Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?
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El eco del beso
El eco del beso
El piso cuarenta del Hotel Vance International pareció quedar suspendido en el vacío del espacio y el tiempo. El beso, posesivo y cargado de una urgencia que ambos habían intentado sepultar bajo cláusulas legales y tecnicismos financieros, se rompió con la misma lentitud tortuosa con la que había comenzado. Mía dio un paso atrás, con la respiración entrecortada y los labios encendidos, apoyando las manos contra el borde de la mesa de caoba para no permitir que sus piernas flaquearan ante la imponente silueta del billonario.
Maximiliano permaneció estático, con los puños cerrados a los costados y las tormentas grises de sus ojos destellando con una intensidad salvaje. El aire acondicionado del salón de juntas parecía insuficiente para enfriar la tensión eléctrica que acababa de demoler la última regla de control que le quedaba al magnate.
—Esto... no formaba parte de la estrategia con la junta, Maximiliano —articuló Mía, forzando a su voz a recuperar esa firmeza profesional que el contacto de los labios del hombre había estado a punto de desintegrar.
—La junta se ha ido, Mía —replicó el billonario, y su barítono profundo sonó más áspero, denotando la brutal lucha interna que libraba por recuperar su máscara de piedra—. Y lo que pasó aquí no tiene nada que ver con las acciones de la bolsa ni con los abogados de Vanessa. Te lo advertí anoche: estás destruyendo el control que me costó catorce meses construir. Cada vez que intentas recordarme que esto es solo un contrato, me dan ganas de quemar el papel y obligarte a aceptar que este anillo te pertenece por derecho propio.
Mía levantó la barbilla, clavando su mirada castaña en las facciones perfectas y pálidas del CEO. El diamante de corte esmeralda en su mano izquierda captó el reflejo de los ventanales, recordándole el precio de la armadura de oro que llevaba puesta.
—No voy a aceptar un derecho que nazca del miedo a perder a tu hijo, ni de la necesidad de blindar tus hoteles —siseó ella, con una dignidad que hizo que la mandíbula de Maximiliano se tensara al límite—. Pusimos de rodillas a Harrison y a tus accionistas porque mi trabajo con Leo es real. Pero si confundes mi lealtad hacia el niño con una entrega absoluta a tus mandatos posesivos, el contraataque se va a desmoronar antes de que lleguemos al tribunal de distrito.
Maximiliano la observó en silencio durante un largo e insoportable segundo, devorando la fijeza inquebrantable de sus ojos. Había una pureza en Mía Thorne que no buscaba sus millones ni se doblegaba ante su inmenso poder corporativo, y era precisamente esa resistencia lo que lo mantenía encadenado a ella de una manera que rayaba en la obsesión.
—La limusina nos espera abajo —declaró el magnate, recuperando abruptamente su tono plano y formal, aunque sus dedos aún temblaban levemente cuando tomó su tableta digital del escritorio—. Debemos regresar a la mansión. Harrison me ha confirmado que el juez de distrito ha fijado la primera audiencia de comparecencia para el próximo martes. Vanessa no se va a quedar de brazos cruzados tras el repunte de las acciones de esta mañana; su siguiente movimiento será atacar directamente tu entorno personal.
El regreso a la propiedad transcurrió en un silencio denso, pero ya no era el silencio de la distancia ejecutiva, sino el de dos estrategas que sabían que habían cruzado el punto de no retorno. Maximiliano no volvió a tocar el tema del beso, pero su mirada gris acero buscaba el reflejo de Mía en el cristal de la limusina cada vez que el vehículo tomaba una curva cerrada hacia las colinas de la ciudad.
Al llegar a la mansión, la atmósfera de paz forzada que Mía tanto había defendido pareció restaurarse en la superficie. Leo los recibió en el salón de juegos con una energía renovada. El pequeño corrió hacia Mía en cuanto la vio entrar con el traje de sastre azul marino, sosteniendo un bloque de madera en alto.
—¡Mía! ¡Mira... torre! —articuló el niño, y la nitidez de las consonantes hizo que la señora Gable, que observaba desde el umbral, soltara un suspiro de genuino asombro.
