El matrimonio que lloré a escondidas
Una historia real de amor, un bebé milagro y un duelo que nadie vio
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Capitulo 4 - Julio y los papeles imposibles
Julio de 2024 fue el mes más largo y más cansado de mi vida. Si el año y medio de curiosidad fue difícil por la espera, julio fue difícil por las puertas que me cerraron en la cara. Porque una cosa es amarse por teléfono y otra cosa es querer casarse de verdad, con papeles, con firma, con ley, cuando uno de los dos no puede salir a hacer ningún trámite.
Cuando él me pidió que nos casáramos en serio, yo le dije que sí sin pensar en todo lo que venía. Yo pensé que era como casarse normal, que vas al registro, firmas y ya eres esposa. Pero no. Cuando tu pareja está en un lugar como donde estaba él, nada es normal. Todo es el doble de difícil, el doble de vueltas, el doble de dinero y el triple de humillaciones.
Lo primero que me dijeron fue que necesitábamos un abogado. Que no nos podíamos casar si no teníamos a alguien que nos representara, que llevara los papeles de un lado a otro, que supiera cómo se le hace cuando uno de los dos está privado de su libertad. Y los abogados cobran caro. Muy caro. Yo no tenía mucho dinero, apenas me alcanzaba para mis cosas, para mi casa, para mis vueltas. Pero dije "no importa, lo voy a conseguir". Porque cuando quieres algo de verdad, el dinero sale de donde no tienes.
Mi suegra me ayudó mucho en ese mes. Ella fue la que me dijo "Mari, yo conozco a alguien que nos puede ayudar con los papeles, pero tienes que moverte tú porque yo ya estoy grande y no puedo andar tanto". Y yo le dije que sí, que yo me movía. Que yo hacía todo lo que se necesitara.
Me acuerdo que me levantaba a las 5 de la mañana para ir a hacer fila a las oficinas. Llegaba y ya había gente formada desde las 4. Y el sol de Tijuana en julio quema horrible. Estaba ahí parada horas, con mis papeles en una carpeta de plástico para que no se me maltrataran, con mi botella de agua, esperando que me tocara turno. Y cuando por fin me tocaba, la persona de la ventanilla me veía, veía que mi pareja estaba interno y me decía con una cara de fastidio: "Te faltó este papel". Y yo le decía "pero ayer me dijeron que solo era este". Y me contestaba "no, es este otro, regresa mañana". Y así me traían, vuelta y vuelta, día tras día.
Había días que me regresaba llorando a mi casa. Llorando de coraje, de impotencia. Me sentaba en el camión y pensaba "¿por qué me ponen tantas trabas si lo único que quiero es casarme con el hombre que amo? ¿Qué de malo estoy haciendo?". Yo no estaba pidiendo que lo dejaran salir, no estaba pidiendo que le perdonaran nada. Solo estaba pidiendo que me dejaran ser su esposa legalmente. Que me dejaran tener el derecho de ir a verlo, de llevarle comida, de estar con él en visita íntima, de que si se enfermaba me avisaran a mí. Solo eso.
Mi esposo me hablaba todos los días y me preguntaba "¿cómo vas con los papeles, mija?". Y yo no le quería decir que me estaban tratando mal, que me estaban humillando, para que él no se preocupara allá adentro, porque él no podía hacer nada y se iba a sentir peor. Así que le decía "bien, ya casi, ya mero". Y él se ponía contento. Me decía "ya quiero que seas mi esposa, Mari, ya quiero que todo el mundo sepa que eres mía".
Pero por dentro yo sentía que no iba a poder. Que eran demasiados requisitos. Me pedían actas de nacimiento certificadas, comprobantes de domicilio, identificaciones, constancias de no sé qué, cartas de no antecedentes, estudios médicos, pláticas prematrimoniales que yo tuve que tomar sola porque él no podía ir, y luego me dijeron que él también tenía que tomarlas allá adentro con un psicólogo que nunca tenía tiempo para atenderlo.
