Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.
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Capítulo 7
Capítulo 7. Quería verla suplicar
—¿Cuántos días faltan para que llegue la especialista? —preguntó Diego.
Ya no se trataba solo del proyecto. Quería desenmascarar a Sofía. Quería verla bajar la cabeza ante él.
—Tres —respondió Valeria.
—Bien.
Tres días. Después, Sofía tendría que suplicarle ayuda.
* * *
A la salida del circuito, Sofía esperaba un auto cuando volvió a escuchar la voz de Valeria.
—Hace un momento vi a Alejandro. ¿No te vas con él?
Todo el mundo conocía la obsesión de Alejandro por la limpieza. No dejaba que otras personas subieran a su auto. Valeria lo sabía y quería hacerla quedar mal.
Sofía puso los ojos en blanco y no respondió.
—Aquí no hay nada cerca. Si Alejandro no te lleva, vas a tener que volver caminando. Pobrecita, con lo lejos que queda todo.
Valeria miró a Diego con una dulzura ensayada.
—¿Y si la llevamos nosotros?
Él mantenía el gesto duro.
—Por Valeria, te dejo subir. Vamos.
Sofía ni se movió.
—¡No seas ingrata! ¡Te dije que subieras!
Ella ya estaba harta.
—¿No ves que no quiero ir en tu auto? Vete y déjame en paz.
—¡Sofía!
En lugar de irse, Diego bajó del vehículo y le arrebató el celular.
—¡Vas a subir!
La paciencia de Sofía se acabó. Le sujetó el brazo, giró y lo derribó de un solo movimiento.
Diego soltó un grito de dolor y quedó tendido en el suelo.
En ese momento, un auto de lujo se detuvo junto a ellos. La ventanilla bajó y apareció el rostro de Alejandro.
Ni siquiera miró a Diego.
—Aquí es difícil conseguir transporte. ¿Quieres que te lleve, señorita Serrano?
Diego olvidó el dolor por un instante.
¿Alejandro iba a dejar que Sofía subiera a su auto?
Aquel hombre había preferido perder un pedido de cien mil millones antes que hacer una excepción con sus hábitos de limpieza.
Sofía no estaba muy segura de querer acercarse demasiado a Alejandro. Pero, en ese momento, lo que más deseaba era librarse de Diego.
—Se lo agradezco.
Recuperó su celular de la mano de su ex y se acercó al auto.
Antes de que Diego pudiera protestar, Valeria intervino.
—Alejandro, ¿ya no te molesta que suban otras personas? ¿O Sofía te curó?
Inclinó la cabeza, fingiendo inocencia.
—Mi madrina se va a poner muy contenta cuando se entere. Tengo que contárselo enseguida.
La amenaza era clara: recurriría a la madre de Alejandro. También quería recordarle a Sofía que, con aquella señora de por medio, no tenía nada que hacer.
Sofía iba a contestar, pero Alejandro se adelantó.
—Señor Ferrer, procure que su pareja deje de hablar como si formara parte de mi familia. Si ustedes no cuidan su reputación, al menos respeten la nuestra.
Sofía subió y Alejandro arrancó. En el espejo, ella alcanzó a ver las caras de Diego y Valeria. Los dos se habían quedado furiosos.
No pudo evitar sonreír.
—Gracias por ayudarme a salir de ahí. Otro minuto y terminábamos discutiendo hasta mañana.
—No fue nada.
Sofía soltó una breve risa. Con Diego siempre había medido cada palabra. Ahora aquella frase había salido sola, sin que tuviera que pensar primero si iba a molestar a alguien.
Ya en la autopista, Sofía recordó algo.
—¿Al final participó en la carrera? No lo vi.
Alejandro la miró un momento de reojo. Su belleza no pasaba inadvertida, pero era aquella mezcla de serenidad y distancia lo que más atraía su atención.
—Debí de conducir tan mal que ni siquiera me notaste. Qué vergüenza.
Después de unas palabras de cortesía, cambió de tema.
—Me interesa el proyecto que propusiste. ¿Te gustaría incorporarte a nuestra empresa para seguir al frente?
Hizo una pausa.
—Desde luego, buscaríamos otro socio. Acepté trabajar con los Ferrer por ti. Ahora que te has ido, no hay motivo para darles ese trato.
Sofía se acomodó en el asiento.
—Podemos seguir trabajando con los Ferrer. Sé que le interesa su nueva cadena de producción. Empecemos con el proyecto; después podremos ganar control sobre el resto. ¿Le interesa?
Alejandro captó la propuesta enseguida. Una risa baja se le escapó de los labios.
—Entonces, trabajemos juntos.
—Será un placer.
Sofía volvió a observarlo. Había algo familiar en su rostro, aunque todavía no sabía qué.
Estaba tan absorta que no notó que habían llegado y que el auto ya estaba estacionado.
Alejandro se inclinó hacia ella.
—¿Te gusta lo que ves?
Sofía volvió en sí, avergonzada.
Él estaba muy cerca. Podía percibir el aroma fresco y discreto de su perfume.
El corazón se le aceleró.
Al verlo tan cerca, la conversación sobre negocios quedó de pronto muy lejos. Sofía no sabía si debía apartarse o si había entendido mal sus intenciones. Solo notaba su perfume y la poca distancia que separaba sus rostros.
Se había quedado mirándolo demasiado tiempo. Darse cuenta no la ayudó a recuperar la calma.
—¿Qué está haciendo?
—Ayudarte con el cinturón. Ya llegamos.
A Sofía le ardieron las mejillas. Levantó los ojos para darle las gracias, pero se quedó callada.
La explicación era tan sencilla que su propia reacción le dio aún más vergüenza. Sin embargo, esa incomodidad desapareció en cuanto lo miró de frente.
Los ojos de Alejandro.
Los de Sombra.
Eran los mismos.