—Es una torre altísima, Leo —respondió Mía, arrodillándose de inmediato sobre la alfombra, sin importarle que la costosa tela del conjunto se arrugara contra el suelo. Tomó las manos del pequeño y le dedicó una sonrisa pura, sintiendo que el peso de la alta sociedad y las amenazas de Vanessa se disipaban ante el sonido de esa voz infantil que ella misma había rescatado del olvido.
Maximiliano se detuvo en el umbral del salón de juegos, observando la escena con los brazos cruzados. Ver a su hijo sonreír, interactuar y buscar activamente la aprobación de Mía provocó una grieta definitiva en su fortaleza de hielo. Se dio cuenta, con una claridad aterradora, de que la niñera de la calle no solo había salvado al heredero de su imperio, sino que se había convertido en el centro de gravedad de toda su vida.
La calma, sin embargo, duró poco. Al caer la noche, mientras una niebla espesa y fría volvía a trepar por los rosales del jardín, un correo electrónico con carácter de urgencia absoluta entró en la terminal privada de Maximiliano.
Mía se encontraba en la biblioteca, terminando de redactar el informe de evolución cualitativa que Harrison presentaría ante el juez el martes. El sonido de la puerta de doble hoja abriéndose de golpe la hizo dar un leve respingo.
Maximiliano entró al espacio empolvado con el rostro completamente desencajado. Sostenía un fajo de hojas impresas en su mano derecha y sus ojos grises brillaban con una furia fría que superaba cualquier confrontación anterior. El aroma a tabaco caro y adrenalina pura inundó el ambiente.
—Tu exesposa ha jugado su última carta, Maximiliano —dijo Mía, poniéndose de pie de inmediato, intuyendo el desastre.
—Esto es peor que una apelación por custodia, Mía —siseó el billonario, arrojando los papeles sobre la mesa de lectura—. El bufete de Vanessa ha presentado una moción de desacato civil al tribunal. Han rastreado los registros de la policía municipal de la noche en que llegaste aquí. Han descubierto que no tienes un domicilio registrado en los últimos tres meses antes de tu contratación y que tu nombre figuraba en una lista de asistencia de un albergue social de la zona sur.
Mía sintió que la sangre se le congelaba en las venas. El secreto que el contraataque de oro de Maximiliano había intentado sepultar bajo el blindaje del Instituto de Zúrich estaba expuesto.
—Ellos van a alegar que el contrato en Suiza es una simulación contractual armada por mi equipo legal para encubrir el hecho de que metí a una persona en situación de calle a vivir con el menor —continuó Maximiliano, y su voz bajó a un barítono tan rasposo que pareció un rugido contenido—. El juez de distrito ha ordenado una inspección residencial de urgencia para este viernes a primera hora. Si la asistente social de la corte encuentra una sola inconsistencia en tu habitación o en tus declaraciones, el blindaje de Harrison no servirá de nada. Nos acusarán de fraude procesal.
Mía dio dos pasos rápidos hacia él, cruzando la distancia mínima que los separaba, ignorando la armadura de jefe del hombre. Colocó sus manos sobre el pecho de Maximiliano, sintiendo el ritmo frenético de sus latidos.
—Entonces dejaremos de jugar a la defensiva con sus papeles, Maximiliano —declaró Mía, y sus ojos castaños brillaron con un fuego protector que desarmó la línea dura de la mandíbula del magnate—. Ella tiene los registros del pasado, pero nosotros tenemos el presente de Leo. El viernes, cuando esa asistente social entre por esa puerta, no va a encontrar a una empleada clandestina ni a una académica de papel. Va a encontrar a la prometida del dueño de esta casa, viviendo en el ala principal y liderando la recuperación del niño. Si ellos quieren litigar con mi pasado, yo voy a litigar con los monosílabos que tu hijo pronunció hoy en este salón. No voy a parpadear, Maximiliano. No frente a ella.
Maximiliano la observó detalladamente, y la posesividad de su mirada se transformó en un pacto inquebrantable. Enterró sus dedos largos en el cabello castaño de la joven, uniendo sus frentes en medio de la penumbra de la biblioteca, mientras el eco del beso del piso cuarenta volvía a encender el aire. La inspección del viernes estaba fijada, y en el tablero de los Vance, la reina se preparaba para resistir el golpe definitivo de la tormenta.