trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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capitulo 5 segunda parte
Ethan dejó la copa y la observó. Sus ojos verdes recorrieron su figura con un hambre que ya no intentaba ocultar. En menos de un día, ella sería su esposa ante Dios y ante los hombres.
—Mañana a esta hora —dijo Ethan, su voz cargada de una promesa oscura—, no habrá puertas cerradas entre nosotros, Elena. No habrá contratos, ni padres, ni guardaespaldas en esta habitación. Solo nosotros.
Elena se acercó a él y puso sus manos en el pecho de Ethan, sintiendo el latido fuerte y constante de su corazón.
—Tengo miedo, Ethan. Miedo de que después de mañana, ya no exista “Elena”. Que solo sea “la esposa de Steelwood”.
Ethan tomó sus manos y las besó, una por una, con una devoción casi religiosa.
—Siempre serás Elena. Pero serás la Elena que yo cuido, la que yo protejo y la que yo adoro. No te estoy quitando tu identidad, te estoy dando mi mundo.
Él la atrajo hacia sí, abrazándola con una fuerza que le quitó el aliento. En ese momento, a pesar de las peleas y el control, Elena supo que no quería estar en ningún otro lugar. La posesividad de Ethan era su hogar, una cárcel de la que no deseaba las llaves.
La luz de la luna se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo de la biblioteca, creando un juego de sombras chinescas sobre el suelo de roble pulido. Elena, a sus 18 años, sentía que el aire mismo de la mansión Steelwood intentaba asfixiarla. El camisón de seda perla que llevaba puesto, aunque era una caricia contra su piel, le pesaba como si fuera una armadura de hierro. No era solo el frío del mármol bajo sus pies descalzos lo que la hacía temblar, sino la presencia de Ethan, que a sus 19 años parecía haber absorbido toda la gravedad de la habitación.
Él permanecía junto a la chimenea, su silueta recortada contra las llamas agonizantes. El vaso de cristal de Baccarat en su mano derecha atrapaba los últimos destellos del fuego, reflejando un color ámbar que recordaba a los ojos de un depredador nocturno. Ethan vestía solo unos pantalones de pijama de seda negra y una bata de casa del mismo material, desabrochada, revelando el pecho sólido y marcado que había forjado con años de disciplina y boxeo. Sus hombros, anchos y firmes, sostenían el peso de un imperio, pero en ese momento, toda su energía estaba enfocada en la mujer que tenía enfrente.
—Acércate más, Elena —dijo él. Su voz no era una petición, era una frecuencia baja que hacía vibrar el plexo solar de la chica.
Elena obedeció, sus pasos silenciosos sobre la alfombra persa. Se detuvo a centímetros de él, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo y el aroma a leña quemada mezclado con su perfume personal. Se fijó en los detalles que a menudo ignoraba en el ajetreo del día: la pequeña vena que latía en la sien de Ethan cuando estaba bajo tensión, y la forma en que sus dedos, largos y poderosos, apretaban el cristal del vaso.
—Mañana es el día —susurró Elena, con la voz quebrada—. El día en que mi nombre desaparece de los registros de los Valerius para ser solo un anexo del tuyo.
Ethan dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con una lentitud deliberada. Se giró hacia ella por completo, invadiendo su espacio personal. Sus manos subieron con una lentitud agónica, rozando primero los antebrazos de Elena, donde ella tenía la piel de gallina, hasta llegar a sus hombros. Sus dedos delinearon la clavícula de la joven con una precisión quirúrgica.
—Tu nombre no desaparece, Elena. Se fortalece. ¿Por qué insistes en ver esto como una derrota? —Ethan hundió los dedos en el cabello rubio cenizo de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. He pasado trece años de mi vida asegurándome de que llegaras a este punto intacta. He peleado guerras en salas de juntas, he despedido a hombres por mirarte más de tres segundos, y he dormido con un ojo abierto pensando en tu seguridad. Este no es un contrato de propiedad común. Es mi coronación, y tú eres la corona.
Elena sintió una mezcla de náusea y excitación. La posesividad de Ethan era un veneno dulce.
