Una noche, su amiga la arrastra a un exclusivo club nocturno en Italia. En el área VIP, rodeado de hombres trajeados como si fuera el dueño del lugar, un desconocido de ojos abrasadores la mira como si pudiera devorarla. Su voz ronca, su acento extranjero y sus manos tatuadas desatan algo que Lara nunca había sentido. Esa noche se entrega a él por primera y única vez.
A la mañana siguiente, él desapareció. Solo dejó un fajo de billetes y una nota que la hizo arder de rabia.
Lo que Lara no sabe es que ese hombre es Nikolai Pushkin, el Don de la Bratva rusa: un líder despiadado al que su propio imperio le prohíbe amar a una mujer fuera de su mundo. Y lo que Nikolai no sabe es que aquella noche dejó mucho más que dinero sobre la mesa.
Tres años después, cuando un giro del destino los vuelve a cruzar, Nikolai descubre que tiene un hijo. Y que la mujer que lo atormenta cada noche en sus sueños pasó por el infierno para sacar adelante sola a su bebé.
Ahora Nikolai está dispuesto a enfrentar a su familia, a sus aliados y a sus enemigos para recuperar lo que es suyo. Pero en el mundo de la mafia, reclamar a tu mujer y a tu heredero tiene un precio que puede cobrarse en sangre.
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Capítulo 25
Lara
Después de lo de anoche no vi a Nikolai. Ya eran las seis cuando su madre entró.
—Ve a arreglarte, querida.
—¿A dónde voy?
Pregunté confundida.
—A una fiesta en la mansión de Vlamir, uno de los cabecillas de la Bratva.
—No puedo, mi hijo...
—Mi nieto se quedará conmigo.
Afirmó sonriendo.
—¿No debería ir con la prometida? ¡Todavía está comprometido!
—Tu suegro y tu futuro marido ya resolvieron eso, con ayuda de mi yerno, que les dijo a todos que tú eres hija de un mafioso. Ahora solo falta fijar el compromiso y después la boda.
—Pensé que se iba a armar una guerra. ¿Pero solo lo aceptaron así?
—No te confíes, pequeña. Cuando el mar está en calma, los tiburones están en el fondo preparándose para atacar. En el mundo en el que vivimos no debemos confiar en nadie. Sé simpática, pero no le des confianza a ningún hombre ni mujer. Si alguien pregunta por tu familia, solo confirma lo que Luigie dijo. Aunque lo intenten, querida, jamás lograrán derribar a mi hijo.
Dijo seria y me dio dos palmaditas en el hombro.
—Ahora ve, querida. Tu vestido ya está en tu cuarto.
Miró a Gael jugando en el piso y sonrió.
—Voy a preparar sus cosas. Hoy mi pequeño duerme con la abuela.
—Gracias.
—Somos una familia, amor, y siempre protegemos a los nuestros.
Dijo y tomó a Gael en brazos, apretándolo.
—Abuela.
Alessa se emocionó y sonrió.
—Sí, mi amor. ¿Vamos a casa de la abuela?
—¡Sí!
Subimos y ella entró a nuestro cuarto. Miré el vestido sobre la cama y no pude esconder la sonrisa.
—Él lo eligió.
Dijo. Fui al baño, me puse el vestido que me quedó como un guante, me calcé los tacones que él también había comprado y me hice un maquillaje sencillo. Cuando bajé las escaleras ya no vi a Alessa ni a mi príncipe. Escuché pasos y miré hacia arriba: lo vi bajar las escaleras. ¿Cómo es posible que este hombre sea más guapo y bueno de lo que ya es? Recorrí su cuerpo con la mirada; el traje marcaba cada músculo a la perfección, dejándome con la boca hecha agua. Cerré la boca y tragué en seco.
—El vestido te queda perfecto, mi ángel.
—Ya te dije que no me llames así.
—Sigue así, mi ángel. Me encanta hacerte el amor cuando estás furiosa.
—Vámonos antes de que me arrepienta.
—Eres mi paraíso y mi infierno al mismo tiempo.
Extendió el brazo y lo tomé. Salimos. Abrió la puerta del auto y me subí; él subió después. El chofer arrancó y pronto salimos de la mansión.
—No tengas miedo. Voy a estar a tu lado.
—Está bien. Pero no te preocupes, estaré alerta.
—Gracias.
Se acomodó el traje. Minutos después el auto se detuvo frente a una mansión lujosa. La entrada estaba repleta de autos de lujo. Estacionó frente a la mansión, donde había una alfombra roja. Bajamos del auto, me tomó de la mano y entramos. Recorrimos el salón; él habló con varios hombres hasta que nos detuvimos frente a un hombre que debía tener unos setenta años y sonreía.
—Vlamir, como siempre dando buenas fiestas.
—Siempre, querido. ¿Y quién es la bella dama?
—Mi futura prometida.
—Una buena elección, hijo. La hija de Ivan no es una buena pretendiente para ningún hombre. Esa muchacha está perturbada. Ten cuidado.
—Nada que una bala no resuelva, amigo.
Conversaron un poco más y después fuimos al salón donde algunas personas bailaban.
—¿Bailas conmigo, ángel?
—¡Sí!
Me sujetó por la cintura y pegó nuestros cuerpos.
—Estás buenísima con ese vestido. Solo estoy pensando en cómo te lo voy a quitar cuando lleguemos a casa.
Sentí una contracción en el vientre y él sonrió. Maldito.