Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 27
Cuando terminó de bañarse y cambiarse, Camila cargó a Mateo y salió de la casa. Esa noche había prometido al doctor Gabriel que iban a cenar juntos en el restaurante.
—Camila, ¿a dónde vas? —preguntó Santiago; al parecer el hombre la había seguido hasta el porche.
Camila detuvo los pasos pero no quiso voltearse; susurró al oído de Mateo. —Despídete de Papá primero —dijo Camila bajando a Mateo; por mucho odio que le tuviera a Santiago, no iba a enseñarle a su hijo a faltarle el respeto.
—Mateo va a cenar con Mamita y el doctor Layyan en el restolán, Pa —informó Mateo con honestidad.
—¿A esta hora de la noche? —preguntó Santiago con un tono elevado, lo que sobresaltó a Mateo, que corrió a refugiarse en los brazos de Camila.
Camila cargó a Mateo y se dio la vuelta para responder la mirada afilada de Santiago. —Pues se llama cena, doctor... ¿O cómo iba a llamarse si es de día? En ese caso sería almuerzo. Con su permiso... —Camila siguió su camino sin hacer caso de la mirada de Santiago, que al parecer no estaba de acuerdo con que ella saliera.
Santiago siguió a Camila, que caminaba hacia la salida del portón. En la calle, el doctor Gabriel ya esperaba recostado en un coche negro bastante llamativo. El apuesto joven le sonrió con calidez a Camila, que cargaba a Mateo, y le abrió la puerta del coche. El corazón de Santiago ardió de celos al verlo, pero se quedó quieto sin decir nada.
Santiago observó a Camila, que ya estaba sentada adelante con Mateo en el regazo; su rostro brillaba, muy diferente al de cuando estaba dentro de la casa. Camila llevaba puesta la ropa que usaba en aquellas noches especiales que habían tenido juntos. Santiago podía ver la sonrisa suave en los labios de Camila al saludar al doctor Gabriel. Su corazón echaba de menos ese momento de verdad.
—Tranquilo, Santiago; tú mismo la desaprovechaste —se susurró a sí mismo, mientras presionaba la sensación de calor que empezaba a crecer en su pecho. Su mano izquierda se aferró sin darse cuenta al candado del portón como señal del arrepentimiento. Era muy consciente de que ya no estaban juntos, de que Camila tenía derecho a vivir su propia vida. Pero sentía como si algo lo atravesara por dentro cuando vio al doctor Gabriel ayudando con delicadeza a abrocharle el cinturón de seguridad en el hombro a Camila, mirándola además con una atención llena de cariño.
Camila pareció sentir que alguien la miraba y se volvió un instante hacia Santiago con una expresión difícil de descifrar.
Santiago levantó el mentón rápidamente y le dedicó una sonrisa que esperaba que pareciera tranquila y sincera. Sin embargo, Santiago tuvo que llevarse un chasco porque Camila se volvió de inmediato. —Que la cena te salga bien, Camila —dijo para sus adentros, aunque su corazón seguía preguntándose por qué ya no era él quien estaba sentado al lado de Camila.
Cuando el coche del doctor Gabriel empezó a alejarse, Santiago se quedó un momento más ahí, respirando el aire de la noche, un poco frío. Se dio unas palmadas en el pecho suavemente, intentando que el corazón agitado que tenía volviera a la calma. —¿Debería rendirme y cederle el paso al doctor Gabriel, que es mi propio empleado? —se preguntó a sí mismo. Cuando Santiago estaba a punto de darse la vuelta para entrar, otro coche se detuvo fuera del portón.
Era Luna; y todavía alcanzó a ver que Mateo se iba con Camila.
—¿A dónde van, cariño? ¡Nadie tiene permitido llevarse a Mateo sin mi autorización, y mucho menos esa enfermera! —gritó Luna de repente como una tormenta.
El grito sobresaltó a Santiago, que por reflejo se tapó los oídos con las palmas. Su esposa, que acababa de salir del coche, estaba justo frente a Santiago, el rostro encendido y dominado por la rabia, con los dedos aferrados con fuerza al portón.
