Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Vete
Habían pasado un par de días desde que el hospital confirmó el embarazo.
Yo todavía no sabía cómo sentirme.
Había momentos en los que podía pasar varios minutos sin pensar en ello.
Y después recordaba.
Y todo volvía de golpe.
El bebé.
La universidad.
Mis padres.
Knox.
Aquella noche.
Sobre todo aquella noche.
Estaba en mi departamento buscando unos libros cuando escuché golpes desesperados en la puerta.
TOC. TOC. TOC.
Me sobresalté.
—¿Quién es?
No hubo respuesta.
Volvieron a golpear.
TOC. TOC. TOC.
—¡Ya voy!
Caminé hasta la entrada y abrí.
Y mi corazón se detuvo.
Knox.
Estaba frente a mí.
Respiraba con dificultad, como si hubiera llegado apresurado.
Su expresión no tenía nada de su habitual tranquilidad.
Parecía confundido.
Asustado.
Incluso pálido.
—¿Qué haces aquí?
Me miró durante unos segundos.
Después preguntó:
—¿Es verdad?
No tuve que preguntar qué.
Bajé la mirada.
—Sí.
Él tragó saliva.
—¿Estás embarazada?
Asentí.
Knox se quedó inmóvil.
—¿Estás segura?
Esa pregunta me dolió.
—El hospital lo confirmó.
—¿Y la prueba?
—También dio positivo.
Él pasó una mano por su cabello.
—Dios…
Se quedó mirando hacia un punto indefinido de la sala.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco.
—Pero…
Levantó la mirada hacia mí.
—Blair, necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
Su voz bajó.
—¿Estuviste con alguien más?
Sentí como si me hubiera dado una bofetada.
—¿Qué?
—No estoy intentando…
—¿Me estás preguntando si estuve con otro?
—Estoy intentando entender.
—Pues empieza por confiar en lo que te estoy diciendo.
—No dije que no te creyera.
—Lo acabas de insinuar.
—¡No!
Su voz también se elevó.
—¡Estoy intentando encontrar una explicación!
—¡La explicación está delante de ti!
Señalé mi abdomen.
—¡Estoy embarazada!
Knox cerró los ojos.
Respiró profundamente.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué quieres de mí?
—Quiero saber cómo pasó.
Me quedé callada.
Porque esa era precisamente la pregunta que yo también llevaba días haciéndome.
—No lo sé.
—¿Cómo no lo sabes?
—¡Porque no recuerdo nada!
—Yo tampoco.
—¡Entonces deja de preguntarme como si yo tuviera la respuesta!
Knox se quedó mirándome.
—Solo quiero saber si aquella noche…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Si aquella noche realmente estuvimos juntos.
Lo miré incrédula.
—Despertamos en la misma habitación.
—Eso no significa que…
—¡Entonces qué significa!
—¡No lo sé!
Su desesperación empezó a mezclarse con mi propia angustia.
—Eso es lo que me está volviendo loco, Blair.
—¿Y crees que para mí es diferente?
—No.
—¡Pues parece que sí!
Me temblaban las manos.
—Desde que llegaste no has hecho otra cosa que preguntarme si estuve con alguien más.
—Porque no recuerdo lo que pasó.
—¡Yo tampoco!
—¡Entonces cómo sabemos que…!
No terminó.
Pero no hacía falta.
Lo había entendido.
Y me dolió.
Muchísimo.
—¿Crees que estoy mintiendo?
Knox abrió los ojos.
—No.
—¿Crees que busqué esto?
—Blair…
—¿Crees que yo planeé quedar embarazada?
—No dije eso.
—¡Pero lo estás pensando!
—¡No estoy pensando eso!
—¡Entonces deja de mirarme como si hubiera hecho algo para engañarte!
Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos.
Me negué a dejarlas caer.
No delante de él.
—Yo tampoco pedí esto.
Mi voz se quebró.
—¿Crees que no tengo miedo?
Knox se quedó callado.
—Tengo veinte años y no sé qué voy a hacer con mi vida ahora.
Respiré temblorosamente.
—No sé cómo voy a seguir estudiando. No sé cómo voy a contarle esto a todo el mundo. No sé cómo voy a…
Me llevé una mano al rostro.
—Y encima vienes aquí y me preguntas si estuve con alguien más.
—Blair, yo…
—¡Vete!
Knox se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—¡Vete!
—No quiero dejarte así.
—¡No quiero verte!
Abrí la puerta.
—Sal.
—Blair…
—¡Sal de mi casa!
Knox apretó la mandíbula.
Por un momento pareció querer decir algo.
Pero finalmente caminó hacia la puerta.
Salió.
Yo la cerré detrás de él.
Pero antes de que pudiera alejarme escuché su voz desde el otro lado.
—¡No puedes echarme de tu vida para siempre!
Me quedé quieta.
—¡No voy a hacerlo!
—¡Entonces déjame ayudarte!
—¡No quiero tu ayuda ahora!
—¡Pues vas a tener que acostumbrarte a mí!
Abrí la puerta nuevamente.
—¡¿Por qué?!
Knox estaba del otro lado, igual de alterado que yo.
—¡Porque ese bebé también es mío!
El silencio cayó entre nosotros.
Respiré con dificultad.
Él también.
Y entonces, llevado completamente por la rabia, el miedo y la presión de todo lo que acababa de suceder, Knox soltó:
—¡Y no voy a permitir que mi hijo nazca siendo un bastardo!
Me quedé helada.
La expresión de Knox cambió inmediatamente.
Como si él mismo acabara de darse cuenta de lo que había dicho.
—Blair…
No.
No quería escucharlo.
—Vete.
—No quise decir…
—¡VETE!
Cerré la puerta con fuerza.
Me apoyé contra ella.
Y esta vez las lágrimas sí cayeron.
No por el embarazo.
No solamente.
Sino porque la persona que menos quería que me hiciera sentir sola acababa de hacerme sentir exactamente así.
Del otro lado de la puerta, Knox permaneció inmóvil.
Él sabía que había cruzado una línea.
Y sabía perfectamente a qué se refería con aquella frase.
Matrimonio.
Pero decirlo así había sido lo peor que podía haber hecho.
Y ahora Blair no quería volver a verlo.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono