Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 2
La limusina avanzaba silenciosa por las calles iluminadas de la ciudad, pero dentro de ella reinaba una tensión tan densa que costaba respirar. Aarón permanecía recostado en el asiento de cuero oscuro, con la mirada fija en la nada, sin haber pronunciado una sola palabra desde que salieron del teatro. Irina, sentada a su lado, jugaba distraída con los diamantes de su collar, mordiéndose por dentro la rabia que le consumía. Decidió romper el silencio con tono calculado, fingiendo una calma que no sentía.
—Parece que esa actriz te ha dejado muy pensativo —dijo ella, con una media sonrisa que intentaba parecer despreocupada—. Debo reconocer que tenía talento, pero no es para tanto como para perder el habla, ¿no crees?
Aarón giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos eran dos pozos oscuros donde no se leía absolutamente nada.
—Tú no ves más allá de lo que brilla, Irina. Para ti todo se reduce a joyas, vestidos y cenas de gala. Pero esa mujer… ella tiene algo que tú nunca has tenido: alma.
Las palabras cayeron como un latigazo. Irina enderezó la espalda, apretando los labios hasta que se pusieron blancos.
—¿Alma? ¿Le llamas alma a una muchacha que seguramente haría cualquier cosa por unos cuantos billetes? No seas ingenuo, Aarón. Conozco a las mujeres como ella: fingen dulzura y nobleza hasta conseguir lo que quieren. Y tú, con tu inmenso poder, eres el objetivo perfecto.
Él soltó una risa seca, carente de toda alegría.
—¿Crees que busco su dinero? —se inclinó hacia ella, bajando la voz hasta que sonó aterrador—. Yo lo tengo todo. Lo que quiero… es poseerla a ella. Hacerla mía por completo. Que respire cuando yo se lo ordene, que hable cuando yo lo desee.
Irina sintió que el corazón se le detenía.
—¿Estás loco? ¡Vas a casarte conmigo! Todo el mundo lo sabe. ¿Qué dirán tus socios? ¿Qué dirá tu familia si te ven persiguiendo a una desconocida? ¡Eres Aarón De Santis! No puedes rebajarte así.
—Nadie dirá nada —cortó él con firmeza—. Porque nadie se atreve a cuestionarme. Y nuestra boda seguirá adelante, no te preocupes. Tú seguirás siendo la señora De Santis, la mujer que estará a mi lado en las cenas y en las fotos. Pero no cometas el error de confundir mi posición con mis deseos. Yo decido qué toco y qué dejo. ¿Quedó claro?
Sin esperar respuesta, pulsó el intercomunicador para hablar con su asistente, que viajaba en el asiento delantero.
—Ramiro. ¿Ya tienes todo lo que pedí?
—Sí, señor —respondió la voz del hombre desde el altavoz—. Aquí tengo su expediente completo. Antonia Valentini, veintitrés años. Vive en el barrio Las Acacias, en una casa pequeña que heredó de su padre. Su madre, Elisa, sufre fibrosis pulmonar y necesita tratamiento costoso que no pueden pagar. Tiene un hermano de diecisiete años, Lorenzo, que aspira a estudiar ingeniería. No tienen a nadie más. Ningún pariente rico, ningún protector… nada.
Aarón asintió, y una expresión de satisfacción malvada cruzó su rostro.
—¿Ningún protector? Perfecto. ¿Cuánto deben en la clínica?
—Casi veinte mil dólares. Y si no pagan antes del viernes, suspenderán el tratamiento por completo.
—Veinte mil —repitió él, como si hablara de unas monedas—. Una suma tan pequeña para cambiar toda una vida.
Irina lo miró horrorizada, comprendiendo hacia dónde iba todo.
—No vas a… Aarón, por favor. No la obligues. Eso es cruel.
—¿Cruel? —él la miró con frialdad absoluta—. Yo le ofrezco salvar a su madre, asegurar el futuro de su hermano. Yo le ofrezco salir de la miseria. Lo único que pido a cambio… es que ella se entregue a mí. ¿Qué mujer rechazaría ese trato?
—¡Una mujer que tenga dignidad! —gritó ella, sin poder contenerse más.
Aarón se acercó a su rostro, tan cerca que pudo sentir su aliento helado.
—Pues entonces aprenderá a perderla. Mañana irás a su casa, Ramiro. Le entregarás una tarjeta con mi dirección y la hora exacta a la que debe presentarse en mi despacho. Dile que tengo la solución a todos sus problemas… siempre que acepte mis condiciones.
—¿Y si se niega? —preguntó el asistente.
Aarón miró por la ventana, viendo cómo la ciudad pasaba a toda velocidad ante sus ojos.
—Le dices que si no viene… se asegurará de que su madre no consiga ni una pastilla más en ninguna clínica de este país. Y que su hermano será expulsado de todos los institutos. Que yo tengo el poder de hacerles pedazos la vida… o de hacerla perfecta. Que ella elija.
En ese instante, Irina comprendió que nada ni nadie lo detendría. Se reclinó en su asiento, cruzándose de brazos y fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.
—Haz lo que quieras —murmuró, con voz áspera—. Pero ya verás como en cuanto consiga lo que busca, se aburrirá de ella en dos semanas. Tú eres demasiado para una muchacha sin nada. Volverás a mí, como siempre.
Aarón no le respondió. Solo acarició con el dedo el cristal de la ventana, imaginando el rostro dulce de Antonia pidiéndole perdón, obedeciéndole, siendo suya.
—No —susurró para sí mismo, tan bajo que ella no lo oyó—. Esta vez no será como las demás. Esta vez… la haré mía para siempre.
Mientras la limusina se perdía en la oscuridad camino a la mansión, en la humilde casa de las afueras, Antonia permanecía despierta junto a la cama de su madre, rezando por un milagro, sin saber que el milagro que estaba por llegar tenía garras y cadenas.
Aarón entró a su despacho y dejó caer los papeles sobre el escritorio con un golpe seco. Irina lo siguió, cerrando la puerta tras de sí.
—¿De verdad vas a perder el sueño por una cualquiera? —le preguntó con tono cortante.
Él se giró lentamente, mirándola con ojos de hielo:
—No es una cualquiera. Es mía.
—Aún no sabes ni cómo suena su voz.
—No hace falta —respondió él acercándose—. Ya sé que temblará cuando me vea. Y sé que aceptará. Porque no tiene otra opción.
Irina apretó los puños:
—Te estás cegando, Aarón.
—Me estoy asegurando lo que deseo —soltó él con frialdad—. Y recuerda: no te metas en mi camino.