—Pero, ¿qué hay de lo que yo quiero, Ethan? ¿Alguna vez te has detenido a pensar si yo quería ser una reina en tu castillo de sombras? A veces sueño con que soy una estudiante normal, en una universidad normal, donde el chico que me gusta me invita a salir y yo puedo decir que no sin que él termine en la ruina financiera.
Ethan soltó una risa seca, un sonido carente de humor que resonó en la vasta biblioteca.
—Esa vida no existe para personas como nosotros, Elena. Si fueras una chica normal, ya te habrían devorado los lobos. El apellido Valerius es un blanco en tu espalda. Yo soy el único escudo que tienes. Y si el precio de ese escudo es que me pertenezcas… es un precio que yo cobro con gusto cada segundo de mi existencia.
Él se inclinó, su rostro a milímetros del de ella. Elena podía ver las motas doradas en el iris verde de Ethan, una galaxia de control y deseo contenido.
—Mírame a los ojos y dime que prefieres la libertad de una desconocida al poder de ser mi mujer. Dime que prefieres que cualquier idiota te toque, a que yo te reclame como lo que eres: mía.
Elena abrió la boca para protestar, para lanzar una de sus frases mordaces de rebelde, pero las palabras murieron en su garganta. El magnetismo de Ethan era abrumador. A sus 18 años, su cuerpo respondía a la cercanía de él con una traición biológica. Su corazón martilleaba contra sus costillas y sus pulmones parecían haberse vuelto demasiado pequeños para el aire cargado de la habitación.
—No puedo decírtelo —admitió ella en un susurro apenas audible—. Porque tengo miedo de que, si me dejas libre, no sepa quién soy sin ti.
Ethan sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa triunfante de un general que acaba de ver caer la última muralla de una ciudad sitiada. Sus manos bajaron por la espalda de ella, apretando la seda contra sus curvas, marcando su territorio con la presión de sus palmas.
—Esa es mi Elena —murmuró él contra su oído—. Mañana, frente a mil quinientas personas, les recordaremos quién manda en esta ciudad. Y luego, cuando estemos solos… te enseñaré que no hay libertad más grande que la de entregarse por completo al hombre que ha nacido para protegerte.
La noche continuó en ese silencio tenso. Ethan no la dejó irse de inmediato. La mantuvo allí, frente al fuego, hablando de los detalles logísticos de la luna de miel en su isla privada en las Maldivas, describiendo cómo el agua sería tan clara como sus ojos y cómo el mundo exterior dejaría de existir durante treinta días. Elena escuchaba, atrapada entre la fascinación por el lujo y el terror por la irrevocabilidad del compromiso.
Cada vez que ella intentaba alejarse, la mano de Ethan encontraba un pretexto para volver a tocarla: un ajuste en su cabello, una caricia en la mejilla, un apretón en la cintura. Era una educación en la sumisión, un recordatorio constante de que, aunque todavía no habían intercambiado votos, ella ya había sido reclamada por el heredero de los Steelwood.
El reloj de pie de la biblioteca marcó las cuatro de la mañana. El primer tinte azulado del alba empezaba a manchar el horizonte, visible a través de los altos ventanales. Elena se había quedado dormida en el gran sofá de cuero, envuelta en una manta de cachemira que Ethan le había puesto.
Ethan no había dormido. Estaba de pie frente a la ventana, observando cómo las luces de la ciudad se apagaban una a una. En su mente, repasaba cada cláusula del contrato matrimonial, cada medida de seguridad para la ceremonia y, sobre todo, la lista de invitados. Sabía que muchos asistirían esperando ver una debilidad, un indicio de que los jóvenes herederos no podrían con la presión.
Se giró para mirar a Elena. Dormida, se veía tan frágil como la niña que conoció a los cuatro años. Pero él sabía que debajo de esa apariencia de porcelana había un acero que él mismo había ayudado a templar con sus desafíos y su control. A sus 19 años, Ethan se sentía viejo, con el alma curtida por las responsabilidades de un hombre de cincuenta, pero su corazón latía con la ferocidad de un adolescente cuando se trataba de ella.
