Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.
Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.
Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.
Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.
¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?
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Capítulo 24
Capítulo 24
Los últimos cinco meses habían sido duros y no siempre había podido estar con Noah. A veces me hacían dudar de haber elegido bien la profesión, porque el hospital me tenía ocupada y lejos de él. Pero lo único que yo quería era darle a mi hijo todo lo que necesitara, y en un par de años me retiraría para dedicarme a estar a su lado.
Noah era lo mejor que me había dejado un matrimonio horrible. Lo único que había pedido en mis oraciones, y después de tres años de intentarlo, por fin había llegado.
Recordaba cuando la enfermera me lo puso sobre el pecho y esa dicha tan pura. Lo cálido y cómodo que se sentía contra mí. Fue el día más feliz de mi vida. Y nunca quise que se separara de mi lado.
Aunque su padre no estaba, a él no parecía importarle. Nunca preguntaba, y era como si le bastara conmigo de madre. Siempre fue un niño alegre, y siempre veía la vida por el lado bueno.
Y hoy cumplía seis años.
Estaba creciendo demasiado rápido.
Delante de mis ojos.
Los primeros dientes, los primeros pasos, la primera palabra, el primer día de kínder. Había sido una montaña rusa, y me abrumaba por completo.
Sabía que en diez años ya sería un muchacho hecho y derecho y no necesitaría a su mamá, pero por ahora seguía siendo mi bebé, y pensaba disfrutar cada momento mientras pudiera.
Eran las cinco de la mañana y yo llevaba despierta desde las dos, horneando su pastel y preparándole su desayuno favorito: waffles y un malteado de chocolate.
También le había comprado unos cuantos regalos, entre ellos su primera moto. No sabía cómo iba a reaccionar, pero se había emocionado mucho cuando le enseñé las fotos.
Además le compré unos zapatos nuevos, un montón de figuras de acción, un par de juegos de mesa y una Nintendo Switch nueva, ya configurada y lista para usar.
Jessica también le había comprado regalos. Sobre todo ropa, juguetes, libros y algunos juegos de mesa más.
Noah siempre había sido un niño muy sociable, de los que aman hacer amigos. Nada de tímido. Tenía mucha personalidad y le encantaba hacer reír a todos. Era el niño más dulce.
Desde hacía años era nuestra pequeña tradición: yo le horneaba un pastel, invitaba a sus amigos y hacíamos una fiesta. Y por más que quisiera hacerle algo grande, no podía olvidar que esta era la manada de su padre y que no quería que mucha gente supiera que tenía un hijo. Así que solo invitaría a unos cuantos niños del vecindario.
Metí el pastel al horno y subí a mi cuarto a bañarme. Después de secarme y ponerme unos shorts y una camiseta de tirantes, bajé a la cocina.
Fui al cuarto de Jessica y la desperté. Entre las dos íbamos a despertar a Noah con canciones de cumpleaños para que soplara las velas del pastel.
Entramos sin hacer ruido a su cuarto y nos metimos en su cama, una de cada lado. Empezamos a cantar «Cumpleaños feliz».
—Cumpleaños feliz, te deseamos a ti. Cumpleaños, Noah, que los cumplas feliz.
Parpadeó varias veces antes de abrir los ojos. Nos miró confundido, hasta que cayó en cuenta y una sonrisa enorme le iluminó la cara.
—¡Es mi cumpleaños, mami!
—Claro que sí, campeón. Y son seis, que es un número muy especial. ¿Listo para los regalos?
Asintió con fuerza y se bajó de la cama. Jessica y yo cantamos otra vez, y esta vez sopló las velas y pidió un deseo.
—Feliz cumpleaños, hombrecito. Seis añotes ya. El tiempo vuela —dijo Jessica, revolviéndole el pelo.
—Y que lo digas. Ahora vamos a desayunar, y después abres tus regalos.
Asintió emocionado y nos siguió a la cocina. El olor del pastel llenaba el aire y él se sentó con una sonrisa de oreja a oreja. Verle esa cara de felicidad no tenía precio, y hacía que todo valiera la pena.
Jessica y yo nos sentamos junto a él y empezamos a cortarle los waffles y a servirle el sirope de maple.
Después del desayuno sacamos los regalos y volvimos a su cuarto.
Nos sentamos en el piso a verlo abrir sus paquetes.
