Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 28
Capítulo 28
Me asusté.
Muchísimo.
Dante cayó conmigo sobre la cama y su boca quedó pegada a mi mejilla.
No fue un beso completo.
No fue nada grave.
Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Lo empujé.
Con manos.
Con rodillas.
Con toda la torpeza posible.
Dante rodó hacia un lado.
Y se golpeó la nuca contra la cabecera.
El sonido fue horrible.
—¡Dante!
Me incorporé de golpe.
—Perdón. Me puse nerviosa.
Él cerró los ojos un segundo y se tocó la parte de atrás de la cabeza.
—Estoy bien.
—Sonó fuerte.
—Mi cabeza aguanta.
—Eso no me tranquiliza.
Dante tenía el ceño fruncido, pero no parecía enojado.
Más bien cansado.
Y con fiebre.
La culpa me volvió a apretar el pecho.
Dante también sabía que se lo había buscado. Había usado la excusa de la debilidad para acercarse demasiado. Si ella lo empujó, era porque él la había tomado por sorpresa.
Además, con fiebre, no tenía la fuerza de siempre.
Por eso Ximena logró moverlo tan fácil.
—Búscame ropa —dijo al fin.
—¿Qué quieres ponerte?
—Lo que combine con la corbata que me diste.
Me quedé quieta.
—¿Vas a usarla?
—Para eso la compraste.
No supe por qué me dio tanto gusto.
Me levanté rápido y fui a su vestidor.
Elegí una camisa blanca, un traje azul oscuro y la corbata color vino. Con eso se veía menos rígido que con negro o gris.
Un poco.
Tampoco se podían hacer milagros con un hombre que parecía nacido para intimidar salas de juntas.
Dante se puso el pantalón y la camisa, pero se quedó sentado en la cama.
—Ayúdame con el saco.
—¿Te sientes muy mal?
—Un poco.
Lo ayudé a ponerse el saco.
Luego tomé la corbata.
Ahí empezó el problema.
Yo no sabía hacer nudos de corbata.
Ni idea.
Intenté recordar cómo me ataba el pañuelo del uniforme cuando era niña.
Dante me miró.
—No.
—¿No qué?
—Así no.
—Pues no sé.
—¿Nunca le has puesto corbata a un hombre?
—No. Tú eres el primero.
La cara de Dante cambió.
No sonrió del todo.
Pero algo se le suavizó.
—Mira.
Tomó los extremos de la corbata.
—Este lado más corto. Este más largo. Cruzas por encima, pasas por atrás, das vuelta...
Yo asentía.
Muy seria.
Muy concentrada.
Mentira.
Me distraje con sus manos.
Eran largas, limpias, con venas marcadas en el dorso y una fuerza tranquila en los dedos.
Manos de hombre adulto.
Manos que firmaban contratos.
Manos que anoche me habían sostenido de la cintura mientras yo intentaba no hacer ruido.
Me ardió la cara.
—¿Entendiste?
Volví a la tierra.
—Un poco.
Dante me miró.
—Un poco.
—Estabas hablando rápido.
No era cierto.
Había hablado perfecto.
Yo había pensado en cosas indecentes.
—Otra vez —dijo.
La segunda vez sí puse atención.
Casi toda.
—Ya entendí —dije—. La próxima vez puedo hacerlo.
Dante tomó mi mano y la puso sobre su pecho.
El calor de su cuerpo me subió por la palma.
—Ahora.
—¿Ahora qué?
—Deshazlo y hazlo tú.
Tragué saliva.
—Estás enfermo y sigues dando órdenes.
—Estoy enfermo, no muerto.
Retiré mi mano, fingiendo calma, y volví a tomar la corbata.
Esta vez hice el nudo despacio.
Mis dedos tocaron su camisa.
Su pecho.
La base de su cuello.
Cada roce me ponía peor.
Dante no se movía.
Pero me miraba.
Eso era casi peor.
Dante sintió los dedos de Ximena rozarle el pecho y tuvo que respirar más lento. Estaba enfermo, sí. Pero su cuerpo parecía no haber recibido el aviso.
La fiebre no explicaba todo ese calor.
La culpa era de ella.
O de sus manos.
O de la forma en que se mordía el labio cuando intentaba concentrarse.
Terminé el nudo y acomodé el cuello de la camisa.
—¿Qué tal?
Dante bajó la mirada.
