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Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 Celos pequeños, rumores grandes

El problema con los rumores es que no saben cuándo detenerse.

Alessandro di Ravenna se dio cuenta de que la versión “el heredero defendió al omega del arpa” había evolucionado, en menos de una semana, a algo mucho más difícil de manejar: “el heredero tiene un prometido secreto”.

—Esto es absurdo —murmuró, leyendo la expresión cuidadosamente neutra del mayordomo.

—El castillo aprecia las historias con corazón, mi señor —respondió el hombre—. Y usted ha dado… material.

—No he dado nada.

—Desde fuera —dijo el mayordomo con una leve inclinación de cabeza—, parecería que sí.

Eso no ayudaba.

Luca Avenni, por su parte, estaba encantado con su nueva “fama”.

—Me pidieron que toque en el salón principal —anunció con orgullo, arrastrando su arpa por el pasillo—. Dijeron que traía buena suerte.

—No traes buena suerte —replicó Alessandro—. Traes ruido.

—El ruido bonito también cuenta.

—No es un cumplido.

—Gracias igual.

Alessandro suspiró.

El primer atisbo de “celos” apareció de la forma más ridícula posible.

Luca estaba en el jardín con la maestra de música. Reía. Aceptaba correcciones. Escuchaba con atención. Alessandro pasó por allí… y sintió una punzada incómoda en el pecho.

Ridículo, se dijo.

—Tienes talento —decía la maestra—. Si sigues practicando, tocarás para nobles importantes.

—¿Para Alessandro también? —preguntó Luca.

—Si él viene a escuchar, claro.

Alessandro siguió caminando sin mirar atrás.

Ridículo, repitió.

Más tarde, Alessandro encontró a Luca en la biblioteca con otro niño, Marco, hojeando un libro de partituras.

—Mira, aquí dice que los duetos suenan mejor cuando se confía en el otro —explicaba Marco.

—¿Dueto? —preguntó Luca—. ¿Con arpa y violín?

—Claro.

Alessandro carraspeó.

—¿Interrumpo?

Luca levantó la cabeza, feliz.

—No. Estábamos pensando en tocar juntos.

—¿Con él? —preguntó Alessandro sin pensar.

—Sí —respondió Luca—. Es amable.

Marco sonrió, nervioso.

—Puedo irme si molesto…

—No molestas —dijo Luca.

Eso… fue el problema.

—Bien —dijo Alessandro—. Ensayen.

Y se fue.

No estaba enojado.

No estaba molesto.

Solo estaba… incómodo.

Esa noche, la música sonó diferente.

No más torpe.

Más segura.

Luca practicaba con Marco en un rincón del pasillo. El violín se mezclaba con el arpa en una armonía simple. Alessandro escuchó desde su habitación.

Y no le gustó.

Abrió la puerta.

—No es hora de practicar en los pasillos.

Marco se puso de pie de inmediato.

—Perdón, mi señor. Ya nos vamos.

Luca lo miró sorprendido.

—Solo un poco más…

—No —repitió Alessandro—. Mañana.

Marco se fue. Luca se quedó.

—¿Hice algo mal? —preguntó.

—No.

—Entonces… ¿por qué te molesta que toque con otros?

Alessandro se quedó en silencio.

—No me molesta —dijo al final—. Me… distrae.

Luca sonrió, pequeño.

—Entonces tocaré más bajito.

—No —respondió Alessandro—. Toca como quieras.

Eso tampoco ayudó.

Los rumores empeoraron.

—Dicen que el heredero se pone serio cuando el omega toca con otros…

—¿Celos?

—Qué adorable…

Alessandro decidió que necesitaba aire.

Se refugió en la torre oeste, donde el viento era fuerte y nadie solía subir. Luca apareció diez minutos después, sin arpa.

—Te escondes bien —dijo—. Pero siempre encuentro el viento.

—No te escondía —gruñó Alessandro.

—Sí lo hacías.

Se sentaron en el borde de piedra, mirando el horizonte.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Luca.

—Depende.

—¿Te molesta que tenga amigos?

—No.

—¿Te molesta que no te mire solo a ti?

Alessandro se tensó.

—No tienes que mirarme a mí —respondió—. No te debo atención.

Luca bajó la mirada un segundo.

—Ya lo sé.

El silencio se volvió incómodo.

—Pero me gusta cuando me miras —añadió Luca con suavidad.

Alessandro tragó saliva.

—Eso no es un buen hábito.

—Tampoco lo es estar solo —respondió Luca—. Y aun así, lo haces.

Touché.

Al día siguiente, Luca decidió “arreglarlo” a su manera.

—Hoy tocaré para todos —anunció—. Así no será solo para ti.

—No toques para mí —replicó Alessandro—. Toca para ti.

—Eso hago —sonrió Luca—. Pero me gusta que estés cerca.

La presentación improvisada fue un caos encantador. Niños, tutores y dos nobles distraídos. Luca tocó nervioso al principio… y luego encontró la melodía. Alessandro, desde el fondo, aplaudió sin darse cuenta.

Cuando se dio cuenta, ya era tarde.

Luca lo vio.

Sonrió.

Esa noche, Alessandro admitió algo frente al espejo:

—No son celos —se dijo—. Es… costumbre.

Pero la costumbre, sospechaba, era solo el primer nombre que se le daba al miedo de perder algo que no se quería admitir que importaba.

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