—¡Ay, mami! ¿Me compraste una moto? ¡Qué chévere! ¿Puedo manejarla ya?
—Claro que sí. Pero primero tienes que aprender a manejarla.
—¡Sí! ¡Eres la mejor mami del mundo entero! ¡Y quiero que seas mi mami para siempre, siempre, siempre! —dijo, y se lanzó a mis brazos.
Se me calentó el corazón con sus palabras y lo abracé. —Y yo quiero ser tu mami para siempre, siempre, siempre.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo, mi vida —dije, secándome una lágrima que se me había escapado.
Era todo para mí.
—Gracias, mami. Te quiero —susurró, apretándome fuerte.
—Yo también te quiero, cariño.
—¡Oigan! No se olviden de mí. Yo ayudé a comprar esos regalos. ¿Dónde están mis gracias, hombrecito? —preguntó Jessica, y lo estrechó entre sus brazos.
—Tía Jess, eres la mejor tía del mundo. Te quiero muchísimo.
—Yo también te quiero, dulzura. Ahora, ¿por qué no te pruebas los zapatos nuevos, a ver si te quedan?
Noah asintió, se quitó las pantuflas y se puso los zapatos nuevos.
—¿Cómo se sienten, mi vida?
—Superchéveres, mami. Gracias, mami. ¡Son los mejores regalos del mundo! ¡Este es el mejor cumpleaños del mundo!
Esas palabras hicieron que todo mi esfuerzo valiera la pena.
Los invitados empezaron a llegar cerca del mediodía. Vinieron algunos niños del vecindario, y los padres se quedaron a cuidarlos.
La fiesta salió muy bien y los niños la pasaron de maravilla. Duró hasta las seis de la tarde, y poco después se fueron los niños con sus papás. Jessica y yo recogimos todo mientras Noah jugaba arriba con sus juguetes y videojuegos nuevos.
Preparé espagueti con albóndigas para la cena y los tres comimos viendo una película.
El resto de la noche lo pasamos haciendo cosas juntos y descansando.
Fue el mejor cumpleaños que había tenido, y eso era lo único que importaba.
Más tarde esa noche lo arropé y le di un beso en la frente. —Buenas noches, mi vida. Feliz cumpleaños, cariño. Que sueñes bonito.
—Buenas noches, mami. Gracias por hacer especial mi cumpleaños. Te quiero.
—Yo también te quiero. Buenas noches, mi vida.
—Buenas noches, mami.
Le di un último beso en la frente, salí del cuarto y fui a la sala.
Jessica estaba sentada en el sofá, tomándose una copa de vino.
—¿Y tú qué te compraste? —preguntó.
—¿Cómo así?
—En estos seis años solo le has comprado regalos a Noah, y ni una sola vez se te ocurrió comprarte algo a ti. Entonces, ¿qué te compraste, Rory?
—La verdad, nada. Me compré algo de ropa y unos zapatos, pero eso es todo.
—¡Pues está decidido! Mañana nos vamos de compras. Has hecho tanto por Noah que mereces consentirte un poco. Y ni se te ocurra salirme con la excusa barata de que se acaba el dinero, porque sé perfectamente que nos alcanza.
Puse los ojos en blanco. —Está bien. Voy contigo.
—¡Perfecto! Mañana por la mañana, y no se discute.
—Sí, jefa —dije, con un saludo burlón.
—Así me gusta. Ahora, tengo una cita esta noche, así que mejor me voy yendo.
—Que te diviertas. Y salúdame al afortunado.
—Va. Nos vemos luego.
—Chao, V.
Cuando se fue, entré a la cocina.
Me dio flojera lavar los platos, así que los dejé en el fregadero y subí a mi cuarto. Me di una ducha rápida, me sequé y me puse unos shorts y una camiseta de tirantes para dormir.
Justo cuando iba a meterme en la cama, una ráfaga de viento fuerte recorrió la casa.
Frunciendo el ceño, fui a ver a Noah, pero dormía profundamente.
Volví a mi cuarto y cerré la puerta, pero el ruido del viento seguía creciendo.
—¿Qué demonios?
De pronto la ventana se abrió de golpe y el viento se hizo más fuerte.
—Mierda.
Me acerqué a la ventana e intenté cerrarla, pero una fuerza me lo impidió, y una voz habló.