Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 25
La tarde caía sobre la mansión con una pesadez de plomo. Tras el sabotaje digital de la noche anterior, la seguridad estaba en estado de paranoia, pero para León y Cristo, el laberinto de mármol y pasadizos era simplemente el tablero de juego más grande que jamás habían tenido.
—Diez, nueve, ocho... —la voz de León resonaba en el pasillo de la segunda planta.
Victoria los observaba desde el umbral de su habitación, con una sonrisa triste. Por un momento, parecían niños normales. El juego de las escondidas era una tregua necesaria en medio de la guerra. Cristo, con su agilidad silenciosa, desapareció tras una esquina, mientras León terminaba la cuenta atrás.
Dos horas después, la risa se había extinguido.
León entró en la suite principal, con el rostro pálido y la respiración entrecortada.
—Mamá... no encuentro a Cristo.
Victoria sintió un pinchazo de frío en el estómago. Al principio, buscaron en los lugares lógicos: bajo las camas de dosel, tras las cortinas de terciopelo, en la biblioteca. Pero la mansión Moretti tenía trescientas habitaciones y un sótano que era un búnker de guerra.
—¿Cristo? —llamó Victoria, su voz subiendo de tono—. ¡Cristo, ya ganaste! ¡Sal de donde estés!
El silencio fue la única respuesta. Un silencio que empezó a gritar.
Dante estaba en su despacho revisando informes de inteligencia cuando Victoria entró de golpe, sin llamar. Su rostro desencajado le dijo todo antes de que ella pronunciara una palabra.
—Cristo no aparece, Dante. Han pasado dos horas.
Dante se levantó con una brusquedad que tiró su silla al suelo. En un segundo, el hombre que calculaba cada movimiento perdió la compostura. Sus manos, que nunca temblaban al sostener un arma, buscaron frenéticamente el intercomunicador.
—¡Cierren el perímetro! —rugió Dante por la radio—. ¡Nadie entra, nadie sale! Si una sola hormiga cruza la valla, los mataré a todos. ¡Busquen al niño! ¡Ahora!
La mansión se transformó en un hormiguero en pánico. Guardias con linternas y perros rastreadores recorrían los jardines, mientras Dante corría por los pasillos con una desesperación que horrorizó a su propio personal. Nunca lo habían visto así. El Capo que sacrificaba hombres sin parpadear estaba ahora al borde de un colapso nervioso por un niño de cinco años.
—¡Si Enzo lo tiene...! —Dante golpeó una pared de mármol, sus nudillos sangrando—. ¡Si alguien ha entrado en esta casa y se lo ha llevado, juro que no quedará piedra sobre piedra en esta ciudad!
Victoria lo miró en medio del caos del vestíbulo.
Vio las lágrimas contenidas en los ojos de Dante, vio cómo su pecho subía y bajaba con una angustia que no era posesión, sino amor puro y aterrador. En ese momento, ella comprendió que.
Dante ya no los tenía como trofeos. Estaba vinculado a ellos por un hilo de sangre que lo volvía vulnerable, el hombre más poderoso de Nueva York estaba de rodillas ante la posibilidad de perder a su hijo.
León, que había estado observando el despliegue con una calma inquietante, tiró de la manga de la camisa de Dante.
—Papá... —era la primera vez que León lo llamaba así sin sarcasmo—. Él no se fue. Él está analizando algo.
León guio a sus padres hacia el ala más antigua de la mansión, una zona de almacenamiento de muebles tapados con sábanas blancas que parecían fantasmas en la penumbra. Se detuvieron frente a un antiguo reloj de pie que no funcionaba.
León presionó un resorte oculto que Cristo seguramente había descubierto analizando los planos. El reloj se movió, revelando un nicho pequeño y oscuro, un antiguo hueco para una caja fuerte de pared.
Allí, ovillado sobre una manta vieja, estaba Cristo. Tenía su tableta encendida, iluminando su rostro pálido. Se había quedado dormido mientras monitoreaba las frecuencias de radio de la mansión. Para él, esconderse no era un juego, era un ejercicio de invisibilidad táctica.
Dante se lanzó al suelo, sacando a Cristo del nicho con una delicadeza que rompió el corazón de Victoria. Lo estrechó contra su pecho, enterrando el rostro en el cabello del niño, sollozando en silencio. Cristo se despertó, confundido, rodeando el cuello de su padre con sus brazos pequeños.
—Solo quería ver si Silvio me encontraba —susurró Cristo—. No me encontró, papá. Soy invisible.
Dante no podía hablar. Se quedó allí sentado, en el suelo polvoriento del trastero, sosteniendo a su hijo como si fuera el último tesoro de la tierra.
Victoria se sentó a su lado, poniendo una mano en la espalda de Dante. Por primera vez en cinco años, no había reproches, solo el alivio compartido de dos padres que habían visto el abismo.
—No vuelvas a hacerme esto —susurró Dante, su voz rota—. No lo soportaría, Cristo. No lo soportaría.
León observaba la escena desde el umbral. Vio la debilidad de su padre y la fuerza del amor de su madre. Comprendió que, para Dante, ellos eran ahora su única religión.
la mansión volviendo a la calma, pero con un cambio fundamental en la dinámica de poder. Dante ya no puede fingir que es un captor indiferente. Al acostar a los niños esa noche, Victoria vio a Dante quedarse en el pasillo, vigilando la puerta de sus hijos durante horas, con la mirada perdida.
El hombre invulnerable había muerto esa tarde. En su lugar, quedaba un padre que sabía que sus enemigos tenían ahora un mapa directo hacia su alma. Y lo peor de todo: León lo sabía, y estaba empezando a entender que el amor de Dante era la mejor arma que tenían para negociar su libertad.
Marcos.
Rosa
le falta mucho a esta historia.
la escritora debe revisar y complementar está historia
no es Moretti?