Durante tres años, Luciana fue utilizada por la familia de su esposo. Casada con Matías, se vio obligada a convertirse en donante de sangre permanente para Sofía, la hermana del mejor amigo fallecido de él. En esa casa no era esposa: cocinaba, limpiaba y obedecía. En la empresa, nadie la tomaba en serio.
Todo terminó cuando Sofía le envió fotos íntimas con Matías. Luciana no discutió. Pidió el divorcio y se fue.
Lo que dejaron atrás fue un error.
Tras regresar a su hogar, Luciana reveló su verdadera identidad: heredera de una familia millonaria. La sumisión no era necesidad, sino elección. Lejos del matrimonio, vuelve al mundo empresarial con capital, poder y memoria.
Esta vez, no será utilizada.
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Capítulo 8
A las ocho y treinta y siete de la mañana, la cuenta verificada de Luciana Rodríguez volvió a actualizarse.
No fue un texto largo. La publicación se abría con una sola imagen: una fotografía nítida, tomada en una habitación de hospital. Matías dormía de costado, el rostro relajado. Sofía estaba a su lado, cubierta por la misma sábana, con un brazo apoyado sobre su pecho.
Debajo de la imagen, Luciana adjuntó un comunicado formal.
Indicaba que esa fotografía había sido enviada directamente a ella por Sofía meses atrás, con la intención de humillarla y forzarla a ceder. Indicaba también que ese material, usado entonces como arma privada, era hoy presentado como prueba pública de una infidelidad ocurrida durante el matrimonio.
La publicación se compartió miles de veces en los primeros minutos. Pero no terminó ahí, Luciana continuó.
En el mismo comunicado, abordó el tema de la joya, la pieza por la cual había sido acusada de robo. Afirmó de manera clara que jamás la sustrajo ni tuvo acceso a la caja fuerte donde se guardaba. Señaló, en cambio, a Valeria Matías, hermana menor de Matías, como la persona que había retirado la joya y la había llevado al otro lado del Atlántico, concretamente a un casino europeo.
Adjuntó pruebas.
Un informe completo de un investigador privado, con fechas, movimientos bancarios y registros de viaje. Fotografías tomadas en una mesa de juego, donde era claramente visible en la muñeca de Valeria.
El documento cerraba con una advertencia legal breve y precisa, firmada con nombre y apellido. En menos de una hora, la narrativa cambió por completo. El mismo hashtag que había servido para humillarla explotó con una nueva dirección.
LaExEsposaDeLaFamiliaMatías volvió a ser tendencia, pero ahora acompañado de preguntas, indignación y condena.
Los comentarios dejaron de apuntar a Luciana.
“¿Así manejan sus empresas?”
“Difaman para tapar su propia basura.”
“Infidelidad, robo y mentiras.”
La imagen de la familia Matías se resquebrajó en tiempo real.
Los medios comenzaron a replicar la información. Programas matutinos abrieron con la noticia. Portales financieros hablaron de “crisis de reputación”. Para el mediodía, las acciones del grupo Matías habían caído por segundo día consecutivo.
En el piso alto del edificio corporativo, Matías lanzó el teléfono contra la pared.
—¿Quién autorizó ese comunicado? —rugió.
El asistente, pálido, se mantuvo firme.
—Salió desde la cuenta corporativa, señor. La orden vino directamente de la señora Carmen.
Matías cerró los ojos un segundo. Luego tomó el portavasos del escritorio y lo arrojó contra la puerta.
—Despidan al departamento de relaciones públicas —ordenó—. A todos. Hoy.
—Señor…
—Ahora.
El asistente asintió y salió apresurado.
Matías se sentó, respirando con dificultad. Miró la pantalla frente a él. La fotografía seguía allí, replicada en todos los portales. No había forma de negarla. No había forma de reinterpretarla.
El teléfono volvió a sonar.
—Retiren todo —ordenó apenas contestó—. Bajen las publicaciones. Llamen a los medios.
—No es posible —respondió el asistente desde la otra línea—. Galaxia Entretenimiento intervino. Marcelo fijó la publicación durante veinticuatro horas. Ninguna plataforma la va a retirar.
Matías apretó los dientes.
Galaxia Entretenimiento.
Recién entonces entendió el alcance real de Luciana.
Colgó sin decir nada más.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez, el nombre de su madre apareció en la pantalla. No contestó. A los segundos, entró otra llamada.
—Matías —dijo la voz grave de Augusto—. ¿Qué es este desastre?
—Estoy manejándolo.
—No lo estás —replicó su padre—. Borra todo. Haz lo que sea necesario para frenar esto. Estás arrastrando el apellido.
Antes de que pudiera responder, una tercera voz irrumpió en la llamada.
—¡Esa mujer nos está destruyendo! —gritó Carmen—. Tráiganla de vuelta. Hay que darle una lección.
—¡Basta!—dijo Matías, con un tono que nunca antes había usado con ella.
Hubo silencio.
—Valeria robó la joya —continuó—. Hay pruebas. Tienes que pedir disculpas públicas.
—¿Disculpas? —Carmen rió con desprecio—. ¿A esa mujer? Una oportunista que creyó que podía entrar a esta familia.
—Ya no es parte de esta familia —respondió él, frío—. Estamos divorciados.
Carmen guardó silencio unos segundos, luego habló con más dureza.
—Esto no termina acá.
—Sí termina —dijo Matías—. Y lo sabes.
Colgó. Por primera vez, entendió que había perdido algo que no podría recuperar.
no le pongas tanto relleno a las novelas, haz que la mujer se enamore, no tan rápido, ni tan lento, que allá pasión, amor etc..
eso es lo que amarra, a una persona en leer novelas, y con esta son dos novelas que me pasa lo mismo y fatal.
espero que cuando vuelva a leer una de tus obras nuevamente, hayas mejorado.
Me gusta como hablan los argentinos pero leer el vos, tenés, etc. no.