—Bien.
—¿Sólo bien?
—Muy bien.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Aprendo rápido.
—Eso parece.
—También ayuda tener buen maestro.
Dante me miró.
—Tienes talento.
La frase me dejó quieta.
Era una tontería.
Sólo una corbata.
Pero sentí algo tibio en el pecho.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por decirlo.
—Es verdad.
Me reí bajito.
—Acabas de darme confianza por una corbata.
—¿Tan fácil?
—Cuando casi nadie te elogia, sí.
No quise decirlo tan directo.
Salió.
Dante se quedó mirándome.
Su expresión cambió.
Como si hubiera entendido algo que yo no quería explicar.
En casa de mis papás, los elogios tenían dueña.
Lorena podía sacar buenas calificaciones, bailar bien, equivocarse, llorar, respirar. Todo merecía atención.
Yo podía hacer las cosas bien y aun así pasar de largo.
Me acostumbré.
O eso creía.
Dante habló con seriedad.
—Entonces voy a elogiarte más.
Levanté la vista.
—¿Qué?
—Cuando hagas algo bien.
—¿Y si lo dices para que te ponga la corbata todos los días?
La esquina de su boca se movió.
—También.
—Lo sabía.
—Mientras funcione.
No supe qué responder.
Así que hice lo que mejor sabía hacer cuando algo me movía demasiado: cambié de tema.
—Bajemos a desayunar. Y luego medicina. Te está subiendo más la fiebre.
Dante me miró.
—Tú también estás roja.
—Por el calor de poner corbatas.
—Claro.
No me contradijo.
Bajamos.
Doña Rosa había preparado desayuno: huevos, pan tostado, fruta, café y jugo. Dante comió poco, pero comió. Yo lo vigilé como si pudiera obligar a la fiebre a portarse bien con la mirada.
Cuando terminó, pregunté:
—Doña Rosa, ¿dónde hay medicina para la fiebre?
—Yo la traigo, señora Ximena.
Doña Rosa me miró con una sonrisa.
—Qué pendiente está del señor Dante.
Me puse roja.
Dante también me miró.
—Sólo porque está enfermo —dije.
—Ajá —dijo doña Rosa, y se fue por la medicina.
El problema llegó cuando puso la pastilla sobre la mesa.
Dante la vio.
—No.
—¿No qué? —pregunté.
—No voy a tomar eso.
—Es medicina.
—Es amarga.
Lo miré.
—¿Tienes treinta años o cinco?
Doña Rosa suspiró.
—Así es cada vez que se enferma. Prefiere aguantarse.
—No estoy tan mal —dijo Dante.
Tosió.
La tos arruinó su argumento.
—Tómala —dije.
—No.
—Dante.
—Voy a la oficina.
Se levantó.
Lo agarré del brazo.
—No vas a ninguna parte sin tomar medicina.
Me miró la mano.
Luego mi cara.
—¿Me estás deteniendo?
—Sí.
—¿Y si me voy?
—No te dejo.
Doña Rosa se quedó quieta, disfrutando demasiado la escena.
Dante bajó la mirada hacia mí.
—Me va a doler a mí, no a ti.
—No me gusta verte mal.
La frase salió sola.
Dante se quedó mirándome.
Yo también me escuché.
Demasiado tarde para recogerla.
Él volvió a sentarse.
—Bien. Tú me la das.
—Perfecto.
Abrí el empaque antes de que cambiara de opinión.
—Abre la boca.
Dante obedeció.
Le puse la pastilla en la lengua y acerqué el vaso de agua.
—Rápido.
Bebió.
Frunció el ceño.
—Sigue amargo.
—¿Quieres miel?
—No.
—¿Agua con azúcar?
—No.
—Entonces qué...
Dante me miró la boca.
—Aquí hay algo dulce.
No entendí.
Hasta que se inclinó.
Me besó.
En la mesa.
Con doña Rosa enfrente.
Me quedé tiesa.
Su boca estaba caliente por la fiebre y todavía sabía un poco a medicina. El beso fue corto, pero me dejó sin reacción.
Doña Rosa soltó un sonido ahogado.
—Ay, yo no vi nada.
Y desapareció.
Empujé a Dante.
—¿Qué te pasa?
Él se recargó en la silla, mucho más tranquilo.
—Ya no sabe amargo.
Me tapé la cara.
—No tienes remedio.
