Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 25
Darío se despidió después de entregar la bolsa de papel. Echó un último vistazo a Clara, indeciso, y preguntó con tono casual:
—Entonces… ¿hoy sí vas a ir a trabajar o todavía no, Clara?
Clara se quedó callada un instante; sus ojos se desviaron hacia Álvar sin querer. La duda aún no había encontrado respuesta cuando la voz de Álvar se adelantó.
—¿Para qué va a trabajar Clara? —dijo con tono llano pero firme.
Clara volteó rápido.
—Para tener experiencia laboral —respondió en voz baja, pero clara.
Álvar soltó un suspiro corto.
—Tú eres mi esposa; a ti te mantienen, no mantienes tú. Yo todavía estoy aquí.
El aire de la habitación se puso tenso. Darío dejó escapar una risa breve —no burlona, más bien de extrañeza.
—La mentalidad del campo y la de la ciudad sí que son diferentes —comentó con ligereza—. En mi opinión, aunque Clara sea mujer y esté casada… sigue teniendo derecho a perseguir su carrera. El estado civil no debería ser un límite.
Álvar estaba por abrir la boca, la mandíbula endurecida, pero antes de que saliera una sola palabra:
—Hoy no voy a ir —se adelantó Clara. Dos pares de ojos se clavaron en ella.
—Papá sigue enfermo —continuó, lanzando una mirada hacia su padre postrado—. Quiero concentrarme aquí por ahora. Tal vez… mañana ya entre.
Darío asintió comprensivo.
—Es una decisión sensata. —Esbozó una sonrisa discreta—. Descansa bien, Clara.
Tras despedirse de Don Ramón y de Álvar, Darío se marchó. En cuanto la puerta se cerró, el silencio cayó sobre la habitación.
Álvar permanecía rígido junto a la cama, mientras Clara bajaba la mirada y apretaba la bolsa de papel entre las manos. Sabía que lo de hacía un momento no había sido una simple charla.
—Lo que dijo Darío es cierto —la voz de Don Ramón se oyó serena pero con autoridad—. Las mujeres también tienen derecho a perseguir su carrera. Pero… —miró a Álvar de reojo— lo que dijo Álvar tampoco está del todo equivocado.
Clara levantó el rostro.
—No soy empleada de planta, papá —explicó en voz baja—. Darío solo necesita algunos diseños. Yo nada más estoy ayudando.
Don Ramón asintió, como si entendiera la posición de su hija, y esbozó una sonrisa leve.
—Mientras sepas poner límites y cuides tu salud, tu papá está tranquilo.
Álvar, que había permanecido callado, habló al fin; el tono más bajo que antes.
—Antes de que despertaras, ya había comprado el desayuno abajo —dijo—. Lo dejé en la mesita de noche.
Clara volteó por reflejo. Sobre la mesita había un recipiente de comida sencillo, todavía tibio. En su propia mano sostenía la bolsa de papel de Darío.
Clara se acercó sin decir palabra. Despacio, colocó la bolsa de papel sobre la mesita, justo al lado de la cama de su papá. Luego, con un gesto tranquilo, tomó el recipiente que Álvar había comprado.
Lo abrió y comenzó a comer.
Álvar se quedó inmóvil unos segundos. Después, una sonrisa mínima —casi imperceptible— se dibujó en la comisura de sus labios. No era una sonrisa de triunfo ni de arrogancia.
Al menos Clara aún lo valoraba. Al menos no había perdido del todo. Álvar la observó comer con calma, sin aspavientos, sin drama.
Una enfermera entró con una carpeta pequeña en la mano. Revisó la presión arterial de Don Ramón, verificó el suero intravenoso y sonrió con amabilidad.
—Gracias a Dios, el estado de Don Ramón ya es estable. Al mediodía el doctor vendrá para el examen de seguimiento. Si no hay quejas, probablemente por la tarde ya pueda irse a casa —explicó.
Los ojos de Clara se iluminaron al instante. El aliento que había contenido desde temprano se soltó con inmenso alivio.
—Menos mal… —murmuró.
La enfermera se despidió y salió.
Antes de que el ambiente se asentara por completo, la puerta volvió a abrirse. Esta vez fue Doña Melisa, la mamá de Clara, quien entró. El rostro tenso, la mirada dura, muy distinta a la de esa mañana.
En cuanto vio a Álvar de pie cerca de la cama de Don Ramón, Doña Melisa frenó en seco.
—Tú —dijo cortante, señalándolo sin dudar—. Tú eres el causante de todo esto.
Las palabras tomaron por sorpresa tanto a Clara como a Álvar.
—Mamá… —Clara quiso intervenir por reflejo, pero Doña Melisa ya estaba desbordando su emoción.
—¡Si no fuera por los problemas de tu matrimonio, mi esposo no se habría desplomado así! —la voz le temblaba, entre rabia y miedo—. ¡Si no fuera por ti, Ramón no habría sufrido un infarto de repente! —repitió, el rostro encendido de furia.
—Señora —dijo Álvar acercándose; entendía a qué se refería su suegra.
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