Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.
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Capítulo 10 — El hombre que murió dos veces
La voz de Gabriel quedó suspendida en la habitación. Valeria permaneció inmóvil, mirando hacia la oscuridad del corredor. Durante unos segundos pensó que se trataba de otra ilusión creada por la casa, otra forma de jugar con sus recuerdos. Pero aquella voz era demasiado real. La había escuchado durante toda su infancia y podía reconocerla incluso después de once años.
—Papá...
Nadie respondió.
Samuel levantó el arma y apuntó hacia el corredor.
—No salgas.
Valeria lo apartó.
—Es mi padre.
—No sabes qué es.
—Sé reconocer su voz.
—La casa puede imitar a cualquiera.
Valeria miró hacia el espejo roto.
—Entonces quiero verlo.
Avanzó lentamente.
Elena intentó detenerla.
—Valeria, no.
—Ya no puedes pedirme que confíe en ti.
Salió al corredor.
Las paredes parecían haberse alargado. La puerta por la que habían entrado estaba mucho más lejos que antes. Valeria iluminó el camino con la linterna.
—Papá, si estás aquí, habla conmigo.
Una sombra apareció al final del pasillo.
Era un hombre.
Alto.
Delgado.
Vestía un abrigo oscuro.
Valeria dejó de respirar.
El hombre avanzó lentamente.
La luz iluminó su rostro.
Era Gabriel.
Valeria sintió que las piernas le fallaban.
—Papá...
Él la miró.
—Has crecido mucho.
Valeria comenzó a llorar.
—Estás vivo.
Gabriel no respondió.
Ella corrió hacia él, pero Samuel la sujetó antes de que pudiera acercarse.
—¡Suéltame!
—No.
—¡Es mi padre!
Gabriel observó a Samuel.
—Todavía proteges a tu familia.
Samuel palideció.
—Tú no eres Gabriel.
El hombre sonrió.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Valeria se quedó quieta.
—Dime algo que solo mi padre pueda saber.
El hombre la miró.
—Cuando tenías seis años, te caíste de una bicicleta frente a la casa. Te rompiste la rodilla y lloraste durante casi una hora.
Valeria sintió un escalofrío.
—Eso no es suficiente.
—A los ocho años tenías miedo de dormir sola. Yo dejaba la puerta de tu habitación abierta.
Las lágrimas comenzaron a caerle por el rostro.
—Papá...
El hombre dio un paso.
—Ven conmigo.
Samuel volvió a sujetarla.
—No.
Gabriel lo miró.
—Sigues cometiendo el mismo error.
—¿Qué error?
—Creer que puedes decidir quién vive y quién muere.
Samuel apretó el arma.
—No permitiré que vuelvas a tocarla.
Gabriel sonrió.
—Ya lo hiciste una vez.
Samuel quedó paralizado.
Valeria lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Nada.
—¡Dime!
Gabriel respondió por él.
—Samuel estuvo allí cuando tu padre murió.
Valeria miró a Samuel.
—¿Es verdad?
Samuel cerró los ojos.
—Sí.
—¿Lo viste morir?
—Sí.
—Entonces ¿cómo está aquí?
Samuel no respondió.
Gabriel se acercó.
—Porque el hombre que murió no era quien creías.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Gabriel miró hacia Elena.
—Ella lo sabe.
Todos miraron a Elena.
Su rostro estaba lleno de lágrimas.
—No quería que descubrieras esto.
—¿Qué hiciste?
Elena negó con la cabeza.
—Yo no lo maté.
Gabriel sonrió.
—No.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Entonces ¿quién murió?
Gabriel señaló el suelo.
—El hombre que llevaba mi nombre.
Valeria frunció el ceño.
—No entiendo.
—Porque todavía piensas que un nombre pertenece a una sola persona.
Elena cerró los ojos.
—Gabriel...
—Ya no puedes protegerla.
Valeria miró a su padre.
—¿Qué eres?
El hombre se quedó en silencio.
Después respondió:
—Soy tu padre.
—No.
—Sí.
—Mi padre murió.
—El hombre que te crió murió.
Valeria sintió que el mundo se volvía confuso.
—¿Y tú?
—Yo soy quien quedó.
Vera comenzó a llorar.
—No es él.
Valeria la miró.
—¿Cómo lo sabes?
La niña señaló los ojos de Gabriel.
—Papá tenía los ojos verdes.
Valeria levantó la linterna.
Los ojos del hombre eran oscuros.
Gabriel sonrió.
—Buena memoria.
Vera retrocedió.
—No eres él.
La sonrisa desapareció.
El rostro del hombre comenzó a cambiar.
