Camila era enfermera y estaba casada con el hombre que creía perfecto: el doctor Santiago, un ginecólogo-obstetra brillante y respetado. Pero detrás de la puerta de su mansión, la realidad era otra. Santiago la trataba con una frialdad glacial, jamás le tocó el vientre durante los nueve meses de embarazo y se negó a atenderla la noche en que rompió aguas. Su bebé no sobrevivió. O eso le dijeron.
Tres años después, Camila ha reconstruido su vida como enfermera pediátrica. Un día ingresa de urgencia un niño de tres años llamado Mateo, con traumatismo craneal y una fractura abierta. Necesita una transfusión de sangre A-negativo —un tipo rarísimo— y Camila resulta ser compatible. Le dona su propia sangre y le salva la vida. Al despertar, Mateo la mira fijamente y la llama *Mamita*.
Lo que parece el capricho inocente de un niño asustado se convierte en un vínculo imposible de romper. Mateo se niega a comer, a dormir y a dejarse curar por nadie que no sea Camila. Pero Mateo tiene una madre: Luna, una actriz glamurosa que abandonó a su hijo por su carrera, y un padre cuya identidad Camila aún desconoce.
Cuando la verdad salga a la luz —sobre el bebé que Camila creyó muerto, sobre la sangre que comparte con Mateo, sobre el fraude que lo arrancó de sus brazos— nada volverá a ser como antes. Ni para ella, ni para Santiago, ni para el niño que siempre supo quién era su verdadera madre.
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Capítulo 25
El sonido de unas suelas pisando el suelo de concreto del tejado se escuchó suave pero claro, y sobresaltó a Camila. Se volvió de inmediato y vio la figura de Santiago, que ya estaba parado a pocos pasos detrás de ella. El rostro del hombre era difuso bajo la luz de la luna, aunque sus ojos seguían fijos en Camila con intensidad. ¿Para qué había subido ese hombre? ¿Acaso no sabía que su actitud haría estallar a Luna? Las preguntas se sucedían en la mente de Camila sin parar.
—Camila... —la llamó con una voz suave, pero eso no hacía que Camila pensara que Santiago había cambiado. La ternura de Santiago antes de casarse con ella era mucho mayor; pero acabó convirtiéndose en un hombre cruel que mató en el corazón de Camila cualquier posibilidad de que un hombre como Santiago pudiera cambiar con el tiempo.
—¿Me buscaba, señor? —Camila mantuvo un trato de empleada, no de exesposa de Santiago. Ese hombre cruel y egoísta.
—¿Mateo ya duerme? —preguntó Santiago avanzando hasta detenerse al lado de Camila, que seguía aferrada a la barandilla.
Camila se corrió hacia la izquierda apartándose de Santiago. —Sí, señor... —respondió Camila. Su corazón contenía la rabia, pero intentaba mantenerse tranquila alejándose un poco de la barandilla. —Le pido por favor que baje lo antes posible. Si la señora Luna sabe que está aquí podría malinterpretarlo. Yo solo quería tomar un poco de aire nocturno. —Camila lo echaba con delicadeza.
—Esta noche Luna no va a volver, Camila —respondió Santiago; pero a Camila no le importaba, que volviera o no era asunto suyo; lo único que le preocupaba era que Mateo estuviera tranquilo a su lado. Solo eso ocupaba su mente.
Camila miró a Santiago de reojo; la luz de la luna iluminaba un lado del rostro de ese hombre que ya no era el de antes. El rostro que conoció arrogante y frío ahora parecía cálido. Pero Camila nunca más iba a dejarse influir por ese cambio.
—Emmm... Tú y el doctor Gabriel parece que se quieren —dijo Santiago volviéndose hacia el rostro de Camila. Los celos se notaban con claridad en su expresión.
Camila se dio la vuelta rápidamente. ¿Para qué le preguntaba eso ese hombre? ¿Qué tenía que ver con quién quisiera ella? Su corazón rugía por dentro. Un instante de silencio y luego respondió. —Así es, señor; resulta que todavía hay hombres que me quieren, aunque también hay hombres que solo aprovecharon mi ingenuidad —dijo Camila, áspera, encendiendo ya la mecha de guerra.
