintió una oleada de poder, pero no era la magia de las sombras. Era el poder de la voluntad compartida. Por primera vez desde la traición, no se sintió sola.
—Levántense —ordenó ella—. Tenemos mucho trabajo que hacer.
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Forjando la Oscuridad
Las semanas siguientes fueron un torbellino de actividad. Alessia no se permitió un momento de descanso. Si quería tomar Vyrwel, no podía hacerlo con una turba desorganizada. Necesitaba un ejército de élite, y el Abismo le proporcionaba los mejores materiales.
Bajo la supervisión de Silas, los entrenamientos comenzaron al alba. Hombres y mujeres que antes apenas podían arrastrar los pies, ahora corrían sobre la ceniza cargando piedras pesadas. Los antiguos soldados del Rey empezaron a enseñar a los más jóvenes el arte de la espada, la lanza y la emboscada.
Pero el mayor cambio estaba en la forja.
—Esta chatarra no cortará ni la mantequilla —dijo Alessia, observando las espadas oxidadas que los herreros intentaban reparar.
—Es todo lo que tenemos, mi señora —respondió el herrero principal, un hombre llamado Bram—. El hierro aquí es escaso y de mala calidad.