Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 28
Alejandro se dio la vuelta y miró a Dalia con un semblante firme, aunque teñido de un agradecimiento inmenso. Luego se volvió hacia su asistente de confianza.
—Iván, acompaña a Dalia sana y salva hasta su departamento esta noche. Asegúrate de que no le pase nada malo —ordenó Alejandro con un tono que no admitía réplica.
—Bien, señor. Entendido —respondió Iván con presteza, inclinando el cuerpo.
Sin perder un solo segundo, Alejandro salió a grandes zancadas de aquella sala VIP. La rabia que le abrasaba el pecho había llegado a su punto más alto. Hasta hacía poco, a Alejandro ya no le importaba demasiado aclarar todas las calumnias infames que en su día la difunta Cintia había sembrado en la cabeza de su madre. Pero al enterarse de que su madre había tenido el atrevimiento de entrometerse, de ir a increpar y a herir a Aurora hasta hacer que su amada se rindiera, Alejandro no podía quedarse cruzado de brazos. Tenía que limpiar el nombre de Aurora ante su madre esa misma noche.
A toda velocidad, el Lamborghini blanco de Alejandro cortaba el silencio de la noche capitalina. El rugido del motor atronaba, reflejo de la tormenta de emociones que llevaba en el pecho.
Mansión Bustamante
No tardó mucho en llegar a la imponente mansión Bustamante. Sin tocar la puerta ni pulsar el timbre, Alejandro empujó el gran portón de madera tallada con una fuerza tremenda.
¡PUM!
El estruendo de la puerta al golpear contra el muro resonó altísimo y retumbó por todos los rincones de la mansión en silencio.
Doña Carmen, que estaba en su habitación del segundo piso y aún no había cerrado los ojos, se sobresaltó al instante. Lo mismo les ocurrió a Mateo y Martina, que en ese momento leían con toda seriedad algo dentro de la antigua habitación de su difunta madre: pegaron un brinco y se miraron, presas del pánico.
—¿Qué fue ese ruido? ¿Quién se atreve a armar semejante escándalo en mi casa a estas horas? —murmuró doña Carmen, inquieta. Temerosa de que hubiera entrado un ladrón o alguien con malas intenciones, salió a toda prisa de la habitación y se encaminó veloz hacia el descansillo de la escalera principal.
Pero los pasos de doña Carmen se detuvieron en seco en el primer escalón. El ambiente de la planta baja se sentía de pronto opresivo y gélido.
Bajo el resplandor de la espléndida lámpara de cristal estaba Alejandro. La respiración de aquel hombre era agitada, con los puños apretados a los costados. Y lo que a doña Carmen le puso los pelos de punta fue la mirada de su hijo. Alejandro contemplaba a su madre con dureza y agudeza, una mirada llena de desesperación, de furia y de dolor, idéntica a la de doce años atrás, cuando lo habían obligado a renunciar a su sueño junto a Aurora para casarse con Cintia.
—¿A-Alejandro…? —susurró doña Carmen, balbuceando, con los pasos de pronto retenidos por el aura intimidante y densísima de su único hijo.
Sin perder un solo segundo, Alejandro subió los escalones a grandes zancadas, salvó la distancia y se plantó justo frente a su madre. El aura de hostilidad que emanaba de su cuerpo hacía que el aire alrededor pareciera congelarse. Sin más rodeos, fue directo al grano.
—¿Qué le has dicho a Aurora? —le exigió Alejandro con un tono frío que calaba hasta los huesos.
Ante aquella pregunta repentina, doña Carmen tragó saliva de manera refleja, con un regusto amargo.
—¿A-a qué te refieres con eso, Alejandro?
—¡Basta, mamá! ¡No sigas evadiendo! Ya lo sé todo, todas las crueldades que le has hecho a Aurora a mis espaldas —la increpó Alejandro, con los ojos enrojecidos, conteniendo una emoción a punto de estallar.
Doña Carmen soltó un suspiro pesado, intentando dominar los nervios, y volvió a componer su gesto soberbio.
—¿Acaso esa mujer descarada te fue con el cuento?
—¿A quién llamas mujer descarada? —preguntó Alejandro, iracundo, con la mandíbula rígida.
—¿A quién más si no a esa pueblerina de baja estofa, Alejandro? —chilló doña Carmen, la voz aguda de fastidio—. ¡Te buscó a propósito en la capital y se hizo maestra de Mateo y Martina adrede! ¡Todo lo tenía planeado desde el principio, mujer taimada!
