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Bajo El Halo De Sangre Y Hielo

Bajo El Halo De Sangre Y Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance / Posesivo
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Mi Autoria

Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.

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Capítulo 24: Sombras en los pasillos y la segunda noche de fuego

El colapso de Caroline fue tan patético como ruidoso. Al ver que la reina no pensaba entregarle a su sobrina, se dejó caer de rodillas sobre los adoquines, implorando clemencia y gritando que la soberana había roto su propia promesa de darle tres días de plazo.

La reina se detuvo un instante, girando el rostro con una fría elegancia.

—Es tal como dices: te di tres días, y hoy precisamente se cumple el último —respondió la soberana con voz impasible—. Además, esa muchacha a la que llamas tu sobrina fue encontrada por mi propio hijo al borde de la muerte en los linderos de las fronteras. Ahora mismo se encuentra bajo la estricta protección de la casa real. Y para ser sincera, conociendo el historial de abusos que arrastra, ni siquiera sé si realmente eres su familia o una simple explotadora. Si tienes algo que reclamar, tendrás que hablar directamente con nuestro nuevo Alfa.

Caroline apretó los dientes con tanta fuerza que sintió un sabor metálico en la boca. Quiso replicar, insultar y exigir, pero la intensa mirada de los guardias reales que la rodeaban la obligó a contenerse.

—Por el momento, te sugiero que te marches. Mi hijo y yo estamos sumamente ocupados —sentenció la reina antes de darle la espalda y adentrarse en el palacio.

A Caroline no le quedó de otra opción que retirarse con el rabo entre las piernas, obligada a regresar a su carruaje. Sin embargo, una chispa maliciosa brillaba en sus ojos: al menos ya sabía con certeza absoluta que la maldita mocosa se escondía en el corazón mismo del castillo. El verdadero problema no era encontrarla, sino cómo sacarla de allí antes de que el pacto de sangre con el Este cobrara su vida.

La noche cayó con su habitual manto de escarcha sobre Vintergald. En la íntima seguridad de su despacho privado, Harlan se encontraba sentado frente a los pesados mapas estratégicos y los pergaminos organizativos de la gran fiesta de caza que se aproximaba. Tras escuchar el informe detallado que uno de sus guardias le dio sobre el altercado protagonizado por Caroline en la entrada, supo que el tiempo se agudizaba.

Poco después, con pasos silenciosos, el Alfa se trasladó a los aposentos de Mikeila para cumplir con su promesa de vigilancia y acompañarla en la segunda toma de su tratamiento.

Mikeila estaba sentada al borde de la cama, sosteniendo la taza de té de hierbas oscuro mientras el vapor empañaba sus pestañas. A su lado, el pequeño lince de las nieves —que ya mostraba con orgullo su pelaje de tonos plateados y una agilidad felina inconfundible— la observaba con atención, ronroneando bajito para darle valor.

Harlan se acomodó con naturalidad en un sillón de respaldo alto frente a ella, cruzando las piernas mientras la observaba beber.

—Así que mi querida y adorable tía se atrevió a venir a hacer un escándalo a la puerta principal —comentó Mikeila con un tono entre irónico y tenso, dejando la taza vacía sobre la mesita de noche.

—Así es —respondió Harlan con voz pausada, incorporándose para acercarse a ella—. Al parecer, se le agotan las opciones y está desesperada. Pero no tienes de qué preocuparte, nadie pondrá un dedo encima de ti mientras estés bajo mi techo. Seguramente intentará algo más en la gran fiesta de caza, pero estaremos preparados.

Mikeila asintió despacio, sintiendo el amargor de la medicina recorrer su garganta. Apenas unos segundos después, tal como Canaria lo había advertido, el cuerpo de la joven se contrajo con fuerza. Un temblor violento sacudió sus extremidades y una fiebre abrasadora comenzó a quemarle la piel, haciendo que su respiración se volviera errática.

—Harlan... —gemir por lo bajo, apretando las sábanas con desesperación mientras una oleada de energía plateada empezaba a desbordarse de sus manos, rompiendo los pequeños objetos de cristal cercanos con la presión estática.

Sin perder un solo instante, Harlan se sentó a su lado en la cama, la tomó firmemente de las manos y la envolvió por completo con su poderosa aura de hielo y fuego dorado. Al mismo tiempo, el lince espiritual dio un salto elegante, acomodándose sobre las piernas de Mikeila y comenzando a absorber y filtrar el exceso de magia salvaje que amenazaba con quemar desde adentro a su dueña.

—Estoy aquí, Mikeila. Respira conmigo... concéntrate en mi voz —murmuró Harlan contra su oído, aferrándola con fuerza contra su pecho para contener el dolor, dispuesto a pasar otra larga noche de guardia protegiendo el alma y el cuerpo de la mujer que el destino le había arrebatado a las garras del invierno.

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