De todos modos fue a trabajar.
Porque Dante Montalvo, al parecer, podía estar ardiendo en fiebre y aun así creerse indispensable.
Quise decirle que se quedara en casa.
No lo hice.
No quería sonar como esposa intensa.
Aunque, considerando que acababa de obligarlo a tomar medicina, quizá esa frontera ya la había cruzado.
Antes de ir a Robles Diseño, me vi con Sofía en un café para devolverle la caja.
La revisó.
—Está abierta.
—Sí.
—¿La abriste?
—No exactamente.
—Yuyu.
Suspiré.
—Se cayó en mi sala. Dante la vio cuando la recogió.
Sofía abrió mucho los ojos.
—¿Dante vio esto?
—Sí.
—¿Lo tocó?
—Probablemente.
Sofía se quedó callada tres segundos.
Luego me empujó la caja.
—Quédatela.
—¿Qué?
—Es tuya.
—No la quiero.
—Tu marido seguro sí.
—Sofía.
—No me digas que no reaccionó.
Me puse roja.
Eso fue respuesta suficiente.
—¿Ves? Quédatela. Yo compro otra.
—Era para Diego.
—Diego puede esperar. Dante ya la vio. El destino habló.
—El destino no habla con encaje transparente.
—Hoy sí.
Intenté devolvérsela.
Me la volvió a poner en las manos.
Al final terminó en mi coche.
No sabía para qué.
No quería saber para qué.
Tal vez algún día.
Tal vez nunca.
Llegué a Robles Diseño y mi papá me llamó a su oficina.
Primero preguntó por mi salud.
Correcto.
Breve.
Luego fue al punto.
—Cuando Dante se sienta mejor, vengan a comer a la casa.
—Está enfermo. Estos días no creo.
—Ya veo. Entonces cuando se recupere.
—Se lo diré.
Mi papá se acomodó detrás del escritorio.
—Yuyu, debes llevarte bien con él. Ahora eres su esposa. Si pueden tener un hijo pronto, mejor. Eso te daría más estabilidad.
Me quedé mirándolo.
Siempre era lo mismo.
Una mujer tenía que asegurar posición.
Un hijo como candado.
Un matrimonio como contrato que se reforzaba con sangre.
—Eso se dará cuando tenga que darse —respondí.
—No digo que lo fuerces.
—Tampoco depende sólo de mí.
Mi papá entendió algo.
Tal vez pensó que Dante no quería hijos pronto.
No insistió.
—Está bien. Puedes irte.
Salí de la oficina con el cuerpo más pesado que antes.
En Grupo Montalvo, Dante convocó junta apenas llegó.
No duró mucho.
Tosió varias veces.
Su voz se volvió más ronca.
Los directivos fingieron no preocuparse demasiado, pero Saúl ya estaba listo con agua, pañuelos y cara de emergencia.
Dante terminó la reunión antes de tiempo.
—Manden los documentos revisados con Saúl.
Volvió a su oficina y bebió agua.
Un vaso.
Otro.
La medicina no estaba haciendo nada.
O peor.
Lo estaba haciendo sentir más pesado.
En la casa, doña Rosa revisó la caja de pastillas después de ordenar la cocina.
Se quedó helada.
La fecha estaba vencida.
—Ay, Dios mío.
No se atrevió a llamar a Dante.
Llamó a Ximena.
Yo estaba revisando unos archivos cuando entró la llamada.
Doña Rosa casi nunca me llamaba a esa hora. Normalmente mandaba mensaje al final del día para preguntar si cenábamos en casa.
Así que salí a la sala de café y contesté.
—Doña Rosa, ¿todo bien?
—Señora Ximena, qué pena. La medicina que le di al señor Dante estaba caducada.
—¿Caducada?
—Sí. No vi la fecha. La saqué rápido. Ay, no sé si le hará daño.
Sentí que el pecho se me apretaba.
—Tranquila. No creo que sea algo grave.
—¿Puede llamarle? A mí me da pena.
—Sí. Yo le marco.
Colgué.
Me quedé mirando el celular.
Tenía el número de Dante, claro.
Pero casi nunca le llamaba.
Los mensajes entre nosotros eran pocos: horarios, llegadas, cosas prácticas.
Su contacto estaba guardado como `Mi esposo`.
Qué raro se veía.
Respiré hondo.
Toqué llamar.