Valeria Wiranata creía saberlo todo sobre su vida: un matrimonio estable, un hogar donde creció, una familia que la aceptó. Pero la noche de Año Nuevo, todo se derrumba cuando descubre a su esposo Adrián en la cama con su propia hermanastra, Ámbar.
Divorciada y despojada de todo, Valeria se enfrenta a una verdad todavía más devastadora: la familia que la crió jamás la quiso. Roberto Kusuma, el hombre al que llamó padre durante años, solo la acogió por interés. Patricia, su madrastra, la trató como sirvienta. Y Ámbar, la hija consentida, le robó al marido sin remordimiento alguno.
Cuando la vida de Valeria parece tocar fondo, aparece Dominic Alexander: el CEO más temido del mundo empresarial, frío como un témpano ante todos... excepto ante ella. Dominic no solo le ofrece un puesto como directora de una empresa recién adquirida, sino que empieza a desmantelar, una por una, las vidas de quienes la lastimaron.
Pero Dominic guarda un secreto: conoce a Valeria desde la infancia. Y sabe algo sobre su verdadero origen que cambiará para siempre el tablero de poder.
Detrás de cada movimiento corporativo hay una jugada personal. Detrás de cada acto de venganza, un acto de amor. Y detrás de la mujer que todos subestimaron, se esconde la heredera de una de las fortunas más grandes del país.
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El arrepentimiento de Ámbar
El sonido del código de acceso se escuchó en la puerta.
La puerta se abrió.
Los tres miraron en la misma dirección.
—¿Usted? —reaccionó Roberto. No era quien esperaba.
—¿Cómo está, estimado señor Kusuma? —lo saludó con una sonrisa cínica.
—¡Átenlos juntos! —una voz de mando salió del hombre que acababa de entrar.
Los hombres de complexión robusta ejecutaron la orden de inmediato.
—¿Qué están haciendo? —Patricia forcejeó, igual que Ámbar.
—¿Cómo se atreven a maltratar a una mujer embarazada? —gritó Ámbar.
Nadie le hizo caso.
Dominic se sentó cruzando las piernas, con los brazos sobre el pecho.
—¿Todavía no se cansan de jugar? —preguntó con tono intimidante.
—Yo no creo haberlo molestado, señor Dominic —Roberto se defendió.
—¿No? Pues yo sí me siento molestado —respondió Dominic.
—Entrégueme la prueba que tiene en su poder, señor Kusuma —ordenó.
—Ja, ja, ja. ¿Así que es eso? Eso no tiene nada que ver con usted, señor Dominic. No se moleste en ocuparse de nosotros —Roberto se rio.
—Sí tiene que ver —sentenció Dominic. La risa de Roberto se apagó de golpe.
Dominic se puso de pie.
—Todo lo que involucre a Valeria Wiranata es asunto mío.
Roberto se estremeció cuando Dominic se le acercó.
—¿Quién? ¿Valeria? ¿Esa malagradecida? —intervino Patricia.
La bofetada aterrizó limpiamente en la mejilla de Patricia.
—Señor Dominic, no se deje engañar por la cara de mosca muerta de Valeria. ¿Sabe usted la verdadera razón por la que ella se separó de Adrián? —Ámbar comenzó a manipular la situación.
—Porque usted fue su siguiente objetivo. Valeria es una interesada. Y además, estéril —continuó Ámbar, convencida de que Dominic caería en su provocación.
—Para que lo sepa, señor, Valeria no es mi hija biológica —declaró Roberto.
Ámbar giró hacia su padre, incrédula. El rostro de Dominic, en cambio, no mostró la menor sorpresa.
—Señor Dominic, está cometiendo un grave error al retenernos aquí —dijo Patricia.
—Bruno, dile a tu gente que les dé una lección —ordenó Dominic.
—Señor, ¿por qué nos castiga? ¿Qué hicimos?
—Extorsión y amenazas —respondió Dominic.
Las grabaciones de conversaciones y los mensajes de texto fueron reproducidos.
—Con esto les alcanza para pudrirse en la cárcel —añadió Dominic.
—¿Nos está amenazando? —replicó Roberto.
—Qué bueno que lo entienda —Dominic necesitaba obtener la prueba que Roberto tenía en su poder.
—Y en cuanto a ti —señaló a Ámbar.
—Sumamos calumnia y difamación.
—Adelante, si no hay pruebas —respondió Ámbar.
—Ah, una cosa más —Dominic recordó un detalle.
—Adulterio —dijo con frialdad. Ámbar enmudeció.
—Piénselo bien, señor Kusuma. Con o sin su ayuda, conseguiré esas pruebas —advirtió Dominic.
