El nuevo Capo de la Camorra ha quedado viudo y no tiene intención de hacerse cargo de su hija, ya que su mayor ambición es conquistar el territorio de La Cosa Nostra. Por eso contrata una niñera para desligarse de la pequeña que solo estorba en sus planes. Lo que él no sabe es que la dulzura de su nueva niñera tiene el poder de derretir hasta el corazón más frío, el de sus enemigos e incluso el suyo.
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Baño de tina
Sofía
Me hundo lentamente en el agua caliente de la tina. Doy un respingo en cuanto mi trasero toca el agua.
–Mierda –me quejo y me obligo a sentarme.
Maldita sea, como duele esto.
Miro el monitor que dejé en el suelo. Mía sigue dormida. Tuve que obligarla a dormir su siesta más temprano hoy, ya que necesitaba un baño de tina. Anna me lo recomendó.
Me sonrojo al recordar la mirada de las empleadas. Algunas me miraban con envidia, otras con ira, y Anna me miraba con preocupación.
Cuando me escuchó quejarme por sexta vez esta mañana se acercó y me preguntó si estaba bien, si necesitaba ayuda. Enrojecí y le dije que estaba bien, que no se preocupara, que todo lo que había pasado yo lo había querido. Una vez que entendió que lo que le decía era la verdad me recomendó un baño de tina caliente.
Y aquí estoy ahora intentando encontrar un alivio a mi dolor.
–Pero tú querías que alguien te quitara la picazón –me regaño.
Quizá debería haberme comprado una loción para aliviar el picor y no haber ido a la habitación de Gabriele.
Cierro los ojos y recuerdo lo de ayer. Sonrío. No, no me arrepiento de nada. Ayer fue increíble. Mejor de lo que había esperado. Suspiro al recordar lo que sentí cuando nuestros cuerpos estaban unidos, cuando me estaba dando el mayor placer que he sentido en mi vida.
–Ese hombre es mi perdición.
Pensé que hoy iba a tener que mantenerme alejada de él, pero no fue necesario. Anna me dijo que partió en la madrugada.
Supongo que como ya obtuvo lo que quería, no desperdició otro minuto en la casa.
Intento sentirme aliviada con su decisión, pero no puedo hacerlo. Me hubiese gustado que se quedara, aunque solo fuera para preguntarme cómo estoy hoy. Pero nada, ni una llamada, ni un mensaje. Nada.
–Niente –gruño en italiano.
Ni siquiera me llamó para preguntarme si había conseguido la pastilla para evitar quedar embarazada. Idiota.
Por suerte encontré en la farmacia que está a solo diez cuadras de esta casa. Además de tomarme la famosa pastilla, me apliqué una inyección, que según lo que dijo la farmacéutica que me atendió, me mantendrá protegida por tres meses. No es que vaya a repetir lo que pasó ayer porque no lo haré. Ya tuve lo que quería, así que no estoy más interesada en él.
–Mentirosa –digo y rio con tristeza.
Mi cuerpo sigue deseándolo, pero supongo que tendré que aprender a vivir con ello. Gabriele ya no está, y no creo que vuelva pronto.
Sí, es mejor así.
Me acuesto completamente estirada en la tina y hundo mi cabeza para obligarme a dejar de pensar en él.
Aguanto la respiración lo más que puedo. Comienzo a contar con lentitud.
Uno. Dos. Tres… Setenta y ocho.
Mis pulmones comienzan a arder y me vuelvo a sentar, respirando con dificultad una vez que mi cabeza ya no está en el agua.
Mi pelo cubre mi rostro mientras intento recupera el aliento.
–Sí que te gusta la restricción del oxígeno.
Pego un grito al ver a Gabriele sentado en el borde de la tina, sonriéndome con diversión.
–Uno de estos días me vas a matar –mascullo con la mano en mi corazón.
–Nunca te dejaré sin oxígeno, fierecilla. Creo que ya sabes que sé utilizar la técnica muy bien.
Le doy un manotazo en la pierna, y solo entonces recuerdo que estoy desnuda.
–¡Vete de aquí! –pido mientras trato de cubrir mi cuerpo con las burbujas.
–Ya te vi desnuda, Sofi.
–No me importa.
–No me iré sin saber cómo estás.
Sonrío sin poder evitarlo. –Bien –contesto sin mirarlo a los ojos.
–¿Estás con mucho dolor?
Mi piel se sonroja. –No es de tu incumbencia.
–Claro que lo es. Quiero saber cuándo vas a estar recuperada para volver a follarte.
Mi cuerpo traicionero se calienta de inmediato ante su tono ronco. Mi cuerpo quiere lanzarse a sus brazos y rogarle por más, pero mi cerebro es más listo.
Me rio. –No se volverá a repetir, Capo.
Se ríe como si le hubiese contado el mejor chiste de la historia.
–¡Estoy hablando en serio! –exclamo enojada–. Ya no tengo picazón –miento.
Coge mi rostro en su enorme mano y recorre mis labios con su pulgar, logrando que un pequeño suspiro escape de mi boca.
–La picazón volverá en cuánto ya no estés adolorida, y será mucho mejor porque no volverá a doler de esta manera –susurra mirándome preocupado–. Debí haber sido más suave contigo. Anna me dijo que también manchaste tus sábanas.
Cierro los ojos de vergüenza. ¿Por qué mierda Anna tiene que ser tan indiscreta?
–Hey –me llama–, no te avergüences.
–No estoy avergonzada, estoy indignada. ¿Por qué todo el mundo tiene que meterse en mi vida?
–Anna está preocupada por ti.
–Pues no debería –suelto molesta–. Por favor, vete –pido sin querer mirarlo. Creo que es mejor que no hubiese vuelto–. Vuelve a lo que sea que hagas cuando no estás en esta casa.
Siento como Gabriele se inclina y se acerca a mí. Deja un beso en la cima de mi cabeza.
–Te dejaré para que te vistas, pero hoy te necesito.
–¡No me acostaré contigo! –replico.
Se ríe. –No estaba pensando en eso, pero si quieres solo tienes que pedirlo.
–Espera sentado.
–Te esperaré acostado en mi cama, fierecilla, y tú irás, estoy seguro de eso.
–Eso lo veremos –siseo mientras me juro que no volveré nunca a su habitación.
–Hoy viene mi padre a cenar, quiere ver a su nieta. Necesito que estén listas para bajar al comedor a las seis en punto.
–Está bien –me obligo a responder.
Tengo que cuidar mi trabajo.
–Vienen un amigo de mi papá con su hija –dice con voz plana–. Las necesito en esa mesa para no aburrirme –agrega y su boca se levanta en una media sonrisa.
Meto mis manos bajo mi trasero para retenerlas, ya que se mueren por acariciar el rostro de Gabriele. Me encanta su sonrisa.
Levanta mi mentón y me da un beso rápido sin poder detenerlo. En cuanto sus labios tocan los míos siento como todo vuelve a estar bien en mi vida.
–Las veo abajo –agrega antes de levantarse y salir del baño.
En cuánto estoy sola vuelvo a hundir mi cabeza en el agua.
Lo he dicho, ese hombre es mi perdición.