—Camila... llevas casi un mes viviendo en esta casa y parece que no me conocieras —dijo Santiago, buscando una respuesta a por qué Camila se comportaba así. Santiago pensaba que Camila había entrado en su casa a propósito tras saber que Mateo seguía vivo, con intención de quitárselo.
—No importa, señor; porque yo ya no me importo ese pasado mío que arrasaste dejándome solo heridas. Voy a llevarme a Mateo de la manera que sea. Prepárate, porque el fuego de la guerra va a arder otra vez y no tengo miedo como antes. Aunque no tengo nada con qué recuperar a Mateo, tengo un amor genuino. A menos que me lo entregues de buenas maneras no voy a extender el problema; aunque antes me lo quitaras de la manera más rastrera —lanzó Camila palabra por palabra, haciendo que Santiago se quedara rígido de golpe. No esperaba que Camila pudiera saberlo todo.
—Camila, entonces ya sabes que Mateo... —Santiago tembló; lo que tanto temía había ocurrido de verdad. —Perdóname, Camila.
—Puedo perdonarte lo que me hiciste antes, que me torturaste el alma durante un año hasta hacerla pedazos, ¡señor Santiago! Pero jamás en la vida voy a perdonarte haber separado a un bebé de su madre biológica. No puedo creer que un médico pueda bailar sobre el sufrimiento de un niño y de su exesposa —comenzó Camila a hablar ya no como enfermera de Mateo sino como la mujer a quien le habían robado a su propio hijo.
—Camila, ¿no hay una segunda oportunidad para que criemos juntos a Mateo? —dijo Santiago avanzando hacia ella, lo que hizo que Camila retrocediera hasta apoyar la espalda en la barandilla.
—¿Qué? ¿Quieres reconciliarte? ¡Ya entiendo! ¡Quieres usar mi vientre otra vez para que te dé hijos y luego dejarme sola luchando, y encima cuando nazca el bebé quitármelo y dárselo a la mujer que amas! ¡Qué fácil lo tienes! ¡Eres un hombre sin sentimientos! —Camila sentía el ardor de las lágrimas que querían brotar, pero las retenía con todas sus fuerzas.
—No es así, Camila; lo de antes fue un error mío, pero dame la oportunidad de arreglarlo todo —respondió Santiago con sinceridad.
—¡Ja! ¿Crees que es tan fácil?! —Camila rio con una carcajada forzada. —Ni lo sueñes, señor. Solo yo tengo el derecho de criar a Mateo. Eres un padre terrible; nunca le dedicaste ni un momento de atención cuando estaba en mi vientre, y casi lo matas porque tomó agua del amnios. Y cuando nació lo trataste todavía peor. Se lo diste a una mujer que no es diferente a ti: cruel y mala —espetó Camila, y las lágrimas que había contenido desde el principio se desbordaron al fin.
—Camila, lo siento de verdad —dijo Santiago; quiso tocar el hombro de Camila, que temblaba, pero retiró la mano. —La casa donde vivíamos la puse a tu nombre, Camila —dijo entregándole la escritura de la propiedad de la casa donde antes habían vivido juntos.
A Camila no le interesaba en lo más mínimo; su corazón ya estaba demasiado herido. La luz de la luna, que antes parecía hermosa, ahora solo dejaba ver con más claridad lo sombrío de la situación que se vivía en ese tejado. El viento de la noche soplaba con más fuerza, trayendo una tensión que envolvía cada vez más a esas dos personas que en otro tiempo habían sido esposos.
—En ese momento lo hice solo porque...
—¡Todo lo hiciste por el amor que le tienes a tu esposa! ¡Hasta el punto de no poder negarte, aunque eso significara violar tu juramento como médico! —Camila se dio la vuelta y miró a Santiago con la mirada llena de rabia. —Voy a llevarme a Mateo de esta casa; si te atreves a impedírmelo, te llevo por la vía legal —dijo Camila sin bromas. Dio una pisada en el suelo y se alejó de Santiago.
—Camila... Espera, Camila. ¡Cásate conmigo y viviremos felices! —Santiago sujetó la mano de Camila, pero ella la arrancó con fuerza.
Camila bajó las escaleras corriendo, sin responder a las palabras de Santiago, que en su opinión eran puro egoísmo. Camila no sabía que unos ojos habían escuchado su pelea desde el principio.
Continuará…