El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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capitulo 24
Valentina lo intentó por todos los medios.
Durante semanas, hizo todo lo que estuvo a su alcance para conquistar a Félix. Se vestía con los conjuntos que sabía que le gustaban, le preparaba sus comidas favoritas, intentaba entablar conversaciones, mostraba interés en sus días, en sus negocios, en todo lo que él hacía.
Pero cada intento era recibido con indiferencia o desprecio.
—¿Por qué te esfuerzas tanto? —le dijo Félix una noche, con una sonrisa burlona mientras cenaban—. No importa lo que hagas, no vas a ser como él.
Valentina sintió que las palabras le atravesaban el pecho. Bajó la mirada y apretó los dedos bajo la mesa.
—No trato de ser como él —respondió en voz baja.
—Claro que sí —insistió Félix, inclinándose hacia ella—. Te pintas igual, te vistes igual, incluso intentas sonreír igual. Pero no sirve. Nunca vas a ser él.
Valentina no respondió. Aprendió rápido que cualquier respuesta solo empeoraba las cosas.
Otra noche, después de que Félix llegara borracho, la arrastró por el cabello hasta la habitación.
—Haces esto porque para eso servís —dijo, con la voz fría y cortante—. Para el sexo y nada más.
Valentina cerró los ojos y dejó que sucediera. Si luchaba, sería peor. Si hablaba, sería peor. Aprendió a desconectarse, a irse a otro lugar en su mente mientras su cuerpo soportaba lo que tenía que soportar.
Cuando terminó, Félix se giró en la cama y la ignoró por completo.
Ella quedó mirando el techo, sintiendo el vacío en el pecho y la humillación corriendo por sus venas como veneno.
Los días se convirtieron en semanas de lo mismo. Valentina se fue apagando poco a poco. La violencia física dejaba moretones que cubría con maquillaje. La violencia mental dejaba cicatrices que no podía ocultar.
—Eres inútil —le decía Félix cuando ella derramaba algo sin querer.
—¿No puedes hacer nada bien? —cuando intentaba ayudarlo en algo.
—¿Para qué te crees que te casaste conmigo? —cuando ella se atrevía a pedir algo para ella.
Valentina dejó de hablar. Dejó de reír. Dejó de intentar.
Se convirtió en una sombra en la mansión, invisible y silenciosa, aceptando que su vida no era más que eso. Una prisión dorada de la que no podía escapar.
Hasta que una noche, Félix llegó más eufórico de lo normal.
—¡Lo voy a tener! —exclamó, casi gritando—. ¡Evan va a volver conmigo! ¡Va a ser mío otra vez!
Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella. No sabía si era esperanza, celos, o la última chispa de dignidad que le quedaba.
—¿Y yo? —preguntó en voz baja.
Félix la miró como si acabara de recordar que existía.
—¿Tú? —Soltó una risa cruel—. Tú solo eres un acuerdo. Un contrato. Una formalidad. Él es el único que importa. Y cuando vuelva, él será mi verdadera esposa.
Valentina sintió que las palabras la golpeaban más fuerte que cualquier bofetada.
No era suficiente que la humillara. No era suficiente que la usara. Ahora le decía que ni siquiera era su esposa de verdad.
Esa noche, Valentina lloró en silencio, con la mano apoyada en su vientre, donde aún no sabía que una vida comenzaba a crecer.
Y en ese momento, tomó una decisión.
No iba a conquistar a Félix.
Iba a sobrevivir. Iba a escapar. Iba a encontrar la forma de salir de allí, aunque tuviera que esperar el momento perfecto.
Mientras tanto, Evan y Caius aumentaban más su amor.
Los días habían pasado entre besos robados en la oficina, miradas cómplices y noches enteras en el penthouse de Caius. La relación se había vuelto más profunda, más íntima, más segura. Evan ya no sentía miedo al estar cerca de él. Al contrario, se sentía protegido, amado, deseado.
Esa tarde estaban abrazados en la oficina de Caius, con el sol de la tarde filtrándose por las ventanas y pintando el ambiente de tonos dorados. Evan tenía la cabeza apoyada en el pecho de Caius, escuchando los latidos de su corazón, sintiendo la calidez de sus brazos alrededor de su cuerpo.
Era perfecto.
Hasta que Evan sintió un fuerte mareo y un vacío en el estómago. Se incorporó de golpe, llevándose una mano a la boca.
—¿Qué pasa? —preguntó Caius, alarmado.
—Creo que algo me cayó mal —dijo Evan, con el rostro pálido—. Me siento extraño.