—Luna, cálmate. No malinterpretes las cosas; van a llevar a Mateo a una revisión médica —mintió Santiago a la fuerza con una voz que mantuvo tranquila; pero Luna lo interrumpió enseguida.
—¿Qué revisión? ¡Es solo una excusa! —protestó Luna mirando a Santiago con enojo, porque en su opinión Santiago era demasiado blando y dejaba que Mateo se fuera con Camila.
Luna no quería escuchar ninguna explicación de Santiago, lo que hizo que el hombre se dejara llevar por la emoción. La miró sin expresión, acordándose de la queja de Mateo: «me pellizcó Mommy». Santiago entró a la casa dejando a Luna afuera primero.
Luna lo persiguió; el guardia de seguridad que estaba frente al portón solo pidió perdón a Dios al ver la pelea entre ellos. —Los ricos nomás se pelean; con mi esposa yo nunca peleo aunque vivamos justo y apretados, ¿verdad, cariño? —dijo el chofer dándole una palmada en el hombro a Nana, su esposa, que también presenciaba la pelea.
—Ay —dijo Nana avergonzada de que la llamaran así en ese momento tan extraño.
Mientras tanto, en la sala, el fuerte sonido de los zapatos de Luna resonó mientras perseguía a Santiago. —Espera, cariño —dijo Luna agarrando la mano de su esposo cuando lo tuvo enfrente.
—No solo te pongas a gritar, Luna; Mateo no quiere estar contigo porque tú misma eres la culpable.
—¿Yo? —dijo Luna señalándose el pecho; ella trabajaba día y noche solo por Mateo, y la culpaban a ella.
—No finjas que no lo sabes, Luna. Tú le pellizcaste el muslo a Mateo hasta dejárselo rojo, ¿o no? —dijo Santiago al fin sin poder contener la rabia; su voz sonó más alta de lo habitual. —Dices que te preocupa que Mateo esté cerca de Camila, ¿pero qué haces tú? —continuó Santiago.
Luna se quedó atónita al escucharlo, pero enseguida se defendió. —¡Es que él no me hace caso! ¡Solo quería recordarle que no destruyera mis cosas.
—Recordarle no significa pellizcarle, Luna. ¡Mateo es un niño pequeño! —gritó Santiago, con los ojos rojos de rabia. —Vi las marcas en su muslo cuando salía. ¡Ni siquiera se atrevía a decirme por qué le dolía el muslo!
—No era mi intención, cariño. Solo quería enseñarle —dijo Luna con una voz que se fue suavizando un poco, aunque intentó mantenerse firme. —¡Él tiene que aprender a respetarme como madre!
Santiago exhaló hondo; la mano se le fue al cabello, frustrado. —¿Sabes lo que me dijo Mateo ayer, Luna? Me dijo: "Papá, ¿por qué Mommy Luna siempre me grita y me pellizca seguido?" —repitió Santiago imitando las palabras de Mateo.
—¡Él prefiere irse con Camila porque a su lado se siente seguro! —Santiago todavía no se atrevía a admitir que Camila era su exesposa. Si Luna llegaba a saberlo, estallaría una guerra aún más devastadora.
—Perdona, cariño; no lo vuelvo a hacer —dijo Luna con los ojos húmedos, adoptando una expresión melancólica.
Al llegar a ese punto, Santiago ya no pudo mantenerse firme y tomó a su esposa de la mano para llevarla al cuarto; la pareja se reconcilió. En la cama, Luna, después de bañarse, jugueteaba con el vello del pecho de Santiago. —Cariño —le dijo con voz mimosa.
Cuando llegaba a ese punto, Santiago sabía que su esposa quería algo. —¿Qué...?
—Vamos a irnos de esta casa, cariño. Nos llevamos a Mateo y vivimos felices. Sin Camila que nos moleste, sin tu madre que siempre se meta en nuestros asuntos. Vamos, cariño; tu dinero es mucho; aunque quisieras comprar casas y terrenos por hectáreas podrías hacerlo; no podemos seguir viviendo en casa de tus padres. O si quieres, vivimos en la casa de tu exesposa; a mí no me importa.
Continuará…