Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 29
...Val....
Una semana sin Seb.
Siete días de silencio. No me buscó. No apareció en el aeropuerto esperándome con café. No mandó mensajes que yo no recibiría porque lo tenía bloqueado. Nada. Como si nunca hubiera existido.
Era exactamente lo que yo quería. Y me estaba matando.
El martes a mediodía, me reuní con Octavio Heredia en el restaurante La Perla. Era el notario público que llevó los asuntos patrimoniales de la familia Aranda, la familia de mi madre. Lo contacté a través de un conocido de Nati.
La Perla era un restaurante viejo en la zona centro, con manteles blancos y meseros que usaban chaleco. Octavio Heredia era un hombre de sesenta años, pelo cano, corbata estrecha, ojos que no se perdían nada.
—Señorita Mendoza —dijo, levantándose cuando me vio—. Qué gusto conocerla.
—Igualmente, licenciado. Gracias por aceptar verme.
—Me intrigó su llamada. Usted dijo que quería hablar sobre los bienes de la familia Aranda.
—Así es. Mi madre, Elena Aranda, tenía propiedades y activos a su nombre antes del accidente. Quiero saber qué pasó con ellos.
Heredia me miró por encima de sus lentes.
—¿Su padre no le ha informado?
—Mi padre no me informa de nada.
Algo cambió en la cara de Heredia. Una sombra que podía ser compasión o podía ser cuidado profesional.
—Señorita, hay ciertos asuntos de confidencialidad que—
—La paciente es mi madre. Soy su hija legítima. Tengo derecho a conocer la situación patrimonial.
—Tiene usted razón. Pero necesitaré verificar algunos documentos antes de compartir información. ¿Podemos agendar una segunda reunión la próxima semana?
—Sí.
Estábamos terminando de definir la fecha cuando una voz me interrumpió.
—¿Valentina Mendoza? ¡Qué sorpresa!
Levanté la vista. Adrián Herrera estaba de pie junto a nuestra mesa, con un trago en la mano y la sonrisa de alguien que se cree irresistible. Traía un saco color mostaza que le quedaba grande y demasiada colonia.
—Herrera —dije, sin sonreír.
—Adrián, por favor. —Se sentó en la silla vacía sin que nadie lo invitara—. ¿Comiendo sola? ¿Puedo acompañarte?
—Estoy en una reunión.
Miró a Octavio Heredia. Heredia lo miró a él.
—Ah, perdón, no sabía. —No se levantó—. ¿Y cómo has estado? Hace mucho que no te veía. Desde la fiesta de Luciano, creo. Estás guapísima, por cierto. ¿Has cambiado de—
—Herrera. Estoy en una reunión.
—Sí, sí, ya me voy. —Sacó una tarjeta de su saco—. Pero llámame un día. Podemos ir a cenar. Conozco un lugar que—
—No.
—¿No? Sin pensarlo siquiera?
—No necesito pensarlo.
Adrián se quedó ahí tres segundos más, con la tarjeta extendida y la sonrisa congelándosele. Después la dejó en la mesa, se levantó, y se fue caminando hacia la barra con un gesto de "como quieras".
Octavio Heredia me miró.
—Ese muchacho es hermano de Andrés Herrera, ¿no? El que trabaja en bienes raíces.
—No lo sé ni me importa.
—Entiendo. Bueno, señorita, la veo la próxima semana. Le prepararé un resumen de la situación de los bienes Aranda.
Nos despedimos. Salí del restaurante.
No vi a Marcos Lagos sentado tres mesas atrás, con un café que llevaba veinte minutos sin tocar, sacando su teléfono.
—————
...Seb....
El mensaje de Marcos llegó a las dos de la tarde.
Una foto. Val sentada en un restaurante, de perfil, con el pelo recogido y una blusa clara. Frente a ella, un hombre mayor con corbata. Y de pie junto a la mesa, inclinándose hacia ella, un tipo con saco mostaza y sonrisa de vendedor de autos usados.
Debajo de la foto, el mensaje de Marcos:
«Hermano, te están robando la novia. 😅»
Miré la foto. Amplié. El tipo del saco mostaza tenía una tarjeta en la mano, extendiéndosela a Val. Val tenía la cara de piedra que le ponía a la gente que no le importaba. No estaba interesada. Eso lo veía yo desde una foto borrosa.
Pero el hombre mayor sí me interesó. Se parecía al tipo que vi con Luciano en la clínica. No era el mismo — diferente edad, diferente complexión— pero tenía ese aire de abogado de pueblo con secretos caros.
Marqué a Marcos.
—¿Dónde estás?
—En La Perla. Vine a comer. Y mira lo que me encontré. Tu chica con dos tipos.
—No es lo que parece. ¿El viejo traía portafolio?
—Sí. Carpeta negra. Se la mostró a Val un momento y luego la guardó.
—¿Y el joven?
—Ese nomás llegó a tirarle la onda. Val lo mandó a volar en treinta segundos. Tiene una cara para cortar gente que da miedo, ¿eh?
—¿Val ya se fue?
—Acaba de salir.
Colgué. Miré la foto otra vez. Val investigando algo por su cuenta. Con abogados. Sin decirme nada. Mientras me tenía bloqueado.
El teléfono sonó otra vez. No era Marcos. Era un número que no conocía.
—¿Sebastián del Fuego? —Voz masculina, formal, ligeramente grave.
—¿Quién habla?
—Andrés Herrera. Nos conocimos brevemente en la cena de los Altamira hace unos meses. Soy corredor de bienes raíces.
—No recuerdo haberle dado mi número.
—Es una ciudad pequeña. Escuche, lo llamo porque tengo una propiedad que podría interesarle. Y porque me gustaría invitarlo a cenar para hablar de negocios. Y quizás... —pausa calculada— de Valentina Mendoza.
Apreté el teléfono.
—¿Qué tiene que ver Valentina con usted?
—Nada. Todavía. Por eso le llamo a usted primero. Soy un hombre que respeta las formas. —Otra pausa—. A menos que lo de ustedes ya terminó. En ese caso, no hay forma que respetar.
Colgué.
Me quedé mirando la pantalla. El hermano del tipo del saco mostaza me estaba llamando para tantear si Val estaba disponible. Como si fuera una propiedad en venta. Como si yo fuera el dueño anterior al que había que consultar antes de hacer una oferta.
Miré el Pikachu roto en la repisa.
Miré el número bloqueado de Val en mi teléfono.
Miré la foto de Marcos.
Tres segundos. El dedo encima de la pantalla, sobre el número de Val. Sabiendo que si llamaba, no iba a entrar.
No llamé.
Me levanté. Agarré las llaves de la camioneta.
Si Val no iba a contestar el teléfono, iba a tener que contestarme en persona.
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