—Hoy termina tu niñez, Elena —susurró para sí mismo—. Y empieza nuestra dinastía.
Caminó hacia el sofá y se arrodilló al lado de ella. Con una delicadeza que nadie en el mundo corporativo creería que poseía, le apartó un mechón de cabello de la frente. Sus dedos rozaron la piel suave y cálida. En ese momento, Ethan no pensaba en las acciones de la bolsa ni en el Grupo Steelwood. Pensaba en la forma en que el anillo de diamantes en la mano de ella brillaba incluso con la luz tenue del amanecer.
A las seis de la mañana, la mansión se convirtió en un hormiguero. Llegaron los equipos de seguridad adicionales, los floristas con miles de orquídeas blancas y los chefs con el banquete más extravagante de la década. Isabella Steelwood entró en la biblioteca con un paso elegante pero urgente.
—Ethan, es hora —dijo su madre, vestida con una bata de seda azul—. Elena debe ir a su ala para empezar con el peinado. Los fotógrafos de la revista Vogue llegarán en una hora para el “detrás de escena”.
Ethan se puso en pie, recuperando instantáneamente su máscara de frialdad.
—Despiértala con cuidado, mamá. No quiero que esté estresada antes de tiempo. Y asegúrate de que el equipo de seguridad de Valerius no interfiera con el mío. Hoy, el control de todo lo que respira en este recinto es mío.
Isabella asintió, conociendo bien el temperamento de su hijo. Elena abrió los ojos lentamente, desorientada. Al ver a Ethan de pie sobre ella, la realidad de lo que estaba por ocurrir la golpeó como una ola de agua helada.
—Es el día —dijo ella, sentándose y frotándose los ojos.
—Es el día —confirmó Ethan. Le tendió la mano para ayudarla a levantarse—. Ve con mi madre. Prepárate. Quiero que cuando entres por esa catedral, cada persona allí presente entienda que eres la mujer más poderosa del mundo solo por estar a mi lado.
Elena tomó su mano. Al ponerse de pie, se dio cuenta de que su uniforme de rebelde —los vaqueros, las camisetas de bandas, el cabello desordenado— había muerto esa noche. A partir de ahora, sería la perfecta esposa Steelwood, una joya en la corona de Ethan.
Se separaron en el pasillo. Ethan fue hacia su despacho para recibir un informe final sobre la seguridad perimetral de la catedral. Elena fue conducida a una suite llena de espejos, luces y extraños que empezarían a transformar su cuerpo en una visión de perfección nupcial.
Mientras las estilistas empezaban a trabajar en su cabello y a aplicar capas de maquillaje costoso, Elena miraba por la ventana. El cielo estaba despejado, un azul perfecto y cruel. Sabía que en pocas horas, se pondría un vestido que costaba más que la casa de una familia promedio, caminaría por un pasillo de mármol y le daría su vida a un hombre que la amaba con una oscuridad que a veces la asfixiaba, pero que era el único que realmente la conocía.
A lo lejos, pudo ver la flota de coches negros preparándose. El imperio Steelwood se movía. Su padre, Marcus Valerius, entró un momento para verla, con los ojos húmedos de una mezcla de orgullo y alivio por haber cumplido su parte del trato.
—Estás hermosa, hija —dijo Marcus, besándole la mano—. Alexander estaría orgulloso de ver que su plan funcionó.
—El plan funcionó, papá —respondió Elena con una sonrisa triste que el maquillaje ocultaba perfectamente—. Pero, ¿quién se supone que soy yo después de hoy?
—Eres una Valerius-Steelwood —respondió él con firmeza—. No hay nada más grande que eso.
Elena volvió a mirar su reflejo. La niña que jugaba a ser capitana en el fuerte de madera se había ido. En su lugar, había una mujer que estaba a punto de sellar un pacto de sangre y poder, un destino del que no habría escape, pero que, en el fondo de su alma, ella anhelaba tanto como temía. El escenario estaba listo, los actores en su lugar, y el mundo esperaba el inicio del matrimonio más esperado del siglo.