Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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La promesa de la mañana
El martes transcurrió con una lentitud que le dolía en los huesos. Cada hora parecía estirarse como si el tiempo mismo se hubiera detenido deliberadamente para torturarla. Lucy asistió a sus clases, tomó apuntes que apenas entendía y respondió cuando la llamaban, pero su mente no estaba en el aula, ni en las calles que recorría, ni en la mesa de su casa durante la cena. Estaba atrapada en ese instante: la hoja de roble en su mano, la palabra escrita en tinta plateada, la certeza de que mañana volvería a verlo.
Por la noche, cuando todo en la casa quedó en silencio, sacó la hoja del cajón donde la había guardado junto con la nota. La puso sobre la mesa bajo la luz tenue de la lámpara y la observó durante largo rato. Sin la palabra escrita, no sería más que una hoja seca, hermosa pero común. Pero con ella se había convertido en una promesa. Una promesa que no sabía si debía cumplir.
—¿Qué quieres de mí, Wonho? —susurró a la habitación vacía.
Nadie respondió, por supuesto. Solo el silencio, denso y cálido, y el latido de su propio corazón que parecía conocer la respuesta antes que ella.
Se acostó tarde y se despertó antes de que el sol siquiera hubiera comenzado a asomar. El miércoles llegó envuelto en una bruma espesa que convertía las farolas en halos difusos y borraba los contornos de los edificios. Lucy se vistió despacio, eligiendo sin darse cuenta colores oscuros y discretos, como si quisiera fundirse con las sombras que él parecía habitar. Se miró en el espejo un instante, buscando en su propio rostro algún rastro de lo que estaba sintiendo, pero lo único que vio fue a una chica ordinaria con los ojos demasiado abiertos, demasiado despierta, demasiado expectante.
Salió de casa sin desayunar. El nudo en el estómago le impedía tragar cualquier cosa. Caminó hacia la calle del encuentro con paso firme pero incierto, preguntándose si él estaría allí, si aquello no había sido más que una invención de su mente cansada, si al llegar encontraría la acera vacía y la vida volvería a su cauce tranquilo y aburrido.
Cuando llegó al lugar, el corazón se le detuvo un instante.
Estaba allí.
No bajo la sombra esta vez, sino de pie justo en el centro de la acera, bajo la luz grisácea de la mañana, esperando. El abrigo oscuro le llegaba hasta los talones, el libro de cuero descansaba bajo su brazo con la misma firmeza de siempre, y sus manos, aquellas manos largas y pálidas que ella recordaba tan bien, colgaban relajadas a sus costados. No miraba hacia ningún lado en particular, pero en el momento en que Lucy puso un pie en la acera, él giró la cabeza y sus miradas se encontraron como dos piezas que encajan después de haber estado separadas toda una eternidad.
Lucy se detuvo a unos pasos de él. Las palabras que había ensayado durante toda la noche se desvanecieron de golpe, dejándola con la garganta seca y la mente en blanco. Fue él quien habló primero, su voz profunda y suave envolviéndola como el aire frío de la mañana.
—Gracias por venir —dijo, y no había sorpresa en su tono, solo gratitud, como si hubiera estado seguro de que ella acudiría.
—¿Cómo sabías que vendría? —preguntó Lucy, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Podría haberme quedado en casa. Podría haber ignorado tu nota.
Wonho esbozó esa media sonrisa que nunca llegaba a sus ojos, una expresión que mezclaba tristeza y ternura en partes iguales. Dio un paso hacia ella y Lucy no retrocedió, aunque cada instinto le gritaba que tuviera cuidado.
—Podrías —admitió él—. Pero no lo hiciste. Porque hay algo en ti, Lucy, que reconoce lo que hay en mí. Algo que va más allá de la razón, más allá del miedo.
—No entiendo nada —respondió ella, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas sin saber por qué—. No sé quién eres. No sé qué quieres. Apareces de la nada, me dejas mensajes misteriosos en libros y hojas… ¿Quién eres realmente, Wonho?
Él bajó la mirada un instante, como si sopesara cuánto podía revelarle, como si cada palabra fuera un objeto frágil que debía colocar con extremo cuidado.
