Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: La llamada de Boston
El cielo sobre Milán no concedía tregua. La tarde del día siguiente al banquete del Palazzo Serbelloni se consumía bajo una luz cenicienta, pesada como el plomo, que convertía los rascacielos de Porta Nuova en siluetas espectrales recortadas contra la neblina.
A las siete y cuarto de la tarde, la planta cuarenta y dos había quedado en penumbra. El personal administrativo y los auditores se habían retirado tras una jornada asfixiante bajo la nueva dirección de Martina, dejando tras de sí un silencio que solo el zumbido distante de los servidores y el impacto rítmico del aguanieve contra los cristales lograba romper.
En la antesala, Dereck permanecía sentado frente a los monitores de vigilancia con la espalda recta y la mirada fija en las sombras. Se había quitado la americana del traje, dejando a la vista el chaleco negro y la funda sobaquera donde descansaba la semiautomática. Sobre sus rodillas reposaba un receptor de radiofrecuencia táctico, conectado a un auricular en su oído izquierdo.
Llevaba tres horas rastreando los flujos de datos del piso.
La imagen de Martina en la galería del palacio —sosteniéndole la mirada con los labios entreabiertos, el vestido azul deslizándose sobre su piel y esa frialdad letal con la que había quebrado la muñeca de Rinaldi— se negaba a abandonar su mente. Aquella insolencia le quemaba en la sangre. Cuanto más intentaba encajarla en el molde de una consentida superficial, más se le escapaba entre los dedos.
Es una actriz, se repetía Dereck con terquedad, clavando los ojos en la puerta cerrada del despacho de ella. Una farsante entrenada para desconcertar. Las mujeres criadas en el lujo que juegan a ser independientes siempre ocultan una grieta podrida. Solo hay que saber dónde presionar.
Un destello rojo en la consola portátil interrumpió sus pensamientos.
Una línea satelital secundaria, encriptada mediante un protocolo PGP de grado militar no registrado en la centralita de la corporación Moretti, acababa de activarse dentro del despacho privado.
Dereck ajustó el dial del auricular al instante, modulando la ganancia del micrófono ambiental oculto que había dejado en el marco de la ventana durante su primer barrido.
El audio llegó con una nitidez casi quirúrgica.
Primero se escuchó el crujido suave del cuero cuando Martina se levantó del sillón, seguido por el sonido de pasos descalzos acercándose al ventanal panorámico. Después, el chasquido del conmutador al descolgar.
—Te dije que no volvieras a marcar a esta frecuencia —la voz de Martina sonó baja, tensa, desprovista del tono imperioso que utilizaba en las juntas corporativas. Había en su timbre una aspereza distinta, casi vulnerable, que a Dereck le tensó cada músculo de la espalda.
Al otro lado de la línea, la voz de un hombre respondió en inglés con acento impecable de la Costa Este:
—Tardé dos semanas en saltarme el cortafuegos de tu servidor de Delaware, Martina. Sabía que habías vuelto a Italia.
Un silencio espeso cayó sobre la comunicación. Dereck apretó el receptor con tanta fuerza que los bordes plásticos crujieron bajo sus dedos enguantados.
—No debiste buscarme, Liam —respondió ella, y el uso de ese nombre anglosajón resonó en el canal auditivo de Dereck como un disparo a quemarropa—. Ese ciclo terminó el día que recogí mis títulos en Cambridge. No hay nada más que hablar.
—No me jodas con eso, Martina —la voz del hombre sonaba desgarrada, cargada de una desesperación contenida—. Pasamos tres años juntos en esa biblioteca. Conozco cada una de tus cicatrices, sé lo que te costaba respirar cuando recibías cartas de Milán... No puedes simplemente subirte a un avión, enterrarte en ese nido de criminales y fingir que lo nuestro nunca existió.
Dereck sintió que el aire se convertía en ácido puro en sus pulmones.
Tres años.
El prejuicio que durante semanas había alimentado sobre los años de Martina en América cobró de pronto una dimensión siniestra, brutal y corrosiva. No era una simple libertina coleccionando romances de fin de semana; tenía un hombre en la sombra. Un cabo suelto que conocía sus debilidades y que ahora llamaba a través de canales blindados al corazón financiero de los Moretti.
—Lo nuestro fue un error de cálculo, Liam —dijo Martina, y aunque sus palabras eran de hielo, un temblor microscópico en su garganta delató el esfuerzo sobrehumano que le costaba pronunciarlas—. Tú tomaste tu camino y yo tomé el mío.
—¡Mi camino era el único que podía sacarte de esa mierda! —estalló la voz del teléfono—. Fui aceptado en Quantico, Martina. El juramento con la agencia es en un mes. Una vez que entre en la academia federal, no habrá marcha atrás. Si me quedo en la división de crimen organizado, tu apellido va a estar en las carpetas de mis superiores. Quería ofrecerte una salida antes de que las fronteras se cierren para siempre.
Dereck se puso de pie en un solo movimiento, con los ojos grises dilatados por una furia salvaje que jamás en su vida había experimentado.
Quantico. La agencia federal. El FBI.
La mente de Dereck, forjada en la paranoia de las guerras mafiosas del norte, ató cabos con la velocidad de un rayo envenenado. La hija del capo supremo, la prometida que debía garantizar la estabilidad de los sindicatos de toda Europa, no solo había mantenido un romance clandestino durante sus años en Boston: se había acostado con un futuro agente federal estadounidense.
