Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 9: Fantasías de plomo y colmillos
El agua caliente de las duchas del vestidor masculino caía a borbotones, empañando los espejos y mezclándose con el vapor y el olor a jabón mentolado. Dante se recostó contra los azulejos húmedos, dejando que el chorro le golpeara la nuca mientras cerraba los ojos.
Han pasado dos días exactos desde que Sara le destrozó el tabique frente a medio polideportivo, y la leve hinchazón en su nariz seguía siendo un recordatorio físico y constante de la bofetada. Pero el dolor físico era lo de menos. Lo que le quemaba por dentro era la cabeza; desde esa tarde en la cancha, Sara Viera se había instalado en sus pensamientos como un parásito imposible de extirpar.
Intentaba trazar planes racionales, estrategias de seducción de las que siempre presumía ante sus amigos, pero ninguna de sus ideas pasaba el filtro de la sensatez. Todas sus fantasías con ella eran una salvajada.
Soñaba con acorralarla contra la fría pared de los casilleros en medio de la penumbra del gimnasio, tomándola por las muñecas para inmovilizarla y estrellar sus labios contra esa boca feroz, desafiante, probando el sabor a bronca y resistencia. Recordaba el sueño de la noche anterior, donde la alzaba en medio de la cancha vacía cargándola a cuestas hasta los vestidores, ignorando sus gritos de furia solo para verla forcejear bajo su peso. Y peor aún, las veces que se descubría pensando despierto en el agua de las duchas cayendo sobre ambos, rasgando la tela de su ropa empapada, buscando dominar un cuerpo que se negaba a ceder.
Ninguna de esas ideas era coherente. Eran impulsos oscuros, visiones viscerales donde la venganza se confundía con una necesidad urgente y enfermiza de tocarla. No quería que Sara cayera rendida y sumisa como las demás; lo que su maldito ego herido exigía era verla luchar, verla morder, comprobar si era capaz de doblegar esa furia indomable y hacerla estallar bajo sus manos.
Dante abrió los ojos abruptamente, apagó la llave del agua con un golpe seco y salió de la ducha. Se pasó una toalla áspera por el cuerpo marcado de tinta, con las gotas de agua escurriéndose por su abdomen mientras caminaba hacia su casillero metálico.
Mientras se ponía una camiseta negra ajustada y los jeans oscuros, su mente volvió a trazar un plan concreto, uno que iba más allá de las miradas en los pasillos. Este fin de semana había una fiesta privada organizada por el equipo de atletismo en una quinta a las afueras de la ciudad, un terreno neutral donde las reglas del campus no aplicaban. Si ella se negaba a pisar la gran fiesta de fin de año de la facultad, él se encargaría de acorralarla donde nadie pudiera rescatarla.
La iba a arrastrar a su terreno, cuandosea y como sea. El juego del hielo y los golpes se iba a terminar muy pronto.
—¿Por que tardaste tanto? —pregunto Leo desde la banca mientras estaba tirado boca arriba.
—No fue tanto...vamos,ya tengo un plan en marcha y necesito de la colaboración de todos.—dijo Dante mientras marchaba fuera de los vestidores.