Al oír aquello, Alejandro no salía de su asombro. Cuán terrible era el veneno que la difunta Cintia había dejado, capaz de corromper hasta la razón de su propia madre.
—Ah… ¿así que a los ojos de mamá Aurora es así? —Alejandro soltó una risa seca, con una mirada de decepción profunda—. ¡Qué ingenua eres, mamá! ¡Tan fácil que fue creer las palabras podridas de Cintia!
—¡CÁLLATE, ALEJANDRO! —bramó doña Carmen, indignada—. ¡No vuelvas a hablar así de tu difunta esposa!
—¡Bah! ¡Esa mujer diabólica no merece que la llamen ser humano! —la cortó Alejandro con un grito no menos atronador—. Para que lo sepas, mamá: aquella noche sangrienta de hace doce años, ¡me tendieron una trampa! ¡Fueron Cintia y sus padres quienes tramaron toda aquella emboscada infame para meterse y apoderarse de la fortuna de los Bustamante! Yo jamás la toqué, mucho menos la forcé, y aquello fue puro efecto de la droga que me habían dado.
Doña Carmen se apretó las sienes, que de pronto le palpitaban de dolor.
—¿Hasta cuándo vas a seguir odiando a Cintia, Alejandro? ¡Ya murió!
—¡Hasta que me muera! ¡Hasta que me muera la seguiré odiando! ¡Esa mujer diabólica destrozó mi vida y me separó de Aurora!
El corazón de doña Carmen dio un vuelco.
Doña Carmen sacudió la cabeza con fuerza.
—¡Te equivocas, Alejandro! ¡La víctima de Aurora fue precisamente Cintia! ¡Allá en el pueblo, a Cintia siempre la calumniaban, y hasta fue Aurora quien la emborrachaba junto con unos jóvenes maleantes de ahí! ¡Aurora también planeó la noche en que tú deshonraste a Cintia! ¡Ella es la que está detrás de todo esto, y su familia tampoco es una familia decente!
Al oír aquella sarta de mentiras fantásticas salir de la boca de su propia madre, Alejandro soltó, al contrario, una carcajada aguda, una risa irónica cargada de frustración. Qué ingenuos habían sido sus padres todos estos años, tragándose enteras las palabras dulces de aquella boca venenosa que era Cintia.
—¡Aurora es una mujer decente y respetable, mamá! Es la mujer que amo con toda mi alma… y para siempre, ¡solo ella estará en mi corazón! —afirmó Alejandro con contundencia.
Mientras la tormenta de la discusión estallaba en el pasillo de la planta alta, Mateo y Martina, que escuchaban a escondidas desde la esquina del corredor, se quedaron helados. La oscura verdad del pasado que acababa de salir a la luz hacía que el pecho de los gemelos retumbara con fuerza.
—Oh, no… ¿Nuestra futura madrastra… resulta que es la maestra? ¿La profesora Aurora? —susurró Mateo, con los ojos desorbitados, incrédulo.
Martina, que sostenía en las manos un libro de tapa gruesa, se aferró al brazo de su hermano.
—Mateo… lo que está escrito en este diario de mamá… ¿la "Aurora" de la que habla es de verdad la profesora Aurora? —preguntó Martina en voz baja.
Un rato antes, Martina había encontrado por casualidad el diario de su difunta madre, guardado en el fondo del armario de la antigua habitación de su madre, que hasta entonces había estado vacía y deshabitada.
Mateo asintió despacio, enjugándose las lágrimas que se le habían acumulado.
—Eso parece, Martina. Aunque me da muchísima decepción descubrir que nuestra madre biológica obró tan mal y destrozó la vida de papá… al menos, ¡somos nosotros los que debemos reparar todo el mal que hizo mamá Cintia en el pasado! —dijo Mateo con firmeza, para tranquilizar a su hermana.
Martina asintió con decisión. Sin dudarlo más, salió a toda prisa de su escondite en dirección a su abuela y a su padre, aferrando con fuerza el diario.
Ojalá este diario de mamá pueda resolver todos estos problemas y calumnias… Ojalá papá y la profesora Aurora puedan volver a estar juntos y vivir felices, rezó Martina con sinceridad en su corazón.
Continuará…