Una vez me pidieron que llevara testigos. Y yo no tenía a quién llevar porque nadie en mi casa sabía que me iba a casar. Solo mi suegra y una amiga sabían. No podía llevar a mi familia porque me iban a juzgar, me iban a decir que estaba loca. Así que tuve que pedirle a dos vecinos que casi no conocía que me hicieran el favor de firmar como testigos. Les inventé que era para un trámite de mi casa. Me dio mucha vergüenza, pero lo hice. Por él hice cosas que nunca pensé que iba a hacer.
Lo más difícil de julio no fueron los papeles. Fue la gente. La gente en las oficinas que te ve con asco cuando dices que te vas a casar con alguien que está preso. Te miran de arriba abajo, te juzgan, murmuran entre ellas. Una vez una señora que estaba formada atrás de mí me dijo "¿y tú por qué te quieres casar con un delincuente? ¿Qué no hay hombres afuera?". Me dolió tanto que me tuve que salir de la fila para llorar en el baño. Porque ella no sabía que él era bueno, que él era cariñoso, que él nunca me había faltado al respeto, que él me había enseñado a quererme más. Ella solo veía un número, un expediente, un delito. Yo veía al hombre que me cantaba cuando tenía miedo de los truenos.
Llegó un punto a finales de julio que yo ya no tenía dinero para las copias, para los camiones, para las actas. Y le dije a mi esposo llorando por teléfono "ya no puedo, mi amor, me piden mucho y ya no tengo". Y él se quedó callado un ratito y me dijo "no te preocupes, mija, yo voy a ver cómo le hago aquí adentro para conseguir y te mando". Y a los dos días mi suegra me habló y me dijo "Mari, mi hijo me dijo que te diera esto para tus vueltas". Y me dio un dinerito que él había conseguido allá adentro trabajando, haciendo artesanías, vendiendo cosas. Me dio tanto sentimiento que me puse a llorar ahí con mi suegra. Porque él, sin tener nada, me estaba dando todo lo que tenía para que yo pudiera casarme con él.
Ese gesto me dio fuerzas para seguir. Dije "si él no se rinde allá adentro, yo no me voy a rendir aquí afuera". Y seguí yendo, todos los días, con mi carpeta, con mi botella de agua, aguantando el sol, aguantando las caras, aguantando los "te faltó este papel, regresa mañana".
Hasta que un día, a finales de julio, después de casi un mes de vueltas, la señorita de la ventanilla me revisó todo, selló un papel y me dijo "ya está, ya puedes pasar a la siguiente oficina para que te den fecha". Yo pensé que no había escuchado bien. Le dije "¿ya? ¿Ya está todo?". Y me dijo que sí, que ya estaba completo. Que solo faltaba que nos asignaran fecha para la boda.
Salí de esa oficina caminando como si flotara. No me la creía. Marqué luego luego a mi esposo, pero no me contestó porque no era hora de llamadas. Así que le marqué a mi suegra gritando "¡Suegra, ya me aceptaron los papeles, ya nos vamos a casar!". Y ella también gritó de alegría del otro lado. Lloramos las dos por teléfono. Porque solo nosotras dos sabíamos todo lo que había costado ese sello.
Esa noche cuando por fin me pudo marcar mi esposo, le di la noticia. Le dije "mi amor, ya nos dieron fecha, nos casamos el 23 de octubre". Y él se quedó mudo. Y luego empezó a llorar. Era la primera vez que lo escuchaba llorar de felicidad. Me decía "gracias, mija, gracias por no dejarme solo, gracias por pelear por nosotros". Y yo también lloraba. Llorábamos los dos, cada quien en su lado del teléfono, pero juntos.
Julio me enseñó que casarse no es solo firmar un papel. Casarse es pelear por ese papel. Es aguantar humillaciones, es gastar lo que no tienes, es ir a lugares donde no te quieren ver, es defender tu amor frente a gente que no cree en el amor.
Y yo lo defendí. Y lo gané. Porque el 23 de octubre, gracias a todo lo que sufrí en julio, por fin iba a ser su esposa.