La sospecha de traición estalló en su cabeza como una bomba de racimo.
¿Y si las auditorías impecables, los fideicomisos a ciegas y el control absoluto de los activos limpios no eran para proteger el patrimonio familiar? ¿Y si la niña prodigio de Harvard era un topo? Una infiltrada del Departamento de Justicia norteamericano preparando el terreno para una intervención masiva que destruiría tanto a los Moretti como a su propia dinastía.
El dolor ajeno que se desprendía de la llamada fue completamente ignorado por el cinismo de Dereck. Para él no existía la renuncia ni el sacrificio; solo existía la amenaza latente de una mujer que había dormido con el enemigo.
—Escúchame muy bien por última vez, Liam —la voz de Martina en el auricular se volvió cortante como una cuchilla de afeitar, recuperando esa frialdad implacable que congelaba la sangre—. Tú tienes tu placa y tus leyes. Yo tengo mi sangre y mi territorio. Si alguna vez cruzas el Atlántico con una orden judicial que lleve el nombre de mi familia, te voy a tratar exactamente como a cualquier otro invasor. No vuelvas a buscarme. Para ti... estoy muerta.
El sonido seco de la llamada cortándose resonó en el canal.
Segundos después, el receptor captó el chasquido del teléfono satelital siendo abierto y el crujido característico de un circuito de silicio partiéndose en dos bajo la presión de unos dedos de hierro. La tarjeta SIM había sido destruida.
En el despacho interior, el silencio volvió a reinar.
Dereck se arrancó el auricular del oído con un tirón violento y lo arrojó sobre la consola. La mandíbula le temblaba por la presión contenida; los nudillos de su mano derecha estaban blancos y las venas de sus antebrazos se marcaban bajo la camisa blanca como cuerdas tensas.
Una mezcla destructiva de odio corporativo, celos primitivos y furia territorial le nubló la razón.
Aquella mujer le pertenecía por derecho de cuna, por pacto de sangre entre los clanes más poderosos del continente, y mientras él había pasado semanas vigilando sus pasos para decidir si era digna de llevar su apellido, ella lloraba en silencio por un perro faldero de los federales que pretendía rescatarla de su propio linaje.
Traidora, pensó Dereck, caminando hacia la puerta de nogal del despacho con el paso pesado y letal de un verdugo. Mentirosa. Te crees muy lista con tus contratos y tus golpes de foso, pero voy a arrancarte esa máscara de estratega aunque tenga que quebrar cada hueso de tu orgullo.
Apoyó la mano en el picaporte de bronce y empujó hacia adentro sin llamar.
La puerta se abrió de golpe, golpeando contra el tope de la pared con un estrépito que retumbó en la inmensidad del despacho en penumbra.
Martina estaba de pie junto al ventanal panorámico, recortada contra el resplandor plomizo de la ciudad lluviosa. Tenía las mangas de su blusa blanca arremangadas hasta los codos y el cabello ligeramente deshecho. En la papelera de metal a sus pies, los restos chamuscados de una tarjeta de memoria todavía humeaban en una espiral gris.
Al escuchar el portazo, Martina se giró con la velocidad de un resorte, cuadrando los hombros al instante. Sus ojos castaños ardían con una furia gélida, pero Dereck, con la mirada afilada por la obsesión, alcanzó a notar el destello húmedo y reciente en sus pestañas antes de que ella lo borrara con un pestañeo implacable.
—Se acabaron las reglas, signorina Moretti —dijo Dereck, avanzando hacia ella a zancadas lentas, con una voz tan cavernosa y cargada de veneno que el aire de la habitación pareció congelarse—. Su tiempo libre en esta oficina acaba de terminar. Recoja sus cosas. Nos vamos a la villa ahora mismo.
Martina no retrocedió. Levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con un desprecio absoluto, sintiendo la invasión de su espacio como una bofetada directa.
—Te di una orden clara, Dereck: no entras a este despacho sin mi autorización —escupió ella entre dientes, con la voz templada en acero—. ¿Quién te crees que eres para darme órdenes a mí?
Dereck se detuvo a medio metro de ella. Su imponente presencia física se cernió sobre la silueta esbelta de Martina como una sombra asfixiante. Sus ojos grises, oscurecidos por una tormenta de rabia que ya no intentaba disimular, bajaron hacia los restos humeantes en la papelera y luego subieron lentamente hasta clavarse en los labios de ella.
—Soy el hombre que va a evitar que su pequeña farsa termine con su familia colgada en una plaza pública —susurró él, bajando el tono a una amenaza tan baja y peligrosa que hizo que a Martina se le erizara la piel—. Afuera está lloviendo, Moretti. Y en el estacionamiento... usted y yo vamos a tener una conversación muy larga sobre a quién le pertenece su lealtad.
Martina entrecerró los ojos, detectando de inmediato el filo acusatorio en las palabras de su custodio. El instinto de combate le gritó que el hombre sabía algo, pero su orgullo indomable se negó a ceder un solo centímetro.
—Nadie cuestiona mi lealtad en esta ciudad, guardaespaldas —siseó ella, plantándole cara sin pestañear—. Y si tienes tantas ganas de hablar... prepárate para sostener tus palabras cuando bajemos.
Dereck curvó los labios en una media sonrisa oscura, letal y hambrienta.
—No voy a usar palabras, signorina. Camine.