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Mi Querida Enemiga!

Mi Querida Enemiga!

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Atracción entre enemigos
Popularitas:519
Nilai: 5
nombre de autor: RealtiveRat

Un listón morado. Un brazalete rojo. Y una regla que ninguno debe romper.

​En la prestigiosa Academia Élite Amagi, la guerra entre chicos y chicas no es un juego: se dividen en pabellones opuestos, compiten por cada rincón del campus y nadie se atreve a cruzar "La Línea Roja".

​Al frente de esta rivalidad están Aoi Kisaragi, la implacable y elegante presidenta de las chicas, y Ren Kageyama, el imponente y serio líder de los chicos. Para todos en el colegio, son rivales acérrimos que no se pueden ni ver.

​Pero detrás de su mirada fría y su postura inquebrantable, Ren guarda el secreto más peligroso de la academia: lleva más de un año perdidamente enamorado de Aoi.

​¿Qué pasará cuando un encuentro fortuito a solas amenace con sacar a la luz su secreto? En un internado donde amar al enemigo es una traición, mantener las apariencias será su batalla más difícil.

NovelToon tiene autorización de RealtiveRat para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un día "Normal"

La resaca institucional del festival de teatro había comenzado a disiparse lentamente en los pasillos de la Academia Élite Amagi. Con el inicio de una nueva semana, el internado regresaba a su ritmo habitual, donde las tensiones entre el Pabellón Blanco y el Pabellón Negro se manifestaban no a través de grandes obras teatrales, sino en las pequeñas fricciones de la convivencia diaria.

Eran las diez de la mañana. El sol de la primavera baña los extensos patios centrales, iluminando a los estudiantes que caminaban hacia sus respectivas aulas.

En el ala este, dentro del territorio del Pabellón Negro, las cosas no marchaban con la total tranquilidad que el presidente del consejo estudiantil hubiera deseado. Ren Kageyama, sentado en su habitual pupitre junto a la ventana de la primera planta de bachillerato, sostenía un bolígrafo entre los dedos mientras revisaba distraído un informe de mantenimiento. A pocos metros, Daichi Matsuda tecleaba con rapidez en su tableta digital, y Kenji Sato se armaba de paciencia intentando organizar un montón de folletos caóticos.

—Oigan, explíquenme otra vez cuál era la necesidad lógica de imprimir quinientas copias de un gráfico de barras sobre el consumo eléctrico de las máquinas expendedoras —masculló Kenji con la frente apoyada contra la madera del escritorio, mirando con fastidio un folleto lleno de estadísticas aburridas.

La puerta del aula se abrió de golpe con un estrépito innecesario.

Por el dintel apareció Hiroto Takahashi, un estudiante de segundo año del mismo pabellón, luciendo una chaqueta impecable con los botones perfectamente abrochados y una carpeta de cuero bajo el brazo. Hiroto tenía una expresión de absoluta suficiencia en el rostro, flanqueado por dos chicos de su curso que intentaban mantener una postura seria.

Hiroto dio dos pasos al frente, aclarándose la garganta con un tono de voz fingidamente solemne para llamar la atención de todos los presentes en el aula.

—Atención a todos los residentes del Pabellón Negro —anunció Hiroto levantando el dedo índice con dramatismo—. Vengo a presentarles la base fundamental del plan maestro de reestructuración operativa para el próximo ciclo electoral del año entrante. Como pueden ver en los gráficos que con tanto esfuerzo he diseñado...

Ren ni siquiera se molestó en levantar la cabeza del informe. Con un suspiro lento, giró la página del documento y continuó escribiendo, ignorando por completo la solemne entrada de su autoproclamado rival.

Daichi, sin apartar los ojos de su tableta, ajustó sus anteojos y soltó un comentario seco sin mirarlo:

—Tus proyecciones estadísticas tienen un margen de error del cuarenta por ciento, Takahashi. Y los gráficos circulares están desalineados. Si pretendes desplazar al presidente Kageyama con diapositivas mal diseñadas, el único que va a terminar siendo reestructurado vas a ser tú.

Los murmullos y risas ahogadas de los demás alumnos de primer año no tardaron en resonar en el aula.

Hiroto sintió que las mejillas se le encendían de color rojo furioso por la humillación pública, pero intentó mantener la compostura ajustándose el cuello de la camisa con rigidez.

—¡Eso... eso es porque el sistema operativo actual de este pabellón está obsoleto! ¡El liderazgo de Kageyama carece de rigor administrativo y se basa únicamente en la intimidación escolar! —bramó Hiroto con la voz un poco quebrada por los nervios, señalando a Ren con furia—. ¡Pero te aseguro, Kageyama, que en las próximas elecciones de consejo estudiantil los estudiantes elegirán la eficiencia por encima de tu desinterés absoluto!

Ren finalmente detuvo el bolígrafo. Levantó la vista con total parsimonia, clavando sus ojos marrones en Hiroto con una mezcla de aburrimiento y profunda indiferencia.

—Si vas a armar una campaña para quitarme el puesto, al menos asegúrate de que tus seguidores no se queden dormidos en la segunda fila, Takahashi —respondió Ren con voz calmada pero cortante, señalando con la cabeza a uno de los chicos que acompañaban a Hiroto y que efectivamente estaba bostezando con la boca abierta—. Vuelve a tu clase. Estás bloqueando la entrada de la luz.