Caius no lo dudó ni un segundo. Lo tomó en brazos —Evan ya estaba aprendiendo que eso era algo que su alfa hacía siempre que podía— y lo llevó directamente al penthouse. Llamó al médico de confianza sin perder tiempo, con el rostro tenso y la voz firme.
—No quiero que me saquen sangre —dijo Evan, encogiendo los hombros cuando el médico preparó la jeringa—. Le tengo miedo a las agujas.
Caius lo miró con ternura y se arrodilló frente a él, tomando sus manos.
—Vamos, amor —dijo con voz suave—. Solo es sacarse un poco de sangre. Te prometo que no duele.
Evan negó con la cabeza, con los ojos cerrados con fuerza.
—No puedo.
Caius suspiró, y entonces tomó una decisión. Se subió la manga de la camisa y extendió el brazo hacia el médico.
—Sáqueme a mí primero —dijo—. Así él ve que no es para tanto.
El médico lo miró sorprendido.
—Señor Caius, usted no necesita...
—Hágalo —ordenó, con una sonrisa hacia Evan—. Siempre me hago estudios, así que no está de más.
El médico asintió y le extrajo sangre a Caius con movimientos rápidos y precisos. Caius no hizo ni una mueca, manteniendo la mirada fija en Evan con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Ves? No duele —dijo, guiñándole un ojo.
Evan, con el corazón latiéndole fuerte, extendió el brazo con temblor.
—Pero si me lastimas, te demandó —le dijo al médico, con un tono que intentaba ser firme pero que salió tembloroso.
Caius rió y le dio un beso en la frente.
—No va a pasar nada, amor. Estoy aquí.
El médico le extrajo la sangre y todo terminó en segundos.
Evan soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Ya? —preguntó, sorprendido.
—Ya —respondió el médico con una sonrisa.
Evan sonrió aliviado, y Caius lo abrazó con fuerza.
—Eres muy valiente —susurró contra su cabello.
—Tú me hiciste serlo —respondió Evan.
Una semana después
Los resultados llegaron al penthouse en un sobre blanco y elegante. Evan y Caius estaban en la sala, con el corazón latiendo con fuerza. Evan había estado nervioso toda la semana, aunque decía que no le importaban los resultados.
Caius abrió el sobre con cuidado. Leyó en silencio. Su rostro pasó de la serenidad a la confusión, y luego al puro shock.
—¿Qué dice? —preguntó Evan, preocupado—. ¿Estoy bien?
Caius levantó la mirada. Tenía los ojos abiertos de par en par, y su rostro estaba pálido.
—Tú estás bien —respondió con voz débil—. Perfectamente bien.
Evan frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?
Caius tragó saliva y le entregó los papeles.
Evan los tomó y los leyó rápidamente. Su corazón se detuvo. Y luego comenzó a latir tan fuerte que casi podía oírlo en sus oídos.
—No... no puede ser —susurró—. Tú eres un alfa.
Caius asintió lentamente.
—Lo soy. O... eso creía.
—Pero el doctor dice aquí que... que estás...
—Embarazado —completó Caius con voz temblorosa—. Estoy embarazado.
Evan sintió que el mundo se tambaleaba. Caius, el alfa más temido de la ciudad, el hombre de mirada fría y puño de hierro, estaba embarazado.
—¿Cómo es posible? —preguntó Evan, con la voz apenas un susurro.
—El doctor dice que existen alfas con porcentajes de Omega —explicó Caius, leyendo el informe con manos temblorosas—. Se llaman "Alphegas". Tengo órganos reproductivos internos que nunca desarrollé del todo... hasta ahora.
—¿Hasta ahora?
—El doctor dice que el embarazo pudo activarse por... por el vínculo que hemos creado. Mi cuerpo lo aceptó.
Evan sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos.
—¿No te lo puedo creer? —dijo, con una sonrisa temblorosa—. Mi alfa... está embarazado.
Caius abrió la boca para responder, pero su rostro se puso blanco como el papel.
—Caius, ¿estás bien?
El alfa no respondió.
Sus ojos se abrieron, luego se cerraron de golpe, y su cuerpo se desplomó hacia atrás.
—¡Caius! —gritó Evan, saltando para sostenerlo—. ¡No te desmayes! ¡Despierta!
Pero Caius estaba inconsciente, con una pequeña sonrisa en el rostro, como si hasta desmayado estuviera feliz por la noticia.
Evan lo sostuvo en sus brazos, con el corazón latiendo a mil por hora, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Maldito —murmuró, acariciando su rostro—. Me vas a dar un infarto.
Y aunque Caius no podía oírlo, Evan susurró contra su frente:
—Vamos a ser padres.