—Bruno, déjalos respirar por hoy. Pero mañana... —Dominic dejó la frase en el aire.
—Nosotros lo vamos a denunciar a usted, señor Dominic —gritó Patricia.
—El cargo de secuestro le queda como anillo al dedo —añadió.
—Adelante, si pueden —respondió Dominic con una sonrisa diabólica.
Se levantó y le hizo una seña a Bruno para que les diera un escarmiento a los Kusuma.
—Mañana entrégalos a las autoridades.
* * *
Dominic y Bruno regresaron de inmediato al recibir la noticia de Ernesto Wiranata sobre lo que había sucedido en la empresa W, además del reporte del guardaespaldas que seguía a Valeria en secreto.
Dominic le pidió a Wiranata que volviera al restaurante y retuviera a Valeria ahí mientras él actuaba.
El pasado de Valeria debía resolverse de una vez por todas.
* * *
—Papá, ¿de verdad ella no es mi hermana de sangre? —preguntó Ámbar, conteniendo una curiosidad enorme, una vez que los devolvieron al cuarto donde estaban antes de la visita de Dominic.
—Mmh —asintió Roberto.
—¿Cómo fue? —Ámbar se puso en modo de escucha.
Roberto soltó un largo suspiro.
—Valeria es la hija que Isabel Wijaya, mi primera esposa, trajo consigo cuando nos casamos —empezó Roberto.
—¿Pero por qué lo ocultaste? —Ámbar no lo entendía.
—Fue petición de Isabel Wijaya. Y a cambio, yo recibí acciones de la empresa Wijaya —explicó Roberto.
—¿Mamá lo sabía? —Patricia asintió.
—Entonces, ¿fui la única que no lo sabía? —preguntó Ámbar.
—¿De qué habría servido que lo supieras antes? —dijo Patricia.
—Claro que habría servido. Podría haberla hecho sufrir todavía más —dijo Ámbar con tono de remordimiento.
—Sigue, papá —le pidió que continuara.
—Y lo estúpido de mi parte fue no darme cuenta de que esa tonta le dejó el veinticinco por ciento de las acciones a su hija —Roberto apretó los puños.
—Eres un tonto, papá —le espetó Ámbar.
—¿Qué dijiste? —se alteró Roberto.
—Si fueras inteligente, la empresa Wijaya no habría quebrado ni la habría comprado Dominic por una miseria —se burló Ámbar.
—¿No fue que tú solo continuaste con la empresa Wijaya? ¿Y que la empresa pertenecía a la familia Wijaya? —Ámbar seguía con dudas.
—Exacto. Por eso me casé con Isabel Wijaya —dijo Roberto con orgullo.
—¿Y mamá? —Ámbar miró a Patricia, que estaba más callada de lo normal.
—Tu madre fue mi primer amor. Durante todo mi matrimonio con Isabel Wijaya, mantuve la relación con ella —continuó Roberto.
—Tsk, son repugnantes —opinó Ámbar con sinceridad.
Esa infidelidad fue lo que enfermó a Isabel Wijaya y la llevó a la muerte.
—No te hagas la santa. Tú hiciste lo mismo —le recordó Patricia. Porque su hija se había liado con Adrián cuando él todavía era el esposo legítimo de Valeria.
Ámbar torció la boca, ofendida por el comentario de su madre.
—Papá, entonces, ¿quién es el padre biológico de Valeria?
—Me acabo de enterar hace poco —dijo Roberto.
—Reconozco que Isabel Wijaya fue demasiado astuta ocultándolo —añadió.
—¿Mamá? —Ámbar miró a Patricia.
—Yo también me enteré hace poco —confesó Patricia.
—Nunca investigué, porque el pasado de Isabel Wijaya no me importaba —explicó Roberto.
—¿Y entonces por qué lo investigaste ahora? —Ámbar lo miró con seriedad.
—La situación en la que estamos, tan apretados, me obligó a buscar un modo de recuperar ese veinticinco por ciento de acciones. Y la manera fue rastrear la genealogía de la familia Wijaya —explicó Roberto.
—Todavía no me contestas: ¿quién es el padre biológico de Valeria? —insistió Ámbar.
—El hombre con el que nos reunimos esta mañana —respondió Patricia.
La respuesta de Patricia hizo que Ámbar apretara los puños. Sabía exactamente a quién se refería su madre.
¿Por qué siempre le va mejor que a mí? Le robé a Adrián, pero Dominic la busca a ella. Y ahora resulta que es la hija biológica de un magnate cuya fortuna no le pide nada a la de los Alexander. Maldición... maldición..., Ámbar deseó con todas sus fuerzas que nada de lo que su padre acababa de contar fuera cierto.