Los pocos alumnos que quedaban en el aula estallaron en carcajadas abiertas. Hiroto, sintiendo que su orgullo juvenil acababa de ser pisoteado sin piedad, dio media vuelta a toda velocidad y salió del salón azotando la puerta con furia, mascullando amenazas inaudibles entre dientes mientras sus dos leales secuaces corrían detrás de él para alcanzarlo.

Kenji soltó una carcajada estrepitosa, golpeando el escritorio con la palma de la mano.

—¡Jajaja! ¡Ese tipo es un chisteandante! ¡Intenta ser una amenaza seria pero siempre termina haciendo el ridículo frente a todo el mundo! —exclamó Kenji secándose una lagrimita de risa.

Ren volvió a concentrarse en sus documentos, esbozando una pequeña sonrisa de medio lado, sabiendo perfectamente que la política interna de su pabellón era un circo, pero que al menos servía para pasar el rato.

Mientras tanto, al otro lado de la academia, en el imponente y silencioso territorio del Pabellón Blanco, el ambiente era de una refinada hostilidad.

En una de las elegantes salas de estudio privadas, Aoi Kisaragi se encontraba sentada frente a un escritorio de caoba oscura, revisando los expedientes de las actividades extracurriculares. Su postura era impecable, con el cabello rubio perfectamente alineado y el uniforme sin una sola arruga.

Sin embargo, la tranquilidad de su espacio privado se vio interrumpida cuando la puerta se abrió con total ligereza.

Un grupo de cuatro chicas de su mismo pabellón, lideradas por Emi Takahashi (una alumna de primer año conocida por su alta posición social dentro del internado y su aguda lengua), ingresaron a la sala con pasos cadenciosos, portando tazas de té en las manos.

—Vaya, vaya... qué silencioso está por aquí el despacho de nuestra honorable presidenta —comenzó Emi con una sonrisa dulce pero cargada de un veneno sutil, apoyándose contra el borde de la mesa de Aoi—. Aunque, bueno, supongo que después del ridículo espantoso que hiciste en el escenario del festival de teatro actuando junto al rufián del Pabellón Negro, el silencio es lo único que te queda para recuperar la dignidad.

Aoi detuvo el pulso del bolígrafo de inmediato. No levantó la vista de inmediato, pero la rigidez en sus hombros delataba que la provocación había dado en el blanco exacto.

—Cuida tus palabras, Emi —respondió Aoi con un tono de voz gélido, helado y pausado que hizo que las demás chicas del grupo contuvieran el aliento por un instante—. Mi participación en la obra fue una orden directa de la junta directiva y del comité de protocolo para mantener la armonía institucional. No fue, ni por asomo, una elección personal.

Emi dio un paso al frente, inclinándose ligeramente sobre el escritorio con una expresión burlona en los ojos.

—Oh, vamos, Aoi. Todo el colegio vio cómo te quedaste congelada cuando Kageyama te recitó el diálogo romántico. Y ni hablemos del empujón tan poco elegante que le diste después... parecías una colegiala celosa perdiendo el control por un chico —susurró Emi con un tono cargado de malicia, buscando provocar una reacción explosiva.

Las otras tres chicas del grupo soltaron risitas disimuladas detrás de sus abanicos y tazas de té.

Aoi finalmente levantó la vista. Sus ojos azul claro brillaban con una intensidad aterradora, despidiendo destellos de pura furia contenida. Su orgullo, su disciplina y su reputación impecable eran lo más sagrado que tenía en este mundo; permitir que un grupito de elitistas desubicadas manchara su nombre comparándola con Kageyama era algo que simplemente no iba a tolerar.

—¿Celosa? ¿De ese insoportable, arrogante y patético líder de los cavernícolas del Pabellón Negro? —preguntó Aoi con una voz tan baja, afilada y peligrosa que la temperatura de la habitación pareció descender varios grados de golpe—. Emi, te sugiero que midas muy bien el alcance de tus palabras y el destino de tus próximas calificaciones trimestrales. Si vuelves a insinuar semejante estupidez sobre mí, me encargaré personalmente de que tu comité de etiqueta te repruebe en conducta por el resto del año escolar. ¿Te quedó absolutamente claro?

Emi palideció de golpe al ver la mirada asesina de su presidenta. Sabía perfectamente que Aoi cumplía cada una de sus advertencias académicas sin dudar ni un segundo. Tragó saliva con dificultad, obligándose a enderezar la postura y forzar una sonrisa incómoda.

—S-solo era una broma, Kisaragi... no te pongas así de tensa —balbuceó Emi, dando un paso hacia atrás—. Nosotras... nosotras ya nos vamos. Tenemos que revisar los registros del club de literatura.

Sin esperar respuesta, el grupo de chicas dio media vuelta y salió de la sala a toda prisa, cerrando la puerta con extrema cautela para no enfurecerla más.

Aoi exhaló un suspiro largo, temblando ligeramente de rabia pura. Se llevó una mano a la frente, apretando los ojos con frustración.

(Maldito Kageyama...), pensó Aoi con furia contenida, apretando el bolígrafo hasta que los nudillos se le pusieron blancos. (Hasta cuando no está cerca, su sola existencia sigue trayéndome problemas y rumores absurdos. ¡Juro que la próxima vez que lo vea le haré pagar cada segundo de esta humillación...!)

La tarde avanzaba en la Academia Élite Amagi, y mientras los aspirantes a dictadores hacían papelones en el pabellón de enfrente y las enemistades internas cocinaban sus rencores, el escenario quedaba perfectamente listo para el siguiente choque inevitable entre los dos eternos rivales.

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