Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 18. Una acusación delante de todos
A la hora del almuerzo, Valentina salió de su escritorio para buscar unos documentos en el archivo.
Cuando regresó, notó que varios empleados estaban reunidos cerca de la recepción.
Algunos hablaban en voz baja; otros la miraban y apartaban rápidamente los ojos cuando ella se acercaba.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Nadie respondió.
Valentina dejó su carpeta sobre el escritorio y encendió la computadora.
Entonces escuchó la voz de una de sus compañeras.
—No entiendo cómo algunas personas consiguen ascender tan rápido.
Otra mujer respondió entre risas.
—Quizá no todas necesitan demostrar sus capacidades para conseguir lo que quieren.
Valentina se quedó quieta.
Sabía perfectamente de quién estaban hablando. Se levantó y se acercó a ellas.
—Si tienen algo que decirme, pueden hacerlo directamente.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada incómoda.
—No estamos hablando de ti, Valentina —respondió una.
—Entonces no tendrán problema en repetir lo que estaban diciendo.
Ninguna respondió.
Valentina respiró profundamente y regresó a su escritorio. No pensaba perder su tiempo discutiendo con personas que preferían inventar historias antes que preguntarle la verdad.
Pero, cuando abrió su correo electrónico, encontró un mensaje anónimo.
El asunto decía:
«La favorita del señor Montenegro».
Debajo había varias fotografías de Alejandro y ella en la cena, acompañadas de comentarios insinuando que la nueva secretaria había conseguido su puesto gracias a una relación personal con el empresario.
Valentina sintió que la sangre se le subía al rostro.
No era verdad.
Había conseguido aquel empleo porque había estudiado, trabajado y superado un proceso de selección. Nadie le había regalado aquella oportunidad.
Y, sin embargo, en cuestión de minutos, todo lo que había conseguido podía quedar reducido a un rumor.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz de Alejandro resonó desde la entrada del piso.
Los empleados regresaron rápidamente a sus puestos.
Él caminó hasta el escritorio de Valentina y notó su expresión.
—¿Qué ha ocurrido? Ella cerró el correo.
—Nada, señor.
Alejandro la miró con seriedad.
—No vuelva a decirme eso cuando es evidente que algo sucede.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Quiere saber qué ocurre? Están diciendo que conseguí mi empleo porque tengo algo con usted. Están difundiendo fotografías de una cena de negocios y convirtiendo mi trabajo en un chisme.
Alejandro se quedó inmóvil.
Valentina continuó, incapaz de contener la frustración.
—Yo necesito este empleo, señor Montenegro. Mi familia depende de mí. No puedo permitirme que todos piensen que estoy aquí porque usted me favorece.
—Nadie tiene derecho a cuestionar sus capacidades sin pruebas.
—Pero lo están haciendo.
—Entonces tendrán que responder por ello.
Alejandro se volvió hacia el resto de los empleados.
—Quiero a Recursos Humanos en mi despacho dentro de diez minutos. Y quiero saber quién está distribuyendo información privada sobre mi personal.
Su tono fue tan firme que nadie se atrevió a responder.
Después miró nuevamente a Valentina.
—Venga conmigo.
Ella dudó.
—¿Para qué?
—Para revisar el origen de ese correo y dejar constancia de lo ocurrido.
Valentina tomó su computadora portátil y lo siguió.
Por primera vez desde que había empezado a trabajar allí, sintió que alguien estaba dispuesto a escucharla antes de juzgarla.
Pero esa sensación duró poco.
Porque, mientras caminaba hacia el despacho, vio a Isabella al final del pasillo.
La prometida de Alejandro la observaba con una sonrisa apenas perceptible.
Y Valentina comprendió que aquella mujer no pensaba detenerse.