Por unos segundos pareció envejecer rápidamente. La piel se volvió gris, los ojos completamente negros y las facciones se deformaron.
Elena gritó.
—¡Corran!
Todos comenzaron a correr.
La criatura lanzó un grito que hizo vibrar las paredes.
Valeria tomó la mano de Vera y corrió detrás de Samuel. La puerta de la habitación 17 se cerró violentamente detrás de ellos.
Samuel buscó otra salida.
—¡Por aquí!
Entraron en una habitación pequeña.
Samuel cerró la puerta y empujó un armario contra ella.
—¿Qué era eso?
—No lo sé.
—¡Sí lo sabes!
Samuel respiró agitado.
—No es tu padre.
—¿Qué es?
—Algo que tomó su rostro.
Valeria miró a Elena.
—¿Esto ocurrió antes?
Su madre asintió.
—La primera vez que vimos a Gabriel después de su muerte.
—¿Entonces quién era?
—La misma cosa.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Y por qué tiene los recuerdos de mi padre?
—Porque la casa guarda los recuerdos de todos los que mueren aquí.
Vera levantó la cabeza.
—Por eso puede hablar como ellos.
Valeria la miró.
—¿Y por qué me llamó hija?
Vera respondió:
—Porque conoce los recuerdos de tu padre.
Samuel se acercó a una pared.
—Tenemos que encontrar la salida.
Valeria observó la habitación.
Había fotografías antiguas.
Una llamó su atención.
Era de Isabel Montenegro.
La mujer aparecía frente a la mansión.
Pero a su lado había una niña.
Valeria se acercó.
En la parte posterior encontró una fecha.
1936.
Debajo había una frase:
«Isabel no hizo el pacto para vivir eternamente. Lo hizo para traer a su hija de vuelta.»
Valeria quedó inmóvil.
—Entonces todo comenzó por una hija.
Elena se acercó.
—Sí.
—¿Qué le ocurrió?
—Murió.
—¿Y qué hizo Isabel?
—Intentó devolverla.
Valeria miró la fotografía.
—¿Y lo consiguió?
Samuel negó.
—No.
—Entonces, ¿qué regresó?
Una voz infantil respondió desde la esquina.
—Yo.
Todos se volvieron.
La niña del espejo estaba allí.
Pero ahora no parecía una aparición.
Parecía completamente real.
Vera retrocedió.
—Ella no es Isabel.
La niña sonrió.
—No.
Valeria la observó.
—¿Quién eres?
La niña se acercó.
—La primera hija.
—¿De Isabel?
Asintió.
—Mi madre me llamó Elena.
Valeria sintió un escalofrío.
Miró a su madre.
—¿Elena?
Su madre palideció.
—No puede ser.
La niña sonrió.
—Ese nombre nunca fue tuyo.
Valeria miró nuevamente a la niña.
—¿Qué quieres de nosotras?
—Mi madre quiere recuperar lo que perdió.
—¿Qué perdió?
La niña señaló a Vera.
—A ella.
Vera comenzó a temblar.
—No.
Valeria se colocó delante de ella.
—No te la llevarás.
La niña inclinó la cabeza.
—No necesito llevármela.
—¿Entonces?
—Necesito que recuerde.
—¿Qué?
La niña señaló a Valeria.
—Quién murió aquella noche.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque cuando recuerdes quién murió, sabrás quién sobrevivió.
La puerta comenzó a vibrar.
El falso Gabriel golpeó desde el otro lado.
—Valeria...
La niña sonrió.
—Ya viene.
Valeria miró a Samuel.
—¿Hay otra salida?
Samuel señaló una pequeña puerta detrás de una estantería.
—Por allí.
Los cuatro corrieron.
Antes de salir, Valeria miró una última vez a la niña.
—¿Volveré a verte?
La niña sonrió.
—Ya me has visto muchas veces.
Valeria se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
La niña señaló su propio rostro.
—Cada vez que te miras al espejo.
Valeria sintió que la sangre se le helaba.
Samuel la tomó del brazo.
—¡Tenemos que irnos!
Salieron por la puerta.
Detrás de ellos, la habitación quedó en silencio.
Pero antes de que Valeria cerrara, escuchó una última frase.
—La verdadera Valeria no murió.
La puerta se cerró.
Valeria se volvió hacia Samuel.
—¿Qué significa eso?
Samuel estaba pálido.
—Significa que todavía está viva.
Y entonces, desde algún lugar de la casa, una niña comenzó a cantar una canción que Valeria conocía desde su infancia.
Era la canción que su padre solía cantarle antes de dormir.
Pero había algo diferente.
La letra terminaba con una frase que Valeria jamás había escuchado.
«Cuando una hermana despierta, la otra debe morir.»