Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 27
Al día siguiente, Valentina hizo todo lo posible por borrar de su mente lo ocurrido aquella noche. Una noche ardiente que había compartido con Adrián.
Por eso intentó sepultarse bajo una montaña de trabajo. Tenía la esperanza de que la vorágine de pendientes fuera suficiente para desterrar cada recuerdo de lo sucedido. Sobre todo al revivir sus propios gemidos, lo cual le provocaba una rabia feroz contra sí misma.
Ese día, Valentina tenía programada una visita de campo a una de las sucursales de la empresa, ubicada en las afueras de la ciudad.
Toc, toc, toc
De pronto, alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dijo Valentina sin levantar la vista, mientras acomodaba documentos importantes dentro de su portafolio.
Emiliano entró con una sonrisa.
—Valentina, me enteré de que vas a hacer una visita a la zona de las afueras.
Valentina alzó el rostro un instante y lo miró con expresión neutra.
—Sí, así es. Tengo que hacer un relevamiento importante allá.
Los ojos de Emiliano brillaron, cargados de esperanza.
—Entonces déjame acompañarte. El camino hasta allá es bastante largo.
Pero Valentina necesitaba mantener la distancia con Emiliano. No quería dar pie a malentendidos.
Lo rechazó con firmeza.
—No hace falta, Emi. Alguien más va a acompañarme.
—¿Quién? —preguntó Emiliano de inmediato, arqueando una ceja.
—Lola —respondió Valentina—. Voy a ir con Lola. Al fin y al cabo, es mi asistente.
Emiliano no tuvo más remedio que soltar un suspiro de frustración. Se moría por tener la oportunidad de estar a solas con Valentina.
Pero al menos sintió cierto alivio: lo importante era que no fuera con Adrián. No iba a permitir que la relación entre ellos se estrechara más.
...
Valentina partió acompañada de Lola. Contemplaron una extensión de terreno enorme, ideal para convertirla en un centro turístico.
—El lugar es bastante estratégico. Me parece perfecto para un desarrollo turístico —murmuró Valentina.
Lola asintió.
—Estoy de acuerdo.
Sin embargo, el cielo despejado se cubrió de nubarrones grises de un momento a otro. Al poco rato, un aguacero brutal se desplomó sobre ellas y las empapó de pies a cabeza.
Las dos entraron en pánico.
—¡Dios mío! ¡Está lloviendo!
Echaron a correr en busca de algún lugar donde guarecerse, ya que estaban demasiado lejos del coche.
...
Esa noche, Adrián acababa de llegar del trabajo. Se sentó en la sala principal de la mansión y dejó escapar un suspiro profundo, porque la verdad era que no podía sacarse de la cabeza la noche de pasión con Valentina. El cuerpo de esa mujer era una adicción.
Adrián recorrió la mansión con la mirada. Esa noche no la veía por ningún lado.
¿Dónde se metió?
Alzó la voz para llamarla.
—¡Valentina, quiero algo de tomar!
Podía servírselo él mismo, por supuesto, pero fingía necesitarla solo para poder verla.
—¡Valentina! —volvió a gritar.
La llamó varias veces. La inquietud empezó a roerle el pecho.
¿Por qué no contesta?
Se dirigió a grandes pasos hacia la habitación de Valentina, decidido a comprobar si estaba ahí.
—¡Valentina! —la llamó mientras abría la puerta de golpe.
Se quedó petrificado al ver el estado en que se encontraba.
Valentina yacía desplomada sobre la cama, temblando bajo una cobija gruesa. Tenía el rostro ceniciento, consumido por una fiebre altísima.
—¡Valentina! ¿Qué te pasó? —exclamó Adrián, y salió disparado hacia la cama.
Le puso la mano en la frente. Se le heló la sangre al sentir lo ardiente que estaba su piel.
—¡Tienes fiebre, Valentina! —murmuró con un tono que delataba una angustia genuina.
Su rostro, habitualmente gélido, se suavizó por completo. Jamás había sentido un pánico semejante, ni siquiera al enfrentar la crisis empresarial más dura de su vida.