Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 30
—¿A dónde van? —preguntó Santiago, vestido con una camiseta blanca, pantalón de deporte y zapatillas, con una toalla todavía colgada del cuello. El hombre acababa de volver del ejercicio matutino; miró a Camila, que cargaba a Mateo y llevaba una maleta, y su mente se intranquilizó. Le preocupaba que Camila hubiera tenido algún problema con Luna.
Al ver la tensión del momento, Rosa se disculpó con Camila diciendo que iba a empacar su ropa; en cuanto Camila asintió, Rosa abandonó el lugar. Solo quedaron Santiago de pie como una estatua, y Camila con Mateo en brazos.
—Cariño... ¿a dónde van?
Al no obtener respuesta de Camila, Santiago le preguntó a Mateo, que aún soñoliento descansaba contra el pecho de Camila.
—Alka quiere irse solo con Mamita, no quiere ir con Mommy al extranjero —respondió Mateo, abrazándose con fuerza al cuerpo de Camila.
—¿Qué significa eso, Camila? ¿A dónde van? —se angustió Santiago al escuchar la respuesta de Mateo.
—Ya no puedo dejar que Mateo permanezca más tiempo en esta casa, doctor —respondió Camila con suavidad, sin querer enojarse delante de Mateo.
—¿Por qué, Camila? No quiero separarme de Mateo —dijo Santiago mientras le acariciaba la cabeza al niño; era imposible que se resignara a dejar ir a su hijo.
—Fui justa, doctor. Seguí viviendo en esta casa aunque tuviera que soportar el daño que me hacía tu esposa. Todo eso lo hice únicamente por Mateo, para que siguiera recibiendo tu cariño. ¿Y qué pasó? En vez de recibir amor, Mateo recibió injusticia. No quiero que Mateo sufra; no hay otra salida que irme. En cuanto a ti, haz una reflexión sobre cómo se siente perder algo —dijo Camila, aún en voz baja, aunque cada palabra se le clavaba a Santiago en el pecho.
—No hables así, Camila... —dijo Santiago; sentía que Camila quería vengarse de él. Sin embargo, ya no le habló con dureza. La actitud del hombre hacia Camila giró ciento ochenta grados.
—No quiero separarme de Mateo por segunda vez, doctor. Hace un momento Luna intentó raptarlo y llevárselo al extranjero —explicó Camila, y enseguida recogió su bolsa que seguía junto a la puerta; miró hacia donde estaba Rosa, que no aparecía, y decidió esperarla afuera.
Santiago se acercó rápidamente y le sujetó el brazo a Camila.
—Espera, Camila. No te vayas. Yo me comprometo a que Luna no podrá llevarse a Mateo de esta casa. Quédate aquí, Camila, por el bien de Mateo.
—No, doctor. Debo irme. Por más tiempo que pase, no podrás manejar a Luna. He observado que el doctor resulta ser el típico marido que le teme a su esposa. ¿Desde cuándo? —Camila sonrió con amargura. Le resultaba extraño: ¿por qué Santiago se comportaba de manera tan distinta con Luna que cuando era su esposo? La respuesta era obvia: porque Luna era artista y había que mantener la imagen pública para cuidar la fama de Luna en el mundo del espectáculo.
—Camila, no es así... —Santiago exhaló, frustrado.
—Te di oportunidades una y otra vez, pero siempre elegiste el silencio y solo decías que hablarías con ella. ¡Y el doctor sabe bien que era Mateo quien pagaba las consecuencias de los actos de Luna!
Camila le soltó el brazo que Santiago sujetaba.
—Mamá... Alka tiene sueño —susurró Mateo; a las cinco de la mañana normalmente aún no se había despertado.
—Ya sé, duerme, cariño... —Camila se agachó, abrió el cierre de la bolsa, sacó el rebozo portabebés y lo enrolló alrededor del cuerpo de Mateo, uniéndolo al suyo, hasta que el niño quedó en una posición cómoda.
Al ver aquello, Santiago sintió aún más que no quería perder a la madre que tanto amaba a su hijo.
—Camila, solo tú y yo podemos amar a Mateo de verdad. Vamos, cásate conmigo. Si te casas con Gabriel, nunca podrá quererlo como yo quiero a nuestro hijo —dijo Santiago, lo que hizo fruncir el ceño a Camila.
Camila lo miró de reojo con una sonrisa torcida; vaya persona la de Santiago.
—Quiénes somos realmente lo juzgan los demás, doctor. Si uno se cree buena persona pero los demás no lo ven así, se reirán de uno. Y una cosa más: nunca vuelvas a esperar que yo regrese; ni siquiera cuando estabas solo te habría querido, ¡mucho menos ahora que está Luna! —Camila se dio la vuelta y salió por la puerta justo cuando Rosa llegó.
—Camila, espera. Podemos hablar con calma y buscar una solución juntos. Mateo también me necesita a mí —dijo Santiago, sin querer rendirse, y volvió a sujetar a Camila, pero ella solo le apartó la mano.
Al ver la decisión inquebrantable de Camila, Santiago la dejó ir con Mateo, aunque con la condición de querer acompañarlas hasta el lugar al que fueran.
—No se moleste, doctor Santiago. ¡Pedí un taxi! —respondió Camila con firmeza; por fin logró liberarse. Caminó rápidamente hacia la reja de entrada, y sus pies ya no vacilaron al dar cada paso.
—Espera, Camila. Sería mejor que fueras a nuestra casa de antes. Nana sigue trabajando allá —dijo Santiago; quería que Camila y Mateo vivieran en un lugar cómodo. Así sabría dónde estaban y podría mantenerlos vigilados.
Pero Camila ya no respondió. Subió al taxi seguida de Rosa. El drama de la mañana resultó ser muy largo: el sol matutino ya casi salía cuando llegaron al taxi. Camila no miró atrás mientras el taxi se alejaba de la reja de hierro, con una nueva determinación de darle a Mateo una vida mejor, libre del miedo al daño de Luna y de la violencia.
Santiago se quedó inmóvil frente a la reja, mirando cómo el taxi se alejaba de él. Camila y Mateo se habían ido, sin que supiera adónde. Con un profundo sentimiento de arrepentimiento, Santiago subió a su propio auto.
Al ver que el jefe se disponía a salir, el chofer que acababa de llegar tocó el vidrio de la ventanilla.
—Deje que lo lleve yo, señor.
Pero Santiago había perdido el norte; pisó el acelerador y salió a toda velocidad persiguiendo el taxi.
Continuará…