—Soy alguien que ha caminado por mucho tiempo en soledad —dijo finalmente—. Alguien que lleva esperando este encuentro desde antes de verte aparecer aquella tarde bajo la lluvia. No puedo contártelo todo hoy. No todavía. Hay fuerzas que aún no comprendes, caminos que se cruzan y se separan por razones que no siempre podemos ver. Pero te prometo que no te haré daño. Jamás.
—¿Y cómo puedo creerte? —preguntó Lucy, aunque en el fondo ya lo hacía. Su presencia le inspiraba una confianza que no tenía ningún sentido lógico, una confianza que nacía en algún lugar profundo de su ser, donde la lógica no lograba llegar.
Wonho extendió la mano y, con una delicadeza que la dejó sin aliento, rozó con la yema de los dedos su mejilla. Su tacto seguía siendo frío, pero extrañamente reconfortante.
—Porque tu corazón ya lo reconoció —dijo él con una suavidad que le hizo temblar los labios—. Escúchame, Lucy. No tenemos mucho tiempo ahora mismo. Pero necesito que sepas que desde aquel instante en que chocamos, nada en tu vida será igual. Y tampoco en la mía.
—¿Por qué yo? —preguntó ella, con la voz quebradiza—. Hay miles de personas en esta ciudad. ¿Por qué yo?
Wonho la miró a los ojos con una intensidad que le hizo contener la respiración.
—Porque tú eres la que estaba escrita —respondió él en un susurro—. Y ahora que nos hemos encontrado, ya no podemos separarnos. No del todo. Pero debes tener cuidado. Hay cosas que acechan en las sombras, cosas que no quieren que nuestras historias se entrelacen. Prométeme que estarás atenta. Prométeme que no te confiarás.
Lucy asintió, incapaz de hablar, atrapada en la profundidad de esa mirada que parecía contener todo el tiempo del mundo.
—Nos volveremos a ver pronto —dijo él, y esta vez fue él quien dio un paso atrás, rompiendo el contacto visual aunque no la conexión—. Y poco a poco te iré contando todo. Pero recuerda: no todo lo que parece inocuo lo es. Y no todo lo que brilla es luz.
—¿Cuándo? —logró preguntar ella—. ¿Cuándo volveremos a vernos?
Wonho sonrió de nuevo, esa sonrisa melancólica que parecía guardar mil historias.
—Cuando el momento sea el correcto —respondió—. Y sabrás cuándo es. Tu corazón te lo dirá.
Y entonces, igual que la vez anterior, comenzó a alejarse. Lucy dio un paso tras él, queriendo detenerlo, queriendo pedirle que no se fuera, que se quedara y le explicara cada cosa, pero sus pies se quedaron clavados en el pavimento. Lo vio caminar entre la niebla, su figura recortada contra la luz pálida de la mañana, y esta vez no desapareció de golpe. Se alejó paso a paso, manteniéndose visible hasta que la distancia y la bruma lo difuminaron poco a poco.
Lucy se quedó allí de pie durante mucho tiempo, abrazándose a sí misma contra el frío, con la sensación de que una parte de ella se había ido con él. Y al mismo tiempo, sintió algo nuevo florecer en su pecho: una determinación que no sabía que tenía. No volvería a preguntarse si estaba soñando. No volvería a dudar de lo que sentía. Sea cual fuera el secreto que Wonho guardaba, cualquiera que fuera el mundo oculto al que pertenecía… ella estaba dispuesta a descubrirlo.
Porque en ese instante comprendió algo que cambiaría todo: no era solo él quien la necesitaba. Ella también lo necesitaba a él. Y esa certeza era más aterradora y más hermosa que cualquier cosa que hubiera vivido hasta entonces.
Cuando finalmente dio la vuelta para seguir su camino, notó que algo había cambiado en la calle. La niebla se había levantado, dejando ver un cielo azul pálido que se abría paso entre las nubes. Y en el aire, por primera vez desde que lo conocía, no sintió la pesadez de un misterio que la agobiaba, sino la ligereza de una promesa que comenzaba a cumplirse.