Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 4
Capítulo 4. Una cena sin aviso
Damián tenía otra reunión.
Renata leyó el mensaje y miró la hora. Bellaria estaba preparando su salida al mercado de valores. Había trabajo. Lo sabía por su padre, por lo que decía su marido, por las llamadas que recibía a cualquier hora. No necesitaba inventar una excusa para que una junta terminara tarde.
Precisamente por eso era una buena excusa.
Volvió a leer el mensaje. Nada más. No había algo escondido entre las palabras que pudiera descubrir mirándolas durante cinco minutos.
Le llevó comida.
No le avisó antes. Si lo hacía, tendría que encontrar otra cosa que mirar además de una reunión preparada para recibirla.
Al llegar a Bellaria se sintió un poco ridícula con la bolsa en la mano. Desde fuera, era una esposa que iba a procurar que su marido cenara. Solo ella sabía cuánto le importaba que de verdad tuviera hambre en una sala de juntas.
Preguntó por él.
Le indicaron dónde estaba. No hubo una llamada para comprobar si podía pasar ni alguien que intentara entretenerla en la entrada. Renata avanzó, atenta a las voces que llegaban del fondo.
La reunión existía.
Vio la mesa ocupada, las personas que miraban una pantalla, a Damián en medio de todo aquello. No estaba conversando con una mujer a solas. No parecía alguien al que acabaran de advertir que su esposa subía.
Uno de los presentes levantó la vista. Damián lo hizo después.
Renata alzó la bolsa.
—Te traje algo para cenar.
La expresión de él cambió al reconocerla. Sonrió.
Era la misma sonrisa que le había dedicado en el club. Allí la había hecho dudar. Ahora, rodeado de gente que de verdad estaba trabajando, volvió a parecerle lo que siempre había sido.
—No hacía falta que vinieras.
—Si no comes, luego te duele la cabeza.
Se acercó para dejar la comida. Damián le agradeció el detalle y le tocó la mano. Ella miró los documentos que había delante de él sin intentar leerlos.
Quería encontrar algo sencillo en lo que apoyarse: estaba donde había dicho. Eso podía comprobarlo sin que Bruno tuviera que seguirlo y sin buscar conversaciones en un teléfono ajeno.
Se quedó un momento. Los demás guardaban esa discreción amable con que se esperaba a que terminara una interrupción. Renata sabía reconocerla.
—Los dejo trabajar.
Al salir de la sala sintió menos presión en el pecho.
No era la respuesta a todo. Pero era una respuesta que podía guardar junto a la fotografía y a las rutas del reloj, sin tener que sentirse una idiota por conservarla.
Fue al baño antes de irse.
La luz del espejo era más dura que la de su casa. Se acercó a revisar el maquillaje. Tenía los labios un poco apagados y sacó el labial para retocarlos.
Lo hizo despacio. Primero el borde, después el centro. Aunque hubiera ido con una bolsa de comida, aunque nadie la estuviera esperando para tomarle fotos, no quería salir a medias. Cuidarse también era eso: verse como quería verse sin necesitar que alguien le diera una razón.
Se apartó del espejo y volvió a acercarse para corregir una esquina.
Después guardó las cosas y salió.
El labial se quedó junto al lavabo.
Renata ya estaba llamando a Lucía cuando bajó.
—Sí está trabajando —le dijo.
Lo dijo antes de saludar, con un pequeño énfasis que no había planeado.
Lucía entendió enseguida.
—¿Fuiste a verlo?
—Le llevé de cenar.
Hubo un silencio corto.
—¿Qué? —preguntó Renata.
—Nada.
No tenía ganas de que le hicieran notar lo que acababa de hacer. Lo sabía. Había ido a comprobar una frase de su marido y lo había encontrado en una reunión.
Ahora quería hacer algo que no consistiera en comprobarlo.
Quedaron en un bar.
Cuando llegó, la música se oía desde la entrada. Había mesas llenas y gente que tenía que acercarse al oído de los demás para hablar. Lucía le hizo una señal.
Renata se sentó frente a ella y dejó el celular sobre la mesa, con la pantalla hacia abajo.
—Por lo menos esta noche no voy a estar viendo si me escribe.
Pidieron de beber.
Al principio hablaron todavía de Bellaria. Renata contó cómo había entrado, dónde estaba Damián, lo ocupados que parecían todos. Luego cambió de tema. No quería repetir la visita hasta convertirla en otra cosa.
Lucía la siguió. Hablaron de trabajo, de sus videos, de la transmisión suspendida. El enfado de aquella noche le pareció de pronto manejable. Un desconocido escribía una tontería. Ella contestaba. La plataforma cortaba. Había una secuencia que podía entender y un problema que no se metía en su cama.
Se rio al recordar una de sus propias respuestas.
El primer vaso se vació entre la conversación y el ruido. Con el siguiente empezó a hablar más fuerte. Le molestó tener que repetir una frase y terminó riéndose de nuevo.
No le había pasado nada grave aquella noche. Eso quería sentir.
Tenía a su amiga delante. Su marido estaba trabajando. No iba a desperdiciar unas horas siguiendo con los ojos una pantalla apagada.
Lucía le apartó un poco el vaso cuando buscó el celular y casi lo rozó con la mano.
—Con cuidado.
—Ya lo vi.
Renata no estaba segura de cuánto había bebido. Sabía que estaba más relajada, que las cosas le resultaban más graciosas, que podía soltar una frase sin oír enseguida la respuesta de Damián que había imaginado antes de decirla.
Se acomodó el cabello. La música cambió. En otra mesa levantaron los vasos.
Durante un rato le gustó estar allí.
* * *
Javier Montes la reconoció desde otra mesa.
Había visto aquella cara en redes. El apellido, el matrimonio, la vida que mostraba. Sacó el celular y encontró su perfil para comprobarlo.
Era ella.
Revisó las publicaciones sin apartarse de su sitio. Los anillos, las fotografías de pareja, la empresa de la familia. Para un abogado que trabajaba con divorcios, no era una desconocida a la que resultara imposible imaginar sentada al otro lado de un escritorio.
Había dinero. Había un matrimonio. Podía haber una clienta.
Volvió a mirar hacia su mesa.
La mujer que la acompañaba se había apartado para atender una llamada. Renata seguía sentada, con una mano cerca del vaso. Alzó los ojos cuando él se acercó.
Javier dijo algo para presentarse.
Renata no lo oyó bien. O no retuvo lo que había oído. Había demasiado ruido, una voz que no conocía, una mesa que se movió un poco cuando apoyó la mano para levantarse.
Buscó a Lucía con la mirada.
Recordaría después ese intento. No la distancia que recorrió, ni la salida, ni el momento en que había dejado de estar en el bar.
Después no consiguió recordar más.